
La investigación de Steve Fleming es sin duda “meta”, un prefijo griego que indica autorreferencia. Es neurocientífico cognitivo en el University College de Londres y estudia la metacognición: lo que sabemos sobre lo que sabemos, lo que pensamos sobre lo que pensamos, lo que creemos sobre lo que creemos.
Aunque esto pueda parecer bastante filosófico y casi imposible de estudiar en un laboratorio, él se ha propuesto medirlo, modelarlo y comprender en qué parte del cerebro se manifiesta.
Fleming exploró estas cuestiones en su libro de 2021, Know Thyself: The Science of Self-Awareness (Conócete a ti mismo: la ciencia de la autoconciencia).
En el Annual Review of Psychology de 2024, examinó más a fondo la relación entre la metacognición y la confianza: nuestra sensación de si hemos tomado la decisión correcta, si tenemos éxito en las tareas que se nos presentan y si nuestra visión del mundo es probablemente correcta.
El trabajo de Fleming arroja nueva luz sobre por qué algunas personas parecen tener una falta de confianza crónica incluso cuando les va bien, y por qué otras están totalmente convencidas de que tienen razón en todo, incluso cuando hay pruebas abrumadoras de lo contrario.
-La metacognición es un tema de investigación bastante poco común. ¿Cómo acabó estudiándolo?
Estudié psicología experimental en Oxford, donde tuve la oportunidad de trabajar con el psicólogo Paul Azzopardi.
Él estudia la visión ciega, una condición en la que, debido a ciertos tipos de daño cerebral, las personas son subjetivamente ciegas, pero aún así pueden realizar diversas tareas utilizando información visual.
En ese momento, no había descubierto cómo conectar las ideas más filosóficas sobre la experiencia consciente con algo que pudiéramos medir y estudiar en el laboratorio.
Pero desde entonces, mi carrera ha ido avanzando poco a poco hacia el objetivo original de utilizar modelos matemáticos de la psicología para explicar aspectos de la autoconciencia.
-¿Cómo se mide algo como la metacognición en el laboratorio?
El enfoque estándar consiste en medir el rendimiento objetivo de las personas en una tarea, así como su evaluación subjetiva de su propio rendimiento, normalmente en forma de índices de confianza.
Si alguien tiene mucha confianza cuando acierta y menos confianza cuando se equivoca, se le puede atribuir un alto grado de lo que llamamos eficiencia metacognitiva. Podemos utilizar eso como una forma de cuantificar las diferencias en la metacognición entre individuos o grupos.
-¿Se pueden relacionar estas diferencias con lo que ocurre en el cerebro de las personas?
Una forma popular de hacerlo ha sido observar las diferencias en la actividad y la estructura cerebral entre las personas, utilizando técnicas de imagen cerebral como la resonancia magnética funcional y la magnetoencefalografía para tratar de descubrir qué aspectos de la función cerebral hacen que algunas personas tengan una mejor metacognición que otras.
Pero nos hemos dado cuenta de que ese enfoque es limitado.
Básicamente, lo que se ha descubierto es que existen diferentes etapas en el seguimiento de la incertidumbre sobre nuestro propio rendimiento cuando realizamos una tarea concreta.

También hay datos que sugieren otra etapa de evaluación de nivel superior: hay áreas del cerebro en la corteza prefrontal que señalan la confianza de una manera más general, que no está vinculada a la información específica que recibimos cuando realizamos una tarea concreta.
Este proceso continúa después de haber tomado una decisión, y el cerebro también tiene en cuenta información que inicialmente no estaba disponible.
Esto parece ocurrir de forma bastante automática. No requiere ninguna instrucción externa ni esfuerzo consciente.

-¿Qué ocurre si la metacognición no funciona como debería?
Una sensación generalizada de falta de confianza se ha relacionado habitualmente con síntomas de ansiedad y depresión.
Sabemos que las personas que sufren esta sensación generalizada de falta de confianza no necesariamente realizan las tareas peor que los demás.
Por lo tanto, uno de los enigmas que nos interesa resolver es por qué algunas personas no aprenden de su propio rendimiento. ¿Por qué son incapaces de darse cuenta de que en realidad lo están haciendo bastante bien y, a continuación, actualizar adecuadamente sus creencias sobre sus habilidades y capacidades?
Lo que hemos descubierto es que, en cada prueba, las personas con ansiedad y depresión son tan propensas como las demás a mostrar casos de alta confianza. Pero hay una asimetría en cómo aprenden de estas.
A veces están muy seguras de que lo están haciendo bien, pero no incorporan esas señales en sus estimaciones más globales de lo bien que lo están haciendo en estos experimentos y, presumiblemente, también en la vida cotidiana.
Curiosamente, esto no ocurre cuando les damos una retroalimentación explícita sobre su rendimiento. Cuando les decimos que están en lo cierto, se dan cuenta de que en realidad lo están haciendo bastante bien.
-¿Cómo se podría aplicar esto para ayudar a las personas que luchan contra la falta de confianza?
En un estudio reciente, hemos demostrado que la falta de confianza en las personas con mayores síntomas de ansiedad se agrava con el tiempo.
Creemos que lo que ocurre es que están activando todos esos mecanismos cerebrales de los que hablaba antes para reflexionar sobre sus propias decisiones y acciones.
Así que un consejo concreto que podemos extraer de estos hallazgos es que, si sabe que es propenso a ese tipo de sesgo, es mejor no pensar demasiado después de haber tomado una decisión.
-¿Qué pasa con las personas que son, quizás, un poco más seguras de lo que deberían? Parece que eso puede ser muy útil en la sociedad actual.
Una hipótesis que planteo en el libro es que si tiene una visión del mundo ligeramente excesivamente optimista, así como una buena sensibilidad metacognitiva que le ayude a darse cuenta de cuándo está realmente equivocado, eso puede ser una combinación bastante poderosa.
Al mismo tiempo, no es deseable que alguien sin la debida conciencia de sí mismo pueda abrirse camino hasta la cima y alcanzar una posición de poder.
Hemos descubierto que las personas con una visión del mundo más abierta, que están dispuestas a reconocer que su punto de vista puede no ser el único válido y creen que es importante escuchar las opiniones de quienes no están de acuerdo con ellas, también tienden a tener una metacognición más precisa en el tipo de tareas que podemos estudiar en el laboratorio.
-¿Sería posible entrenar la metacognición utilizando este tipo de tareas? ¿Cree que eso podría ayudarnos a reducir las tensiones sociales que experimentamos hoy en día?
Creo que la falta de metacognición no es, ni mucho menos, la única razón por la que vemos polarización en la sociedad actual.
Pero nuestra investigación ofrece algunas herramientas que podríamos utilizar para intentar cultivar la capacidad de las personas de pensar críticamente sobre su propio pensamiento, sus conocimientos y sus decisiones, sin entrar en política.
Este artículo apareció originalmente en Knowable en español, una publicación sin ánimo de lucro dedicada a poner el conocimiento científico al alcance de todos. Suscríbase al boletín de Knowable en español