“Mientras yo exista, mis hijos estudiarán”, respondía Amenaida López cada vez que sus clientes o amigas le insistían en que mandara a trabajar a Hilda, Marujita y Rafael Ángel.
Cumplió su palabra a punta de hacer costuras, encorvada sobre su máquina Singer, volando aguja de sol a sol.
Así la recuerda su primogénita, Hilda López, microbióloga y jefa de sección de bacteriología en el Hospital Rafael Ángel Calderón Guardia, uno de los hospitales más grandes y complejos del país.
Amenaida – Ame , para su gente querida– fue mujer sola, sin marido y con tres hijos a cuestas... nada sencillo en años en que los demás le torcían la cara a esas situaciones mientras se daban golpes en el pecho.
Afirma Hilda que ella debe todo lo que es a esa costurera, trabajadora infatigable y mujer visionaria para la época, que murió tempranamente, a los 54 años, en un accidente de tránsito.
Mejor modelo no pudo haber tenido la doctora López; así le dicen quienes se la topan en los pasillos hospitalarios que ha recorrido en el último medio siglo.
De su mamá sacó el instinto por perseverar y el espíritu perfeccionista. También le debe la risa franca y la seriedad cuando la ocasión lo amerita.
Lleva 50 años trabajando para la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), y no tiene ganas de pensionarse aunque sobrepasa con creces años y cuotas.
La deuda con Amenaida es grande tratándose de la construcción de una persona que, como Hilda, abrió brecha a las mujeres con el pasar de los años.
De sol a sol
Hilda –quien nació un 4 de julio de 1935–, se crió junto a sus hermanos menores en una vieja casa de madera, cerca de la estación de trenes al Pacífico, en pleno San José.
“Mi casa se convertía en un centro de reunión, con las clientes y amigas de mamá que llegaban a montones. Mientras ella cosía, alguna le ayudaba a tender la ropa y otra le hacía el arroz. ¡Era divertidísima esa solidaridad!”, recuerda, y los ojos se le encienden. Parece que la escena se le despliega en la mente.
Doña Ame tenía mucha y muy buena clientela. Fue eso lo que le permitió enviar a sus hijos a la escuela Marcelino García Flamenco, cerca del centro de la capital.
Posteriormente, las muchachas cogieron camino al Colegio de Superior de Señoritas, adonde se graduaron como bachilleres.
Nunca, dice la bacterióloga, les faltó comida en el plato, a pesar de la discreta pobreza con la cual vivían y de haber tenido que pasar los años de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). “Las hijas de Ame andan como princesitas”, era el comentario general de las vecinas cuando las veían pasar vistiendo los trajes de domingo que su mamá les confeccionaba.
“Vivir pobremente no fue para nosotros un pecado. Lo que sí nos enseñó mamá que era un pecado grave es la vagabundería, el no tener ideales ni voluntad”, afirma con fuerza.
Por eso, insiste, la labor tesonera de su madre tiene mucho que ver en los caminos que tomaron cada una de esas tres vidas que sacó adelante sola.
Hilda ingresó a la Universidad de Costa Rica (UCR), donde se graduó como una de las primeras microbiólogas, en 1958. Tenía 23 años de edad.
Su hermana, Marujita , se convirtió en maestra de primaria, y el benjamín de la familia, Rafael Ángel, se graduó de economista.
Estudiar para Hilda no fue un problema por su condición de mujer, asegura. “¡No; viera que no! Todos –compañeros y profesores– siempre fueron muy respetuosos conmigo y nunca sentí discriminación. Sería mentirle”, aseguró.
Sí eran pocas las mujeres que elegían esas carreras. De hecho, ella fue una de solo tres graduadas en 1958. Aunque no poseía una inteligencia extraordinaria –dice–, su perseverancia y disciplina le permitieron terminar la carrera con buen rendimiento.
Tenía relativamente poco tiempo de haberse graduado cuando se casó con Mario Ramírez. Con él, procreó a cuatro muchachos: Marcela, Alberto, Adrián y Adolfo.
Se considera una mujer con suerte porque su marido comprendió sus aspiraciones y, lejos de enviarla a la casa para que se dedicara a todas las labores del hogar, le ayudó a chinear a los chiquillos.
“Marcela, la mayor, también jugó un papel muy importante en la crianza de sus hermanos. No crea, tengo un complejo de culpa porque yo trabajaba mucho.
“Esto que hago me apasiona y, sí, quizá no les dediqué a mis hijos todo el tiempo que ellos requerían”, justifica.
Al pie del cañón
Tiene 75 años y siete meses de edad. Desde hace rato cumplió con todos los requisitos para dejar el hospital, pero no siente ánimos para hacerlo.
Empezó en el Calderón, en hematología (donde se estudian las enfermedades de la sangre); pronto pasó a química clínica haciendo exámenes de glucosa, urea y creatinina; y desde hace más de 40 se metió en el universo de la bacteriología, del cual se enamoró como una adolescente.
Cultivar muestras clínicas de todo tipo es su rutina diaria. Por ejemplo, es común que ella manipule las flemas de un tuberculoso, o haga tomas de líquido cefalorraquídeo de la médula espinal de un enfermo de cáncer.
Agarra un poco de la muestra, la “siembra” y la “cultiva”. En otras palabras, se encarga de hacer que las bacterias crezcan en un ambiente cálido para luego identificarlas con ayuda de equipos digitalizados.
Esos procedimientos son los que, a la postre, ayudarán a los médicos a realizar el diagnóstico de una enfermedad y a definir un tratamiento para el paciente.
“Todo ha cambiado mucho. Cuando yo empecé aquí, solamente había cuatro medios de cultivo (sustancias especiales para favorecer el crecimiento de bacterias), y nosotros los teníamos que preparar.
“Ahora, tenemos más de 63 sustratos diferentes. Lo que pasa es que ha aumentado la cantidad de muestras para revisar. El trabajo aquí es inagotable y complejo. El espacio también se nos ha hecho chiquito”, explica.
Lejos de agotarse con tal carga laboral en una jornada de 9 a. m. a 6 p. m., de lunes a viernes, para Hilda trabajar es su fuerza motriz. “Es motivación, es enseñanza, son relaciones sociales”.
Tener ese empleo la obliga a no olvidar de dónde viene y lo mucho que le costó llegar adonde está.
Sobre todas las cosas, todavía conserva intacta la imagen de Amenaida encorvada sobre la Singer, cosiendo sin pausa los sueños de sus tres pequeños.
