
La reciente publicación de la encíclica Magnifica Humanitas demuestra que los debates sobre la inteligencia artificial (IA) han llegado hasta el ámbito teológico. Efectivamente, la apropiación que han tenido estas tecnologías en la vida cotidiana de las personas abre muchas interrogantes sobre su impacto en la sociedad.
En el fondo, el dilema más apremiante se refiere a su poder. Estas tecnologías son capaces de aprender con mucha rapidez y ya parecen superar muchas habilidades del ser humano. ¿Pueden entonces llegar a convertirse en entidades difíciles de controlar?
Frank Herbert, en su saga de novelas Dune, imagina la Yihad Butleriana. En su universo narrativo, las máquinas llegaron a tener tanta capacidad y autoridad, que la humanidad tuvo la necesidad de declarar una guerra santa para destruirlas. El resultado fue una prohibición total de tecnologías inteligentes que se encapsula en el mandamiento: “no se debe hacer una máquina a semejanza de la mente humana”.
En un contexto en el cual la IA no para de avanzar, los escenarios planteados por la ciencia ficción dejan de ser meras conjeturas. Cada vez más parece que la tecnología va a cambiar para siempre nuestra concepción del mundo y de lo que significa ser humano.
La singularidad tecnológica
La IA es un campo del conocimiento muy amplio que busca lograr producir tecnologías que tengan la misma inteligencia que un ser humano, o incluso superarla. Herramientas como ChatGPT o Claude corresponden a lo que se llama IA generativa, y se encuentran muy lejos del sueño de muchos filósofos y científicos. El objetivo final es crear una entidad no-humana que sea autónoma, creativa y tenga, incluso, su propio tipo de consciencia.
Desde hace décadas, muchos profesionales y académicos del campo se han preguntado por la posibilidad de llegar a una singularidad. En física, este concepto se utiliza para describir situaciones en las que, gracias a un evento extraordinario, se pierde toda destreza de entender y estudiar lo que pasa.
Aplicado a la IA, la singularidad tecnológica conlleva un cambio dramático en la historia y una gran convulsión social precipitada por la aparición de tecnologías nunca vistas. Como lo explica Murray Shanahan, investigador en robótica cognitiva, “todas las actividades humanas, de la manera que las comprendemos hoy, cesarían de existir”.
Por mucho tiempo, estas discusiones estaban relegadas a esferas especializadas o parecían excentricidades. Por ejemplo, cuando el inventor y empresario Ray Kurzweil vaticinó hace aproximadamente veinte años que la singularidad llegaría en el año 2045, sus aseveraciones fueron tomadas con cautela.
No obstante, poco a poco, lo que parecía especulación ha ganado un tinte de realidad muy fuerte. Además, han surgido muchas perspectivas que abogan no solamente por la venida de la singularidad, sino que proponen la necesidad de acelerarla.

Ir al límite
Nick Land es un filósofo británico cuyas ideas han nutrido a un movimiento político e intelectual conocido como neo-reacción. Land argumenta que es necesario lograr producir una superinteligencia digital que domine al ser humano. Para esto, es crucial llevar a las sociedades al límite, propiciando todo tipo de crisis.
Blogueros convertidos en intelectuales públicos como Curtis Yarvin han popularizado esta agenda, la cual el mismo Land bautizó como “ilustración oscura”. Sus pensadores toman una postura anti-democrática y tecno-libertaria que se opone a los valores liberales de occidente.
El apoyo que estas figuras han ido ganando, incluyendo el mecenazgo de empresarios como Peter Thiel, cofundador de PayPal, señala que el papel de la IA en la sociedad acarreará múltiples disputas, desde lo técnico a lo político.
La singularidad puede ser hipotética o puede finalmente arribar. No obstante, es innegable que estas tecnologías continuarán evolucionando. Y por esto, vale la pena preguntarse por el significado de lo humano.
Como León XIV sostiene en su nueva encíclica, nuestros instrumentos, son solo instrumentos. Por otra parte, es en la experiencia de tomar decisiones, cometer errores, y pedir perdón, donde ocurre un crecimiento interior. Y allí se encuentra la magnífica humanidad.