Hazel Feigenblatt. 17 agosto

En Costa Rica las discusiones políticas siempre han sido acaloradas pero solían mantener cierta cordialidad. Hoy, es casi imposible leer noticias en Internet o entrar en redes sociales sin ver expresiones de odio contra uno u otro grupo social.

La toxicidad y el volumen de comentarios de odio – entendidos como mensajes para insultar, ofender o intimidar a una persona debido a su raza, sexo, religión, etc. – se intensificaron visiblemente durante la pasada campaña electoral.

Más recientemente, las reacciones a temas como la participación de la Selección en el Mundial de Fútbol Rusia 2018 y la norma técnica sobre el aborto para salvar la vida y salud de las mujeres embarazadas se han caracterizado por agresiones verbales y hasta amenazas.

Queda claro que el odio y la toxicidad en Internet no son un asunto pasajero.

El odio en Internet suele originarse en odios existentes en la vida real. Sin embargo, en la era de noticias falsas inventadas para instigar miedo, de retórica política diseñada para capitalizar odios, y de troles pagados para caldear ánimos, lo que ocurre en línea puede alimentar e instigar esos odios en la práctica y atraer nuevos adeptos.

Por ejemplo, en Alemania la retórica anti-inmigrantes de la extrema derecha en Facebook tiene una relación directa con la ocurrencia de crímenes de odio contra inmigrantes, al punto de que cuando hay averías de Internet el número de esos crímenes se reduce, según un estudio de la Universidad de Warwick, en el Reino Unido.

En Estados Unidos, hombres jóvenes que se autodenominan “célibes involuntarios” (dicen no practicar sexo porque ninguna mujer se interesa en ellos) han pasado de discutir en foros virtuales cómo matar mujeres a cometer asesinatos en la vida real. Los asesinos luego son celebrados como “héroes” en Internet. El caso más reciente ocurrió en abril en Toronto, cuando uno de ellos atropelló y mató a 10 personas.

Aunque plataformas como Facebook y Twitter tienen políticas contra la violencia, el acoso y el odio, la evidencia muestra que estas no funcionan muy bien.

Por ejemplo, hace poco un periodista trabajó encubierto en el equipo de moderadores de Facebook en Irlanda y reveló cómo la empresa instruye a sus empleados a no eliminar contenido racista (Facebook se disculpó cuando salió la noticia).

La investigación también descubrió que las reglas no aplican para páginas de grupos de extrema derecha (racistas, xenofóbicas, misóginas, etc.) cuando tienen muchos seguidores, pues estos generan más ganancias para Facebook y por tanto se les da el mismo trato que a medios noticiosos e instituciones gubernamentales.

Aún más, manuales de Facebook consideran adecuado permitir contenido violento (el cual también suele generar más ganancias) como videos mostrando abuso no sexual de niños o instrucciones sobre cómo “quebrarle el cuello” a una mujer.

Algunos países han empezado a tomar medidas. En Alemania, a partir del año pasado las empresas deben borrar contenido violento o de odio bajo pena de sanción, y en el Reino Unido la Fiscalía empezó a tratar el abuso en línea con la misma seriedad con que trata el abuso físico. Estados Unidos le ha reclamado a Rusia por considerar que mucho del tráfico enfocado en el odio ha sido y sigue siendo financiado por los rusos con fines de injerencia electoral.

Si tales medidas serán efectivas y hasta qué punto infringen o no la libertad de expresión son por ahora temas de debate. En el caso de Costa Rica, cabe preguntarse cuál es la línea entre discutir temas políticos divisorios y alimentar odios de largo plazo en la vida real para la ganancia política inmediata de algunos.

Durante la campaña electoral, los discursos políticos de rechazo contra la comunidad LGTB coincidieron con un aumento en las denuncias por agresiones contra los miembros de esta, según datos del Frente por los Derechos Igualitarios (FDI).

No obstante, hacen falta análisis de datos y estudios a fondo que contrasten los comportamientos en línea con los comportamientos en la práctica, durante períodos más largos e incluyendo a más grupos. Esto es esencial para tener una mejor idea de si estamos abriendo la puerta a odio y violencia política y quiénes tienen responsabilidad en el tema, o si quizá nada más estamos pasando por una especie de diálogo democrático, no muy armonioso pero necesario para conocernos mejor como una sociedad más (o menos) diversa de la que creíamos ser.