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Homeopatía

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Para defenderse de una enfermedad no es atinado poner la vacuna en brazo ajeno y tampoco conviene administrarse placebos de efecto a lo sumo simbólico. Como todas las revoluciones, la cubana no carece de flancos harto débiles ni de detractores ansiosos de aprovecharlos. Aflora frecuentemente en las conversaciones de sobremesa el fracaso que significa para el régimen castrista no haber domeñado el atávico racismo de la sociedad cubana, y se menciona como pecado capital de la Revolución la supuestamente escuálida cuota que la población de origen africano alcanza en los órganos de gobierno de la Isla. A veces ese cargo lo lanzan observadores costarricenses con el propósito de ilustrar el contraste entre la situación que se da en nuestro sistema democrático (el racismo está excluido en la democracia, sostienen ellos) y lo que ocurre bajo un siniestro régimen comunista. Aparte de que la xenofobia y su hermano el racismo han renacido de forma virulenta en varias de las democracias europeas más decantadas, no está de más recordar, para citar tan solo dos casos impensables en Alemania, Francia o Inglaterra, que, bajo el régimen comunista de la URSS, Lenin (medio calmuco) y Stalin (georgiano y probablemente un tanto oseta) llegaron a la cúspide pese a sus orígenes “asiáticos”.








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