13 junio, 2010

España, 1812. Mientras el reino peninsular se batía por su independencia frente a la invasión napoleónica (1808-1814), y las Cortes de Cádiz discutían la primera constitución española, la América hispana era recorrida por el deseo de emanciparse.

El Reino de Guatemala –hoy Centroamérica– no fue ajeno a todos aquellos movimientos, y en sus principales ciudades hubo también agitación revolucionaria.

Sin embargo, como anota el historiador Ricardo Fernández Guardia, “sólo Costa Rica se mantuvo inalterablemente fiel a España en aquella época borrascosa; porque los disturbios de carácter exclusivamente popular ocurridos en San José en enero de 1812, no pasaron de ser una protesta contra el estanco del tabaco y del aguardiente” ( La Independencia ).

Saqueos y monopolios. La producción de aguardiente –al que hoy llamamos guaro – había surgido paralelamente con el cultivo de la caña de azúcar, de la que es un destilado.

Frente al vino del conquistador y a la chicha del conquistado, el guaro era por excelencia el licor del labrador mestizo y libre que empezaba a dar fisonomía a Costa Rica. Durante la primera mitad del siglo XVIII, ese aguardiente se producía libremente en los muchos trapiches que había por toda el área central de esta provincia.

No obstante, en 1753, en el Reino de Guatemala se creó el estanco o venta exclusiva del licor, a favor de la Real Hacienda. Esto fue en realidad un impuesto más sobre los pueblos y las ciudades, que consumían guaro hasta el vicio.

El estanquillo implicaba la patente para fabricar licor y la taquilla donde venderlo, pero todo esto llevaba a una contradicción entre sus consumidores y los que explotaban tales expendios.

Tras múltiples peripecias, esa contradicción causó los disturbios que hemos mencionado. Testimonio de ello, es la denuncia interpuesta por Gertrudis Ulloa en la noche del 31 de enero de 1812, luego de recibir dos amenazas:

“Una gavilla de malvados reunida con el designio de robar el aguardiente del estanco de esa población [San José] se disfrazó para mejor ejecutarlo y efectivamente ['] no sólo robó todo el aguardiente bebiéndose y derramando el que no pudo llevarse sino que cometió mil excesos con notables perjuicios”.

Ante el movimiento popular descrito, las autoridades costarricenses suspendieron el monopolio; pero de Guatemala vino pronto la contraorden y el sistema de los estanquillos de aguardiente siguió igual', tan rentable como antes.

Llegada la Independencia, la situación no cambió mucho. En el decenio de 1830, el Gobierno de Braulio Carrillo debió afrontar problemas pues la ampliación del número de fábricas redundó en el aumento del contrabando de licor, delito que afectaba fuertemente al erario.

Del municipio al Estado. Para conservar el orden público se procuró, hasta donde fue posible, poner en regla las llamadas sacas de guaro y las ventas de ese aguardiente, ahora bajo control de las municipalidades. Así, su estanco proporcionó muchos ingresos a la joven municipalidad de San José.

No obstante, el 2 de septiembre de 1850, el decreto ejecutivo n.º 99 dispuso concentrar y poner en manos del Estado la destilación de alcohol etílico y la producción de las bebidas alcohólicas para consumo nacional, otra vez con carácter de monopolio.

Aquella fue una iniciativa del presidente de la República, Juan Rafael Mora Porras, y se presentó al público con los objetivos de fomentar la industria cañera y de proteger a la población del consumo de licores dañinos. Estos constituían una amenaza a la salud por su alto contenido de impurezas y de elementos tóxicos.

En realidad, lo más importante de los destilados era que se comercializaban al margen de la ley, lo que afectaba una vez más los ingresos estatales. Además, no faltó quien dijera que en el monopolio aquel había un negocio personal del Presidente, gran productor de caña dulce , según se rumoreaba.

Entonces, en unas grandes bodegas situadas donde hoy se encuentra la Escuela Buenaventura Corrales (el “Edificio Metálico”), se centralizaron en San José todos los equipos de destilación existentes en manos particulares.

Fue así cómo, en 1853, nació una de las primeras y más grandes industrias del país, con el nombre de Fábrica Nacional de Aguardientes –luego, Fábrica Nacional de Licores–. Y su edificio se empezó a construir mientras venían de Europa los grandes alambiques para la nueva instalación.

Según Clotilde Obregón, “el lugar escogido era el adecuado debido a una caída de agua que provocaba el desnivel entre la parte alta del hoy barrio Aranjuez y la baja, donde se encuentra ubicado el edificio” ( Historia de la ingeniería en Costa Rica ).

Con ello se previno el abastecimiento del líquido vital en la elaboración de los alcoholes y licores que ahí se producirían. Y además, se aseguró al “lejano” cuadrante urbano contra el almacenamiento de esos y otros materiales inflamables.

Obras y brindis. Su construcción fue una de las grandes obras públicas de la administración de Mora Porras. Entre 1853 y 1856, de la mano del ingeniero Franz Kurtze, se levantaron el pabellón oeste, las torres de destilación, la casona para la residencia de los administradores y el edificio-bodega de añejamiento del ron.

En la obra se empleó piedra caliza traída de Pavas, unida con una mezcla de cal y arena. La estructura de los techos fue de madera de cedro y pochote, con cubiertas de teja. Se tardó cerca de tres años en las obras, en parte por el atraso que estas sufrieron con la guerra de 1856.

De reminiscencias coloniales en la distribución de los espacios internos y en la sencillez de su fachada, esta solo se altera por el pórtico de estética neoclásica construido en granito, e inspirado –al decir de Luis Ferrero– en el portal principal del Mercado de Vinos de París, en los fosos de la calle de San Bernardo.

En los años siguientes, durante el Gobierno de José María Montealegre, se terminaron las tapias, construidas con ladrillo, al igual que otras instalaciones que se agregaron luego. La última de esas obras, concluida casi siglo después (1943), sería el portalón neocolonial de la entrada sureste de la Fábrica, obra del arquitecto Teodorico Quirós; a la que complementa el reloj de sol en piedra de mollejón, realizado por los artistas Néstor Zeledón Varela y Juan Manuel Sánchez.

Mientras, la plaza que quedaba al frente del edificio principal se usó para que se estacionaran los cientos de carretas que traían el dulce indispensable para la fabricación de los licores criollos. La fábrica comenzó a operar el 24 de agosto de 1856, y así lo consignó el Boletín Oficial el día 27 de ese mes:

“Multitud de personas notables y del pueblo llenaban el lunes su espacioso recinto adornado con ramas, flores y banderas: todos examinaban con diligente curiosidad el hermoso cuanto sólido edificio, los enormes toneles, los conductos y magníficos aparatos de la destilación.

”El Excelentísimo Sr. Presidente y el Ilustrísimo Sr. Obispo [Anselmo Llorente y Lafuente] asistieron también; gran número de señoras se dignaron solemnizar con su bella presencia la bendición del nuevo establecimiento del Estado, y la banda alegró la reunión con sus lindas tocatas”.

Así, entre tragos de guaro, ginebra y coñac, transcurrió la inauguración de lo que puede considerarse la primera instalación industrial de Costa Rica y –gracias a su sobrevivencia– el edificio más antiguo de San José y herencia de un vicio colonial.

EL AUTOR ES ARQUITECTO, ENSAYISTA E INVESTIGADOR DE TEMAS CULTURALES.