
“Yo, en el transcurso de la vida, tuve novios. Lo normal como cualquier muchacha. Y con el tiempo me fui dando cuenta de que nadie me podía amar como yo quería, y yo me quería entregar a una persona que me valorara, entonces me encontré con Jesús”.
Con estas palabras describió ayer Gloriana Matamoros la decisión de unirse a la Orden de las Vírgenes Consagradas y convertirse así, según la fe católica, en la esposa de Cristo.
Matamoros tiene 38 años, es vecina de Orosi, Cartago, y se dedica a cuidar al hijo de su hermana.
El pasado 2 de julio, en la catedral de Cartago, el obispo José Francisco Ulloa dirigió la ceremonia en la que ella y tres mujeres más, vestidas de novia, consagraron su vida a Cristo.
Ahora, ellas utilizan un anillo de matrimonio en señal del compromiso que adquirieron.
“Nosotras seguimos teniendo vidas normales. Es igual que una persona casada, que hace todo para llevarse bien con su esposo”, comentó Matamoros.
Su compañera de la Orden, Cecilia Reyes, quien tiene 36 años, relató que ella nunca había pensado en casarse.
“A mí me salían pretendientes y, siempre cortante, les decía que no”, confesó.
Reyes aseguró que desde pequeña se interesó más en convertirse en religiosa y que prefería servir a la Iglesia y a las personas que buscar un esposo.
Virginidad. El símbolo de la pureza y la entrega al marido es la virginidad, coincidieron ambas mujeres en entrevista con La Nación.
“Uno se guarda todo el ser para entregarse a Dios. Como los casados, cada quien se entrega a su pareja”, dijo Reyes.
Matamoros, por su parte, consideró que el enamoramiento a Jesús “es una experiencia que trasciende cualquier cosa física”.
En el país hay unas 11 mujeres que pertenecen a la Orden de Vírgenes Consagradas. La edad mínima para ingresar es de 35 años.
“Por la madurez, pues si el día de mañana me arrepiento y me caso o tengo novio, la Iglesia me considera adúltera”, explicó Reyes.