Un arqueólogo estadounidense y un equipo del Museo Nacional de Costa Rica revelaron ayer el hallazgo de un gran cementerio indígena de 2.000 años de antigüedad en una zona montañosa cerca de playa Panamá, en Carrillo, Guanacaste.
Según el estadounidense Michael Snarskis, 138 piezas de jade y cerámica, junto a algunos restos de dientes extraídos de cerca de 70 entierros prueban que en esa zona vivió una población aborigen bastante desarrollada.
Según la evidencia analizada por el costarricense Juan Vicente Guerrero, arqueólogo del Museo Nacional, estos indígenas eran capaces de estilizar su alfarería, seleccionar semillas y mantener relaciones comerciales con otras poblaciones de Mesoamérica, incluidos los mayas.
“La cantidad de piezas de jade y de utensilios hallados muestran que estos aborígenes estaban muy especializados en tallar joyas en piedra, madera, conchas o huesos”, destacó Guerrero.
Además, por la ubicación y características del cementerio, se estima que había entre los aborígenes especialistas capaces de descifrar el sitio idóneo para ubicar un panteón.
El descubrimiento, además, confirmó que hace 2.000 años se tenía la costumbre de realizar entierros en un sitio alto con vista al agua (mar o río).
Esa era una hipótesis sostenida por los expertos, pero hasta ahora se confirma en la zona. El cementerio indígena cerca de playa Panamá tiene una vista de 180 grados hacia el mar.
Piedras sobre tumbas. Uno de los hallazgos más sorprendentes en ese cementerio es la presencia de piedras pesadas que cubren las tumbas.
Las culturas aborígenes utilizaban esa técnica para proteger los restos de sus familiares de posibles profanadores de tumbas o depredadores de la selva. No obstante, se trata de una costumbre que se creía que había surgido en esa zona no antes de hace 1.700 años.
Sin embargo, el cementerio en playa Panamá demuestra que la costumbre ya existía en Guanacaste hace por lo menos 2.000 años.
“Este es un hallazgo sorprendente por la magnitud de piezas encontradas. Es uno de los hallazgos más prominentes y el único así en bahía Culebra”, dijo Guerrero.
El proceso. El camino hacia el descubrimiento de este cementerio se inició en octubre del 2005, cuando una empresa privada solicitó a Snarkis que verificara si existía patrimonio arqueológico en el sitio.
En marzo del 2006 el experto detectó indicios de restos en concentraciones de rocas y allí inició la búsqueda.
Inicialmente se seleccionaron tres tumbas de varios tamaños para excavar. En la más grande se halló una pieza de jade y una de cerámica local, así como dos piezas de alfarería de Usulután (aborígenes de El Salvador).
Por las características estilísticas, tanto en técnica como en decoración, el científico supo que estas piezas tenían al menos 2.000 años de antigüedad y dio el aviso al Museo Nacional.
Esa entidad se integró a la excavación en mayo del 2006 con 12 trabajadores más.
Juntos rescataron las piezas del sitio arqueológico y las trasladaron al Museo para repararlas.