
Tener mascotas, nos dicen, hace mucho bien. Lo sé: de niña fui la mascota de múltiples felinos. Porque un gato nunca nos pertenece, les pertenecemos a ellos, que nos toleran, magnánimos, en sus residencias (de ellos, no nuestras).
La gente se divide desde antaño entre los amantes de los perros y los amantes de los gatos, discrepancia que, llevada a sus extremos, puede generar incluso discordancias conyugales irreversibles.
Existen seres, tan afortunados como los ambidiestros, que profesan una sincera devoción por ambos tipos de animal; los niños pequeños, por ejemplo, dispuestos a encantarse hasta con un escarabajo.
Nos gustan las mascotas: está bien. Nos enseñan a proteger, a ser responsables y afectuosos. Aquello que tienen de inquietantes puede encontrarse más bien en sus propietarios y su amor excesivo, ya que de la misma forma en que no deberíamos tratar a las personas amadas como a mascotas, tampoco deberíamos tratar a las mascotas como a personas amadas. Interroguemos, si no, a nuestros bichos, quienes normalmente, en libertad, no engordarían hasta quedar clavados al suelo como ventosas de grasa, ni tampoco se pondrían, ni a cañonazos, un suetercito bordado.
Además, no son tontos. Ser, no el perro, sino el niño de sus amos, es un gran peso emocional. Un perro que envejece y sobrevive cuanto le da el pellejo, sin atreverse a morir sólo por no dejar huérfanos de perro a sus dueños, resulta angustiante. Pero, en fin, no es más que humano, como habrá de pensar el perro.
Los animales domésticos no solo son depositarios de nuestro afecto, sino que cumplen también con funciones importantes: ahuyentar a los ratones, amedrentar a los intrusos, defender la integridad física de los miembros de la casa, desbaratar la integridad física de las plantas del jardín, despertarnos a las seis de la mañana los domingos.
Son animales y en eso radica su belleza. Nos permiten ser nobles con alguien en evidente estado de indefensión. Podemos establecer con ellos pactos y ser amigos.
Con los animales silvestres, no. Una serpiente, un tucán, una iguana, una guacamaya, sacados de su contexto, representan un hurto, son rehenes en cautiverio y si desarrollan algún tipo de apego por el malhechor, no será más que puro síndrome de Estocolmo.
Que amar a un animal sea otorgar la libertad, brindar respeto, ejercer la compasión, nosotros, animales también, más frágiles aún por distinguir el bien del mal y conocer de nuestra propia muerte.
Que amar a un animal nos haga más humanos. Está bien.
