Afirma un experto académico que, contado desde la aparición de la materia pensante en nuestro planeta, el número de verdades reveladas puede haber llegado a sesenta mil. Suena a exageración, pero tomando en cuenta que en cierta ciudad de la región de los Grandes Lagos existe la sede de la “Iglesia de Dios de la Séptima Avenida” (lo cual nos sugiere la existencia de una Iglesia ídem de la paralela Quinta Avenida y otra de la Novena y así ad infinitum), esa cifra no nos parece alucinante. Podemos, pues, imaginar el día en que el Gran Portero del Santo Recinto Final de las Almas anunciará: “¡Albricias, oh bienaventurados, venid a rendir un justo, muy justo homenaje a este costarricense recién llegado, importante líder fundamentalista de la secta número 58.935!”.
No nos provoca envidia la bienaventuranza ajena, pero nos para el pelo pensar que a diferencia de las verdades de la ciencia y el arte, la verdad revelada es, en particular para los fundamentalistas, eterna e invariable. Un brillante colega científico ha escrito, a nuestro parecer genialmente, la refutación de la hipótesis del big bang y nunca pensaríamos que, por no habernos declarado todavía convencidos, aprovechará nuestro próximo encuentro para molernos a palos. Y, puesto que nunca una discusión sobre un tema de arte provocó el envío de un sicario, tampoco nos dará miedo decirle a aquel viejo amigo, pianista romántico, que cambiaríamos a todo su Chopin por las piezas minimalistas de Phillipe Glass. Pero, tratándose de las verdades reveladas metidas en la política, ya sabemos que lo menos malo fueron los talibanes despedazando a cañonazos las esculturas de Buda: el fundamentalismo religioso ha sido pródigo generador de mutilaciones, genocidios, decapitaciones, piras, glototomías, ahorcamientos, empalamientos, pirámides de cráneos humanos y docenas de otros horrores. Desde luego, estamos de acuerdo en que a la especie de las verdades reveladas pertenecen también las que se derivan de las simplificaciones totalitarias, pues es cierto que el culto a la personalidad es otra forma de renunciar a la integridad y el esfuerzo intelectuales que significan las búquedas –y, por supuesto, los hallazgos– de la ciencia y el arte. En ambos casos, el fundamentalismo siempre termina siendo inculto, intolerante y asnal.
Por lo demás, nos causa inquietud cierta notable tendencia a crearle miembros adicionales, más o menos teocráticos, al Estado democrático, algo que podría resultar tan taratogénico como valerse de la ingeniería genética para lograr que los seres humanos tengamos, además de alas, ocho extremidades.