Hazel Feigenblatt. 7 enero

Cuando se habla de noticias falsas usualmente se habla de información que circula anónimamente en redes sociales o es promovida por grupos políticos, pero se suele dejar por fuera a las iglesias.

Al tratarse de sitios dedicados a promover creencias, las iglesias tradicionalmente han operado sin necesidad de considerar los hechos reales. Esto les ha permitido escapar a chequeos de veracidad por parte de la prensa, la academia, los partidos políticos o sus mismos creyentes.

Sin embargo, ahora que muchas iglesias están dedicadas a promover agendas partidarias y/o electorales, se les observa pasando del ámbito de las creencias al de datos falsos para promover sus intereses políticos y económicos.

En una democracia, todo uso de datos falsos con fines políticos debe ser chequeado con igual rigurosidad y eso incluye a las iglesias. En su actuar como agentes políticos, a las iglesias se les debe chequear como a cualquier otro actor que intente alterar un proceso político valiéndose de información falsa.

Trato especial

Pese a ello, las iglesias siguen escapando al escrutinio democrático del que sí son objeto todos los demás actores y el simple hecho de ser una iglesia parecer servir como licencia para diseminar información falsa sin que nadie la chequee o la denuncie.

Si un medio de comunicación se equivoca, se le critica públicamente. Si un partido político publica información falsa o manipulada, se le expone y piden cuentas. Si alguien anónimamente publica datos falsos, se le desmiente en prensa y redes sociales. Si una iglesia se vale de noticias falsas, por lo general no pasa nada.

Uno de los temas sobre los que más información falsa se promociona en iglesias en la actualidad es la firma, a finales de 2019, de la norma técnica para el cumplimiento efectivo de la ley que garantiza el derecho de las mujeres embarazadas a la salud y la vida.

Aunque la prensa en general no le hizo mayor chequeo de datos a las iglesias, en redes sociales es posible leer que en estas abundaron las afirmaciones falsas. Ejemplos incluyen que la norma técnica es una “puerta al aborto libre”, el presidente actuó “ilegalmente”, las mujeres abortan de tres a cuatro veces al año, el concepto de salud solo cubre lo corporal, la mayoría de la gente se opone a la norma, y otras falsedades.

No por ello se debe entender que todas las iglesias (o denominaciones religiosas) incurren en el engaño para promocionar sus intereses.

Por ejemplo, según reportes de creyentes en redes sociales, algunos sacerdotes dijeron estar a favor de la norma técnica, criticaron a quienes se pronuncian sobre el tema sin informarse, y recordaron doctrina católica que considera lícita la muerte de un feto si es inevitable para salvar a la madre. Curiosamente, un sacerdote que expresó esta última posición en Facebook luego la borró.

Falsa idea de unidad

Aunque las figuras religiosas que suelen salir en la prensa se esfuerzan para crear la impresión ficticia de que sus opiniones representan a todos los creyentes, la realidad es que dentro de las religiones hay posiciones opuestas sobre diversos temas.

Aún más, que una persona asista a la iglesia de ninguna manera significa que esté de acuerdo con esta en todo. Así, la mayoría de costarricenses son creyentes pero a la vez la mayoría apoya el aborto terapéutico, como lo confirman las encuestas. Quizá por eso es que la Iglesia Católica sintió la necesidad de amenazar a sus creyentes – e incluso al presidente de la República y el ministro de Salud – con excluirlos de la comunión.

Lamentablemente, la prensa rara vez cubre el disenso dentro de las religiones o logra reflejar las posiciones reales de quienes asisten a las iglesias, con lo cual le hace el favor a las figuras religiosas de mantener en la agenda pública la ficción de que representan a sus creyentes en todo.

Esta dinámica es aún más grave cuando se considera que parte de la prensa a menudo amplifica la información falsa promovida por iglesias sin desmentirla, como ocurre cuando las noticias repiten lo que estas dicen sin contrastarlo con los hechos reales.

En un segmento de la prensa aún parece existir la noción originada en la era colonial de que a las iglesias no se les cuestiona. Esto explica por qué existen tantas “noticias” que consisten en copiar un comunicado de prensa de una iglesia o partido religioso, no incluyen la versión de otras fuentes con posiciones críticas, y otras prácticas no deseables en el periodismo.

Señales de cambio

Si algo positivo parecer estar surgiendo del uso de la religión en la contienda electoral es que más ciudadanos se sienten legitimados para confrontar las estructuras religiosas que de otra forma ignorarían. En ese sentido, algunos cambios positivos han empezado a observarse.

Recientemente, la Asociación de Familias Homoparentales y Diversas de Costa Rica denunció al periódico de la Conferencia Episcopal, el Eco Católico, por publicar que los niños en hogares homosexuales enfrentan más riesgo que los conformados por “un papá y una mamá”, usando como base en un estudio que no apoyaba esa conclusión. La denuncia culminó en que la publicación se retractara.

Asimismo, cada vez más creyentes usan las redes sociales para denunciar a los sacerdotes o pastores de sus iglesias cuando predican información falsa o se aprovechan de un momento tan duro para muchas personas como el funeral de un ser querido para hacer campaña política.

Además, durante la campaña pasada se presentaron ante el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) cientos de denuncias por el uso de religión en política, y esta semana un ciudadano presentó otra cuando obispos católicos llamaron a votar “iluminados por el evangelio”.

La campaña presidencial de 2018 abrió la puerta a la reactivación de las ambiciones políticas de las iglesias y la actual campaña municipal confirma que dichas ambiciones solo están creciendo. Las advertencias que ha hecho el Tribunal Supremo de Elecciones contra el uso de la religión en política electoral claramente han caído en oídos sordos.

De cara a las elecciones del 2022, no hay duda de que es más que hora de empezar a dar a las iglesias el mismo trato que se le da a cualquier otro actor proselitista que use información falsa en el debate político.

Eso de sacar el garrote con una mano para atacar adversarios políticos y sacar la Biblia con la otra esperando tratos especiales en el chequeo de datos por ser una religión, no tiene cabida en un proceso democrático.