Prácticamente todas las semanas – a veces todos los días– los noticieros escritos y los televisivos nos informan de delincuentes que son aprehendidos, algunos después de un laborioso proceso en el cual se gastan muchos miles o millones de colones y a menudo capturados en el momento de cometer el acto delictivo que, pocas horas después, son dejados en libertad por algún pequeño detalle, como que tienen una vivienda fija y un trabajo estable (además de robar, que es su principal fuente de ingresos).
Hace pocos días La Nación informó sobre la detención de un “gavilán” y un oficial de migración quienes, por la “modesta” suma de $300 permitían la entrada a Panamá a personas que tenían impedimento de salida. Se les dejó libres con la advertencia de que no debían acercarse a la frontera con Panamá. No sé si habrán decidido pasar su jugoso negocio para la frontera con Nicaragua.
Peor fue la decisión de un juez de liberar a unos delincuentes porque prometieron, y bajaron todos los santos al hacerlo, que se iban a portar bien en el futuro. Además, a menudo se dejan libres a personas que han sido juzgadas por el mismo delito. Algunas ya debieran tener una tarjeta, como las que proporcionan los supermercados, de clientes frecuentes.
Hace ya algunos años publiqué en esta misma página un artículo con el título “El pasado es un país extranjero”, en el cual conté de las vacaciones de verano que pasábamos en Rancho Redondo, durante mi infancia. Conté que en las noches llegaba el frío con pasos sigilosos y envolvía la cabaña sin luz eléctrica en la cual vivíamos. Mi madre dejaba la ropa recién lavada sobre el zacate y cerca de las calas blancas para que se blanqueara y nosotros también dejábamos afuera todos los juguetes, junto con un plato pequeño en el cual poníamos agua y azúcar para que en la mañana siguiente chupáramos el hielo que se formaba sobre el agua. Y nunca se perdió nada. La población de Rancho Redondo simplemente no robaba.
Recordé también la casa de mi tía Carmen en el barrio México que, durante todo el día, permanecía con la puerta abierta. Mi tía tenía en el zaguán una imagen grande de la Virgen del Carmen y confiaba ciegamente en su protección, por lo cual ni el más audaz delincuente se atrevería a desafiarla robando algo. Y nunca le robaron nada. Este hecho es el más parecido a un milagro que conozco.
Reducir la delincuencia. Este pasado, que recordamos con nostalgia, no volverá, pero los cambios negativos que trajo el pasar del tiempo no tienen que ser, necesariamente, permanentes. Existen muchas ciudades y pueblos en el mundo a los cuales el tiempo los ha marcado positivamente y la delincuencia, en lugar de aumentar, más bien disminuye.
Valdría la pena estudiar cuales factores han contribuido para producir este aparente milagro. Posiblemente se encontrará que ha influido la educación y, sobre todo, una política honesta y justa. La injusticia social y económica es un caldo en cual nace, germina y toma fuerza la delincuencia.
Las barriadas de extrema pobreza constituyen el marco perfecto para que los que se sienten excluidos decidan buscar venganza y una falsa justicia, con un arma en la mano. Si a esto unimos los enormes e injustos privilegios, en cierta casta política, se puede comprender mejor porque existen personas que encuentran en la delincuencia una respuesta a su odio por los que disfrutan, con méritos o sin ellos, la riqueza y el poder.
El caso reciente de un magistrado que, tras servir siete meses en un caso que muy conocido, obtuvo una pensión de más de seis millones mensuales, es solo un peldaño en esa vergonzosa escalera que nos lleva a la ruina. Conozco personalmente el caso de una persona que buscó y encontró, no sé exactamente cómo, pensionarse con un suelo en dólares de embajador en un país muy caro y ahora, sin una cana en su joven cabellera, se pasa el día jugando tenis en un club social, cuando no anda de viaje en algún país exótico.
Al escribir estas líneas se informa que, mientras todos los trabajadores del estado van a recibir un aumento de cinco mil colones mensuales, los diputados recibirán un aumento automático de ciento veinte cinco mil colones mensuales, aunque el presidente del Congreso, Juan Carlos Mendoza, presentó un proyecto de ley para frenar este absurdo e injusto aumento.
Es cierto que todos los ciudadanos, incluyendo los delincuentes, tienen derechos que deben respetarse y defenderse, como debe ser en todo país civilizado. Pero estos derechos no significan preferencia y mucho menos impunidad. Además, todo los que trabajan y viven honestamente, tienen derechos que deben, también, defenderse y respetarse.
Todas estas injusticias deben desaparecer, lo cual, obviamente, no puede hacerse en un plazo corto, ya que son la consecuencia de muchos años de ineficiencia y de corrupción política. Es un proceso a muy largo plazo y así debemos aceptarlo.
Pero, mientras tanto, urgen medidas concretas y eficaces para evitar que los delincuentes, claramente culpables, anden libres por las calles de nuestras ciudades, atacando a toda la población, ya que se consideran impunes a todo castigo.