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Perdón

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Un interesante artículo del doctor Gonzalo Castellón (La Nación, 2 de mayo pasado) sobre el diablo en la escena operática, nos hace recordar el escalofriante tercer acto de De Temporum Fine Comoedia (Comedia del fin del tiempo), obra postrera de Carl Orff, uno de los más importantes compositores europeos del siglo XX. Esta ópera, que el autor prefirió llamar “misterio escénico”, fue estrenada en 1973, curiosamente bajo la dirección de Herbert von Karajan, otro músico alemán que, al igual que le ocurrió a Orff, fue acusado de ser nazi: solo que en el caso de Orff está fuera de toda duda su entusiasta y un tanto ruin afinidad con el satánico régimen de Hitler, mácula que, desde luego, no nos autoriza a negar el extraordinario genio musical del compositor muniqués de Prometeo,Carmina Burana, Catulli Carmina,El triunfo de Afrodita, La luna, La intelectual, Antígona, y Edipo el Tirano, entre otras grandes obras. No obstante, es imposible pasar por alto el grave antecedente nazi de Orff cuando, en su Comedia del fin del tiempo, hace que, en medio de las tinieblas del Juicio Final, Satanás concurra al encuentro con Dios y le pida perdón. “¡Padre, he pecado!”, clama la voz tremenda del demonio y, una vez perdonado según la visión cristiana tradicional, el demonio recupera en la corte celestial su papel de Lucifer, el bello y radiante Arcángel de la Luz. ¿Cómo no sospechar que, con la redención final del demonio, Carl Orff intenta sugerir la reivindicación eterna de su héroe, Hitler, el lugarteniente del demonio?








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