Pablo Gabas. 13 septiembre

En setiembre de 1993, Diego Armando Maradona volvió al fútbol argentino para jugar en Newell’s, y aunque lo hizo poco, se confiesa hincha del club y le guarda cariño.

En ese entonces yo formaba parte de las inferiores de ese equipo y los jugadores de las menores éramos premiados con la posibilidad de ser alcanza pelotas cada vez que el equipo jugaba en el coloso del parque.

Y sí lo logré. Fui uno de ellos, pero eso no es todo, lo más lindo fue cuando mi familia también vio a Maradona, pero para ellos no fue tan fácil.

Las entradas estaban inalcanzables; para la clase media no había forma de comprar, solo era por medio de la reventa y para nosotros que preferíamos comer antes que ir a ver un partido, no era una prioridad. Mi papá no podía priorizar unas entradas sobre pagar la luz o el agua, entre otros gastos.

Mi mamá y mi papá querían ver a Diego y a la misma vez verme a mí en la misma cancha; claro, en puestos distintos, pero en el mismo escenario.

Mi mamá fue una de esas personas que soñaba y formaba dentro de su corazón y pensamientos lo que iba anhelando, por eso quizás admiro tanto la gente que cree en lo que sueña y lo ve venir.

Una tarde colgando algo de ropa en nuestra terraza en Paraná, Argentina, pudo divisar que había un perro color gris que estaba corriendo peligro en la calle, los autos pasaban muy cerca del cachorro, que estaba desorientado. El buen corazón de mi madre hizo que rápidamente se lanzara a la calle y como pudo lo trajo hacia la casa antes que fuera atropellado. Le dio agua, comida y le tendió una colcha mientras alguien lo reclamaba para ser devuelto a su dueño.

Dos días después de esto apareció una foto del perro perdido, el mismo que estaba en casa alimentado, cuidado y protegido. Inmediatamente, mamá buscó la dirección, entregó el perro a sus dueños, los abrazó y se despidió. Y aunque los señores ofrecían recompensa, mi mamá no quería la plata, ella era de esos corazones que prefiere dar antes que recibir y por eso creo que Dios se la llevó a los 46 años.

Esa misma noche, un sobre apareció bajo la puerta de casa con la siguiente nota…”Califa (así se llamaba el perro) es el mejor amigo de mi hijo Luis que tiene síndrome de Down y al no encontrarlo, no comía ni tampoco hablaba. Usted tuvo un gesto enorme con el mejor amigo de mi hijo... esto que le dejamos es un simple reconocimiento por el gesto que tuvo con Califa. Gracias".

Yo vi a Maradona y mi mamá, hincha de Boca, también. El reconocimiento alcanzó para que toda la familia viera al Pelusa levantar sus manos en “el parque”, mientras yo alcanzaba pelotas y mi mamá se emocionaba desde la tribuna.

Como anécdota sumada a esta hermosa historia, durante ese juego Maradona después de tomar una botella con agua lanzó la tapita a la línea lateral, a casi a un metro mío… ¿Saben dónde está? En mi casa de chico en Argentina, en un cajón de un mueble.

Y luego muchos dicen que el fútbol es solo un juego.