Algunos se preguntan, todavía, por qué existe un Día Internacional de la Mujer. La respuesta es sencilla: esta celebración es una conquista de aquellas que han sufrido una larga historia de discriminación y han levantado su voz para defender los derechos que les son inherentes como seres humanos.
Su lucha ha dado fruto si se toma en cuenta que, en el pasado, las mujeres ni siquiera eran consideradas ciudadanas. Las parisienses dieron un gran paso durante la Revolución Francesa (1789), al marchar hacia Versalles para exigir su derecho al sufragio mientras pedían “libertad, igualdad y fraternidad”.
La causa feminista adquirió fuerza al final del siglo XIX, con la Revolución Industrial y el auge del movimiento obrero, y fue en los primeros años del siglo XX cuando se comenzó a gestar la instauración de una jornada de lucha por los derechos de las mujeres, impulsada por partidos socialistas de Estados Unidos y Europa.
Así, la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague en 1910, proclamó el Día Internacional de la Mujer, y varios hechos impulsaron las manifestaciones a partir de entonces.
Uno de los más relevantes fue el incendio de una fábrica textil de Nueva York en 1911: sus empleadas habían realizado una huelga para demandar mejores condiciones laborales, mas no fueron escuchadas, y meses después ocurrió el trágico suceso que acabó con la vida de 140 trabajadoras.
Un siglo no basta
Cien años han pasado desde la primera celebración del Día Internacional de la Mujer, en marzo de 1911. Si bien se han logrado importantes conquistas, en ningún lugar del mundo las mujeres han alcanzado el mismo nivel de desarrollo que los hombres ni poseen iguales oportunidades, como lo demuestran múltiples indicadores de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Las mujeres son mayoría entre los 1.300 millones de habitantes que viven en extrema pobreza; la violencia contra la mujer es el delito más común y menos castigado en el mundo; el 53% de las mujeres trabaja en labores vulnerables sin seguro y, cada año, 3 millones de niñas corren el riesgo de ser sometidas a la mutilación genital. También están más expuestas al desempleo, perciben sueldos entre un 30% y un 40% inferiores a los de los hombres por el mismo trabajo, y ellos siguen obteniendo los cargos en los niveles jerárquicos más altos. Esto se debe, en parte, a que ellas tienen un menor acceso a la educación en muchos países; pero aunque una mujer posea los mismos títulos que un varón, a ella le resultará más difícil ascender.
¿Por qué es tan lento y tortuoso el camino hacia la equidad?
“La subordinación y exclusión social de las mujeres está enraizada en prácticas culturales y estructuras de poder ancestrales que se resisten a los procesos de cambio social. Esa subordinación le es necesaria al sistema económico y político”, asegura Montserrat Sagot, directora de la maestría regional en Estudios de la Mujer, de la Universidad de Costa Rica (UCR).
Desde su perspectiva, el sistema económico aprovecha esa posición desventajosa porque le ofrece trabajadoras más baratas, lo que permite reducir costos. De esta manera, se perpetúa la desigualdad, al recargar a las mujeres con el trabajo doméstico y las labores de cuido familiar, al pagarles menos que a los hombres por las mismas tareas, y al negarles el acceso al crédito y a otros recursos con el fin de mantenerlas en estado de dependencia.
Las “supermujeres”
La imagen de la “supermujer”, capaz de hacerlo todo a cambio de muy poco, es una construcción de la cultura machista.
“La utopía feminista apunta más bien a una redistribución de las tareas domésticas y de cuido, a mayores apoyos sociales y estatales para que las mujeres puedan tener más tiempo libre y dedicarse a estudiar, trabajar y atender a sus hijos de una forma más relajada. Esa redistribución de los oficios y responsabilidades del hogar entre mujeres y hombres es la gran revolución que no se ha dado”, manifiesta Sagot.
Por otro lado, muchas están inseguras en sus propios hogares, pues la agresión doméstica figura entre las principales causas de discapacidad de las mujeres en el mundo entero. Se estima que una de cada tres ha sido golpeada u obligada a tener relaciones sexuales; por lo general, el agresor es un pariente o conocido de la víctima.
América Latina, particularmente Centroamérica, ha experimentado un dramático aumento de casos de violencia contra mujeres. “Con la globalización se producen nuevas formas de explotación de las mujeres –como la trata con fines de explotación sexual o laboral– y otros fenómenos que aumentan su vulnerabilidad, como el crimen organizado que usa a las mujeres cual ‘trofeos’ para pago de deudas o cobro de venganzas”, añade.
En el último siglo, la comunidad internacional ha creado diversos instrumentos para promover la igualdad entre los géneros y la mayoría de Estados ya aceptó el marco normativo dirigido a prevenir y castigar la discriminación contra la mujer. Muchos países, sin embargo, no han logrado su adecuada implementación.
En el 2000, los dirigentes del mundo aprobaron los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio y establecieron el 2015 como año meta para su cumplimiento. Uno de estos objetivos es el de “promover la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer”. Este, a su vez, es clave para alcanzar los otros siete, entre ellos, mejorar la salud materna, erradicar la pobreza extrema, lograr la educación universal y combatir el VIH/SIDA.
A cuatro años de que se cumpla el plazo fijado por Naciones Unidas, los avances en materia de igualdad son insuficientes. Por tal razón, en julio pasado se creó ONU Mujeres, un organismo que pretende acelerar el progreso en el logro de ese objetivo.
“La igualdad social, política y económica para las mujeres es esencial para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Hasta que mujeres y niñas no se hayan liberado de la pobreza y la injusticia, objetivos como paz, seguridad y desarrollo sostenible, estarán amenazados”, expresó el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon.
ONU Mujeres comenzó a operar en enero bajo la dirección de la expresidenta de Chile, Michelle Bachelet. Algunas de sus tareas serán fortalecer el liderazgo de las mujeres, su autonomía económica y su participación en la toma de decisiones, y lograr que los gobiernos destinen más presupuesto a atender las necesidades específicas de esta población.
Así, la lucha femenina continúa, con grandes retos aún pendientes y nuevas armas para defender sus derechos.