
Tras completar su viaje alrededor de la Luna, la tripulación de Artemis II ya se dirige de regreso a la Tierra. La cápsula Orion amerizará en el océano Pacífico en cuestión de horas, frente a la costa de California, después de un trayecto de más de 600.000 millas.
El retorno no será un descenso convencional. La nave entrará a la atmósfera a más de 40.000 kilómetros por hora, enfrentará temperaturas cercanas a los 3.000 °C y quedará incomunicada durante varios minutos en la fase más crítica de la misión.
Ese tramo, que dura menos de 20 minutos, concentra las condiciones más extremas de toda la misión.
Calor extremo por fuera, estabilidad por dentro
Al ingresar a la atmósfera, el aire frente a la nave se comprime y alcanza temperaturas comparables a la superficie del Sol. El escudo térmico absorbe ese impacto. Está compuesto por material ablativo que se quema de forma controlada para disipar el calor.
Dentro de la cápsula, el escenario es opuesto. La temperatura se mantiene cerca de los 24 °C. La diferencia entre el exterior y el interior es una de las pruebas clave del diseño de Orion.
Según el investigador Chris James, experto en aerotermodinámica hipersónica, ese momento concentra los mayores riesgos: calor extremo, fuerzas de desaceleración y aislamiento total de la tripulación.
Para mitigar ese impacto, Orion no cae en línea recta. La cápsula ejecuta una variante del llamado “skip re-entry”, una técnica heredada de las misiones Apolo que aprovecha la sustentación aerodinámica. Al ingresar con un ángulo específico, la nave “rebota” parcialmente en las capas altas de la atmósfera, lo que permite distribuir el calor y reducir gradualmente las fuerzas sobre la tripulación.
Un descenso que se siente y se escucha
La reentrada no es silenciosa ni suave. A medida que la cápsula pierde velocidad, la tripulación percibe cada etapa del descenso.
Primero, una serie de eventos pirotécnicos separa componentes de la nave. Luego llegan los tirones bruscos de los paracaídas. Cada despliegue genera una desaceleración progresiva que se siente en el cuerpo.
También hay señales auditivas clave. Durante la activación de sistemas, los astronautas esperan escuchar un golpe seco dentro de la estructura. Ese sonido confirma que válvulas críticas han funcionado correctamente.
En paralelo, la cápsula ejecuta maniobras de orientación sin intervención humana. El sistema de control es automático. Solo en caso de fallas múltiples la tripulación asumiría el mando.
El tramo más solitario
Durante el punto de mayor calentamiento, el plasma que rodea la nave bloquea las comunicaciones. La tripulación no puede enviar ni recibir señales.
Es un aislamiento breve, pero ocurre en el momento más exigente del descenso.
En ese lapso, los astronautas experimentan fuerzas de hasta casi 4 veces su peso. El cuerpo es presionado contra el asiento mientras la nave reduce velocidad.
Para mitigar ese impacto, utilizan una prenda especial que aplica presión sobre el sistema cardiovascular. El objetivo es facilitar la adaptación al regreso de la gravedad terrestre.
El impacto no marca el final
El contacto con el océano ocurre a una velocidad controlada, pero suficiente para sentirse como un golpe seco. Tras el amerizaje, la tripulación no sale de inmediato. Permanece dentro de la cápsula entre 30 y 45 minutos mientras ejecuta el apagado de sistemas.
Al mismo tiempo, el área debe despejarse. Restos como la cubierta frontal o los paracaídas aún pueden caer al agua.
Solo cuando se confirma que no hay riesgo, los equipos de rescate se acercan. Los astronautas salen hacia una plataforma inflable acoplada a la cápsula y luego son trasladados al buque de recuperación.