
El calentamiento global, la pérdida de biodiversidad (la sexta extinción masiva de especies), el cambio de uso de suelo, la disponibilidad del agua potable, la transformación de los ciclos bioquímicos del fósforo y del nitrógeno, la acidificación de los océanos y la incorporación de nuevas entidades (presencia de sustancias radioactivas, medicamentos y otras drogas, y plásticos y microplásticos) son siete de los nueve límites planetarios que hemos superado según el Centro de Resiliencia de Estocolmo.
Estos límites rebasados nos permiten llegar a la conclusión, no solo de que habitamos dentro de una crisis ecológica (o civilizatoria), sino, como ya otros investigadores han determinado, una nueva era geológica llamada Capitaloceno.
Más allá de las discusiones sobre si es un concepto válido o no, esta idea de habitar una era planetaria permite cuestionar un sistema económico hegemónico, denominado capitalismo, basado en el antropocentrismo de nuestra cultura occidental y sostenido por el patriarcado, la escala natural aristotélica, el colonialismo y el despojo de territorios, que impone un concepto de desarrollo y una única visión de mundo en la que el hombre es quien domina y somete a quienes están a su servicio; en este caso, a los animales no humanos y a los ecosistemas.
A partir de estos cuestionamientos, desde la década de los años 40, con la publicación del libro Ética de la Tierra de Aldo Leopold, y con más determinación en los 70, con el surgimiento de los movimientos ecologistas, de los cuales se han derivado visiones alternativas fomentadas por ideologías como los ecofeminismos y la ecología profunda, que han recuperado cosmovisiones originarias que incluyen propuestas como el buen vivir andino, el animismo budista, el principio de unicidad del taoísmo o el panteísmo del cristianismo primitivo han permitido explorar y difundir otra forma de habitar el planeta, desarrollar otros afectos y vínculos espirituales con el entorno y proponer otra concepción de naturaleza y relacionamiento con los seres más allá del humano que decanta, a su vez, a otras formas de hacer política, otras formas de economías y alternativas al modelo actual de desarrollo.
Estas propuestas se han ido extendiendo como musgo sobre lo que la antropóloga Anna T. Sing denominó las ruinas del capitalismo, en su libro La seta del fin del mundo, y han permitido transversalizar las discusiones ecologistas en todas los ámbitos de nuestra sociedad, siendo un tema de discusión en disciplinas como la filosofía, la economía, la física y en todas las tras ramas de las ciencias y permite que se incorporen en nuestro imaginario social ideas como cuidar el ambiente, salvar el planeta, proteger a los animales, concederles derechos a la naturaleza y los no humanos, que si bien es cierto, muchas veces quedan en plano discursivo, poco a poco, han venido a reconfigurar nuestro lenguaje.
Musgo en las ruinas del capitalismo
Estas discusiones no se han quedado meramente en plano técnico, científico o filosófico, sino también el arte se ha convertido en un medio para increpar nuestro modelo civilizatorio y conducirnos por una experiencia estética que atraviesa los sentidos y termina como un liquen en nuestra razón, invitándonos a una reflexión ética. Como explica el filósofo francés Jaques Rancière, por medio del recurso estético puede volverse “a codificar e invertir las formas de pensamiento y las actitudes que ayer apuntaban a producir un cambio político y/o estético radical”.
En este sentido, el arte es un espacio para habitar el problema, comprenderlo no solo racionalmente y reflexionar sobre nuestro relacionamiento con los otros: el otro-árbol, el otro-río, el otro-pájaro, el otro-hongo, el otro-sistema-vivo-sintiente, que convive e interacciona cotidianamente con nosotres, aunque no nos demos cuenta.
La literatura, como creación artística, también se ha involucrado en este proceso y, en la década de los 70, aparece una rama académica llamada ecocrítica, que en los últimos 40 años se ha ampliado y ha permitido analizar y hacer relecturas de obras en función de las ideas ecologistas y poner en la mesa a discusión otros textos que se han invisibilizado en nuestra cultura, como el caso de la obra de Plutarco, la lectura animalista de los cuentos de Voltaire y popularizar otres autores protoecologistas como Walden de H.D Thoreau, R. W. Emerson o Emily Dickinson.
Además, ha abierto paso para que autores contemporáneos o más cercanos a nuestro tiempo, como Nanao Sazaki, Úrsula K. Le Guin, Mary Oliver y el premio nobel de literatura J. M. Coetzee, escriban obras literarias insignes que permiten crear otros vínculos con la naturaleza, los animales no humanos y otros sistemas vivos, lo que abre la posibilidad de categorizar un tipo de escritura denominada ecoliteratura, con ramificaciones como la ecopoesía, la zooliterura, la liternatura y otras denominaciones.

La humedad del musgo entre las manos
Las ecoescrituras emergen del diálogo entre diferentes voces de la naturaleza, con el propósito de estrechar el vínculo de los humanos con el entorno y, como menciona Ronald Campos en un artículo académico, este tipo de literatura ha experimentado tres oleadas: una en los 80, enfocándose en la escritura de la naturaleza, la tierra salvaje y la conexión de las mujeres con el entorno natural; otra en los 90, abordando temas de justicia ambiental y ecología urbana; y la última después de la década del 2000, adoptando un enfoque transcultural, transnacional y multidireccional, que también incluye elementos multiespecie.
Por otra parte, aunque la categoría de ecoliteratura ha sido acuñada recientemente, desde la antigüedad muchas poéticas, a lo largo de la historia no occidental, buscaron entablar un diálogo sobre las relaciones con la naturaleza, como es el caso del tradicional haiku japonés o la literatura y las narraciones cosmogónicas de los pueblos originarios alrededor del mundo.
Este tipo de escritura, por lo general, se sostiene en la premisa de que los humanos también somos naturaleza y busca otorgarle un significado más profundo e integral a la ecología al conectar a todos los seres con la vitalidad del mundo, por lo que desarrolla un lenguaje poético que representa un camino viable para fomentar una orientación ecopedagógica que integre la ética ecocéntrica y favorezca la creación de nuevas narrativas que proyecten otros mundos posibles.
La ecoescritura engloba diversas perspectivas y una de las más destacadas es la que establece el diálogo abierto con los entornos naturales que, como afirma Pedro Favaron, poeta y docente peruano, subraya la necesidad de poetizar desde un vínculo arraigado en el corazón mismo de la tierra y del océano.
Otra perspectiva importante es el trabajo contemplativo que el escritor o la escritora realiza y que le permite escuchar la voz de otros seres más-que-humanos y reconocer que estos se comunican en un lenguaje muy distinto al nuestro, y que intenta traducir a través de una narrativa especulativa, registrando esas diferentes formas de comunicabilidad.
La tercera perspectiva se enfoca en la escritura que revaloriza la naturaleza. Estas obras permiten una experiencia que reconoce a los demás seres vivos como dignos o sagrados, otorgándoles un valor intrínseco y abandonando el enfoque mercantilista y utilitario que la cosmovisión occidental suele atribuir a la naturaleza.
La última perspectiva se enfoca en denunciar y documentar las problemáticas ambientales relacionadas a la desigualdad y los conflictos ambientales. Este tipo de textos cuestiona las prácticas del modelo económico hegemónico: la sobreexplotación, el despojo de territorios, la marginalidad de poblaciones, el racismo ambiental y la contaminación que afectan a millones de seres humanos y más-que-humanos en el mundo. Estas problemáticas suelen ser atribuidas a nuestros hábitos de producción y consumo, así como al sistema económico capitalista que a menudo media estas relaciones.
Pero más allá de estas posibilidades, hago propias las palabras del poeta mexicano Yaxkin Melchy, quien afirma que las ecoescrituras son una reflexión actual sobre la vida, incluyen sus formas en lo político, lo ético, lo científico, lo estético, lo religioso y lo cultural-natural. Las reflexiones que se hacen en estos textos se transforman en preocupaciones modernas de los seres humanos ante las cuestiones de la vida, poniendo por delante la razón del corazón, entendiendo esta como una reflexión poética para pensar-sentir en las maneras de ser, estar y cuidar la vida.
Del musgo germina un río
Escribe Ernest Blosh en su libro El principio de esperanza que “el génesis está al final, no al principio”, por eso toda ruina es fértil y, al habitar una crisis como esta, podemos reconfigurar nuestras vidas. Sin duda, la literatura es un medio que ha contribuido con este proceso.
En Costa Rica muches autores se han acercado al pensamiento ecologista, y han tratado esta temática en su obra. Autores como Osvaldo Sauma y Luisiana Naranjo, desde la década de los 90, han realizado antologías y han escrito poesía con corte naturalista y ecologista. Además, esta última ha dedicado parte de su carrera literaria para organizar el reconocido Encuentro Internacional “Poetas y Medio Ambiente”, en donde se propician espacios literarios para compartir textos y discutir alrededor la situación ambiental contemporánea.
Destaca también el poeta y ecologista asesinado David Maradiaga, quien utilizó su obra para provocar la reflexión sobre conflictos ecológicos de la época, y Carlos Villalobos, quien publicó en 1995 el libro Ceremonias desde la lluvia, con un tono ecopoético intenso, y de forma más reciente, el libro Donde nadie, con el que denuncia los impactos del uso del nemagón (DBCP) en el Caribe costarricense.
Otras voces literarias exploran en su trabajo poético esta categoría, expandiéndose como musgos entre rocas. Dentro de esta línea, encontramos escritoras como Cristy Van der Laat, Arabella Salaverry, Mia Gallegos, Nidia González, Marianela Sáenz, Macarena Barahona y Guadalupe Urbina (quien no solo ha llevado la visión ecologista a la literatura y a la academia, sino también a la música).
Uno de los escritores que más destaca en este ámbito es Ronald Campos, que en algunos de sus libros de poesía explora este tipo de literatura y es uno de los investigadores pioneros en la ecocrítica costarricense: ha escrito artículos académicos relevantes sobre el tema, ha dirigido los primeros seminarios de investigación sobre de ecocrítica de la Universidad de Costa Rica y coordinó el primer congreso sobre el tema de esta misma institución.
Podemos citar a más autores que se han inmerso en esta línea. Por ejemplo, Esteban Alonso Ramírez utiliza los elementos naturalistas del haiku, Paola Valverde plasma el encuentro con lo sagrado en su libro Las direcciones estelares y relaciona su vínculo paterno y lo ancestral en Yesca para el fuego, cercano encontramos algunos de los libros de Dennis Ávila, como es el caso de Los excesos milenarios.
En una generación más reciente, encontramos el trabajo de Joset André Navarro en su libro Boa, quien explora el vínculo y el sentir de serpientes y otros animales no humanos utilizando la fabulación especulativa como recurso, o el aporte que realiza a la ecopoesía nacional Carolina Campos en su libro Helechos en los poros.
Recientemente, parte del trabajo de estes autores y de otres escritores del siglo XX pueden leerse en la muestra de ecopoesía costarricense Del musgo germina un río, publicada en forma virtual y para descarga gratuita por la editorial mexicana Cactus del Viento.
Las ecoescrituras han venido tomando mayor auge en los últimos años, la preocupación por habitar la era del Capitaloceno y de proponer otros futuros posibles lleva a que más escritores y escritoras de todas las lenguas se sientan motivados a crear textos que indaguen sobre la conexión ancestral con la Tierra, contemplen el detalle de cada árbol, de cada pluma o del micelio, comprendan cómo el entorno reconfigura nuestro lenguaje y la forma en que habitamos o escuchen y traduzcan las voces de los seres no humanos y especulen su sentir en medio de esta crisis.
Más voces literarias, tanto en Costa Rica y el mundo, van relacionando el pensamiento ecológico, en busca de crear, a través de la literatura, un espacio estético que, con la sutileza del musgo, enraíce en la piel y en las ruinas de una era, y vuelva humus nuestra civilización, nuestro cuerpo y nuestro corazón endurecido.
Sebastián Miranda Brenes, escritor, investigador independiente, gestor ambiental y fundador de la Plataforma Educativa Ambiente Fractal.
