Jacques Sagot. 30 agosto
Franz Kafka murió el 3 de junio de 1924, a los 40 años. Foto: Archivo.
Franz Kafka murió el 3 de junio de 1924, a los 40 años. Foto: Archivo.

Porque Kafka es usted, soy yo, todas las personas que por el mundo transitan. ¿Le ha sucedido alguna vez sentirse ajeno a su entorno, marginalizado, insular, diferente, solitario, incomprendido, feo, frustrado con su trabajo, enamorado “encontradamente” pero incapaz de proponer matrimonio a su prometida por miedo a un padre tiránico y draconiano? Si la respuesta es “sí”, Kafka es para usted.

Nadie ha retratado mejor al hombre de los siglos XX y XXI como Kafka: un mero glóbulo flotando en una correntada arterial, sin volición, movido por fuerzas oscuras que no comprende. Detesta su trabajo (asesor legal en una firma de abogados que atiende accidentes laborales). Nada podría ser más chato, gris y tedioso. Era el epítome del “alienamiento obrero” (Marx). Escribía de noche. Sus enormes ojos de lémur le permitían trabajar a la luz de una candela. Era una criatura noctámbula, noctívaga y nictálope. ¿A qué horas dormía? La respuesta es muy simple: no dormía. Por eso murió tuberculoso a los cuarenta años, dejando una masiva obra inconclusa y fragmentaria que, gracias a su amigo Max Brod (que desacató la petición postrera de Kafka para que sus papeles fuesen quemados) ha llegado hasta nosotros.

Hay otro rasgo característicamente moderno de Kafka. Se dice que nuestro escritor era checoslovaco. Esto es un anacronismo. En su tiempo, Checoslovaquia se llamaba Bohemia. Pero resulta que tampoco era bohemio, toda vez que esa región pertenecía al Imperio Austrohúngaro, regido por la dinastía Habsburgo. Kafka era judío: una minoría en un país indeterminable. Hablaba con su familia en yiddish, pero toda su obra fue escrita en alemán… ¿Cómo establecer un principio de identidad étnica, prendido en semejante embrollo multicultural? Para colmo de males, no simpatizaba con los judíos, y la mamá tenía que llevarlo de la oreja a la sinagoga. Kafka no sabía a qué grupo social, étnico, cultural y profesional pertenecía. Sus obras están llenas de la angustia que acarrea un principio de identidad fantasmal, indefinido. Es uno de los dramas de los siglos XX y XXI: enormes movimientos migratorios… la gente ya no sabe quién o qué diantres es.

Kafka -pese a sus ojos de criatura nocturna sorprendida por un súbito reflector- era un hombre atractivo, notorio por su sentido del humor (en su obra la ironía y el sarcasmo abundan). Tuvo tres prometidas: Felicia, Milena y Dora. Su epistolario con ellas es profuso y hermosísimo (muchos de estos documentos fueron quemados por los nazis, que también asesinaron en los lager a las tres hermanas de Kafka).

El ogro despótico de su padre interfirió en estas relaciones: las saboteó, las boicoteó: manejaba a su hijo como un ventrílocuo a su monigote. Kafka nunca pudo enfrentársele. Su personalidad era demasiado débil como para meterse en el tinglado con el “hiperpadre” (Lacan). Kafka ha dejado un lacerante testimonio de esta perdida batalla en su Carta al Padre.

Entendió que la burocracia era una clase parasitaria y siniestra, al servicio de oscuros poderes. Su función era humillar, frustrar y demorar los trámites de los ciudadanos. La autoridad, en Kafka, es diluida, difusa: por eso es tan difícil ponerle una aguja y fijarla sobre una tabla, cual un insecto. En El Proceso, José K. no logra nunca conocer a sus acusadores ni a la autoridad suprema. Cuando esta adquiere una contextura tan indefinida y abstracta, no hay posibilidad de rebelarse contra ella. ¿De qué serviría una revolución, puesto que ahora no hay nadie a quien cortarle la cabeza? José K. es rebotado de una secretaría, a un departamento, a una comitiva, a una junta directiva, a una comisión, a una auditoría, a una intendencia, a un despacho, a una asesoría, a una judicatura… nunca logra hablar con el jefe de todos los jefes, ese al que en el siglo XVII no hubieran vacilado en guillotinar. Además no lo olviden: era un “sistema - padre”: también perdió esa batalla. La autoridad se disemina, atomiza, despersonaliza, y es imposible hablar con un ser humano que nos aclare nuestro predicamento.

Kafka se sintió perseguido toda su vida. La suya es la literatura de la paranoia. Piensen nomás en el inicio de El Proceso: “Alguien tenía que haber calumniado a José K., pues fue despertado una mañana por dos agentes que venían a detenerlo”. Ese sentimiento paranoide y persecutorio: ¿no lo han ustedes experimentado, queridos lectores?

La obra de Kafka no es de fácil acceso. Comiencen por La Metamorfosis, y luego lean los cuentos En la colonia penitenciaria y La condena. Este último figura, con contexto, lectura y profuso análisis, en mi serie de programas Quédate en casa con grandes escritores. Si quieren compartir este audio, envíenme su número de teléfono, para incluirlo en mi WhatsApp, pues es desde ahí donde distribuyo estas conferencias. Será un placer ofrecerles este gratuito material didáctico.