Lo voy a decir en francés y en tico a la vez: le charme discret et naturel de Laura Chinchilla es pura vida. Su discurso del 8 de mayo fue maravilloso.
Marchó exhalando ese charme discret cuando iba, resuelta, a ser ungida como presidenta de la República. Yo no sé mucho de etiqueta, pero, a mi parecer, lucía sobria, discreta, elegante. ¡Voilà!, dije al verla pasar en la pequeña pantalla del televisor. Y aunque yo no voté por ella, no cabía en mi regocijo, como costarricense, pues triunfó en justas elecciones. Nuestra democracia es ejemplar.
Aunque extrañé un poco lo de fondo en su mensaje, los planes más concretos y las medidas por tomar para retomar el sendero del desarrollo (necedad de economista, siempre en busca de lo puntual), pienso que hizo bien al juzgar inoportuno cargar su hermosa prosa con propuestas técnicas, henchidas de cifras engañosas, en ese momento solemne. Ya la ministra de Planificación hablará por ella. Y lo hará claro, estoy seguro, pues también es pura vida.
Laura definió el sentir de su Gobierno al decantar los valores y rescatar los principios más arraigados en el pueblo costarricense. Y destacó, con buenas metáforas, la belleza natural de este país. Para los melancólicos como yo, aferrados al terruño, fue muy emocionante saber que nuestros ríos y montañas –escribo desde San José de la Montaña–, la meseta con sus boyeros y carretas, los pueblos y caminos, y esas veredas pobladas de chiquillos, ocupan un lugar especial en su corazón. Se lució al decir que desea una Costa Rica más próspera y más verde: la prosperidad, compartida por todos; el verdor, protegido por todos. Algo me dice que, al menos por ahora, ni los campesinos ni la naturaleza serán echados en olvido en los próximos cuatro años. ¡Que así sea!
Yo soy escribidor y, como tal, escribo en mi bitácora los compromisos de doña Laura para recordárselos cada vez que pueda durante su periplo presidencial y, al final, al entonar el canto del cisne. Laura dijo estar dispuesta a gobernar para todos, no solo para los ricos; que abrirá puertas a la oposición para cimentar la gobernabilidad; que liderazgo no es dar una clase magistral (ojo, Arias), sino practicar con humildad el consenso; y que buscará combatir con ahínco el desempleo, la pobreza y la injusta distribución de la riqueza. Eso, pienso, es justo y necesario. ¿Qué más le puedo decir? Que no olvide esas promesas. Si transita por la ruta del bien con ese charme discret y naturel y aferrada a los valores éticos que detalló con tanto esmero en su discurso, habrá rosas y laureles a su paso. Si no, cosechará espinas. Se lo prometo.