Leímos en el editorial de La Nación del domingo pasado: “Un acucioso reportero presenció un espectáculo extraño al cabo de una (...) visita del presidente afgano, Hamid Karzai, a Teherán”. Enseguida se contaba que Karzai recibió del gobierno iranio “voluminosos sacos plásticos” que “eran transparentes y mostraban fajos de billetes a granel”. Tome el lector por su cuenta al resto del editorial y dirijamos nuestra atención hacia una leve y sinuosa pista que lleva de Costa Rica a Karzai, el corrupto mercenario a quien las grandes compañías petroleras colocaron en la presidencia de Afganistán.
Hace algunos años se apareció en Tiquicia un misterioso canadiense que, por ser presentado como multimillonario, inmediatamente se ganó la protección de dirigentes nacionales de casi todo el espectro político y, con la complicidad de ellos, se apoderó de una institución académica de cierto prestigio a la cual utilizó, incluso, para realizar la venta, subrepticia y en su propio provecho, de un importante bien donado a la institución. Al mismo tiempo, el chineado canadiense maniobró en la burocracia de la ONU para formar parte del cuerpo supervisor de las ventas de petróleo que se le permitían al régimen de Saddam Hussein dentro del embargo al que la ONU había sometido a Iraq. Algo realmente sórdido ocurrió y, tras una investigación ordenada por la Secretaría General de la ONU, se demostró que nuestro canadiense, al igual que sus amigos, había sido sobornado por Saddam Hussein: en una oportunidad le fue enviado, desde Bagdad a Jordania, como “obsequio” del generoso dictador iraquí, “un saco plástico” con un millón de dólares. A raíz de eso, la fiscalía de Nueva York giró una orden de captura que obligó a nuestro hombre a refugiarse en China, de donde no salió más por temor a la Interpol. No sería extraño, pues, que todavía, cuando ciertos influyentes dirigentes ticos viajan a China, lo visiten en su cárcel “voluntaria” para darle (¿o para recibir?) aliento.
No pudiendo, por las razones dichas, presentarse personalmente en Costa Rica, el turbio canadiense le comunicó por escrito al órgano superior de la institución académica que le sirvió de trampolín, que se la “heredaba” al estadounidense que desde mucho antes de la voladura de las Torres Gemelas ya proponía la invasión gringa de Afganistán y organizaba la conspiración que llevó al corrupto Karzai al poder en su ahora destrozado país. No deja de ser curioso que, pese a lo bien conocidas y documentadas que son estas extrañas conexiones, no haya habido un reportero tico tan “acucioso” como para seguirlas hasta la raíz.