Jacques Sagot. 16 noviembre, 2019
Este retrato de Walter Scott, pintado por Edwin Henry Landseer alrededor de 1824, pertenece a la National Portrait Gallery de Londres (Inglaterra). Foto: National Portrait Gallery.
Este retrato de Walter Scott, pintado por Edwin Henry Landseer alrededor de 1824, pertenece a la National Portrait Gallery de Londres (Inglaterra). Foto: National Portrait Gallery.

Los chiquillos de mi época leíamos Ivanhoe. Los de hoy aprietan botones de Playstation y habitan en sus smartphones. Ivanhoe es lo que los franceses llaman un roman fleuve. En español la palabra “río” designa tanto al Nilo como al María Aguilar. En francés, una rivière es un río de dimensiones normales, mientras que un fleuve es un río ancho y navegable, tal el Amazonas. Un roman fleuve es una novela “amazónica” que abarca la vida entera, con un cauce temático descomunal: puede ser leída como literatura de aventuras, de romances, de crítica cultural e histórica, y es abordable desde múltiples perspectivas: sociocrítica, antropológica, psicoanalítica, filosófica, religiosa o estética.

A horcajadas entre los siglos XVIII y XIX, Walter Scott es uno de los primeros románticos, pero también un hombre del siglo de las luces, el racionalismo, la Ilustración (Aufklärung). Su visión de la Edad Media no es idealista ni romántica, sino revisionista.

Scott derriba las grandes leyendas del Medioevo. 1- Por más que se llamen Ricardo Corazón de León, los reyes no son tales por designio divino, sino en virtud de linaje, estirpe y sangre. 2- La lealtad de sus caballeros no es tampoco un mandato divino, sino una serie de pactos de conveniencia recíproca. 3- El amor erótico o cortés del Medioevo no hace sino sublimar el amor que el vasallo debía profesar a su señor. 4- La riqueza no radicaba en la acumulación de dinero (eso llegaría con la era numismática y crematística, el nacimiento de la banca en la Florencia renacentista). La única riqueza era la posesión de la tierra. 5- El señor feudal cedía su tierra al vasallo, cuya esposa debía parir veinte hijos con el fin de que diez sobrevivieran y se integrasen a las fuerzas de trabajo. El trabajo infantil no violaba los derechos humanos (pautados hasta 1948): era la cosa más natural del mundo. Los hijos eran manos que cultivaban la tierra y le garantizaran al señor feudal una colecta ubérrima, arcas llenas de frutos, granos, legumbres, vinos y carnes. 6- Las ordalías o justas de caballeros, los duelos a todo galope con armadura y larguísimas, fálicas espadas no expresaban la justicia (no era la forma en que Dios premiaba al justo y castigaba al impostor): su resultado dependía simplemente de la habilidad de los contendientes. 7- Pese a los esfuerzos de Hollywood por glamurizarlas, las cruzadas no fueron sino genocidios y crímenes de lesa humanidad contra el pueblo árabe.

No falta ningún ingrediente
Ivanhoe, de sir Walter Scott, le sirvió de inspiración al pintor francés Eugène Delacroix (1798–1863). Esta obra recrea la escena del rapto de Rebeca de York por esclavos sarracenos bajo las órdenes de Brian de Bois-Guilbert. Foto: Museo de Louvre/Wikimedia Commons.
Ivanhoe, de sir Walter Scott, le sirvió de inspiración al pintor francés Eugène Delacroix (1798–1863). Esta obra recrea la escena del rapto de Rebeca de York por esclavos sarracenos bajo las órdenes de Brian de Bois-Guilbert. Foto: Museo de Louvre/Wikimedia Commons.

Todo lo tiene, Ivanhoe. Justas caballerescas; jinetes ignotos (Ivanhoe); el enigmático Ricardo Corazón de León, conocido por su espíritu indómito y fiereza guerrera; la arcoirídica Lady Rowena recorriendo los bosques de Yorkshire a caballo, desnuda, cubierta por su líquida, profusa melena, tal Rapunzel y Melisenda: la cabellera lacia y luenga de la mujer es una fantasía masculina, sí, pero también es símbolo de realeza, sobredotación natural, poderes suprahumanos; intrigas en la corte; castillos incendiados por oscuras manos criminales; bufones; escuderos; traiciones; caballeros templarios; relatos a la melancólica luz del fin de las cruzadas; identidades escamoteadas; caballeros negros que representaban al demonio; tensión entre los sajones y los normandos invasores de Britania; más tensiones entre los judíos y los cristianos; un jinete misterioso que se hace llamar “El Desdichado”; abadías remotas y umbrías donde se refugian los prófugos; el espadachinesco Robin Hood, que en los caminos que serpenteaban en los bosques de Sheffield asaltaba a los ricos para dar a los pobres…

No hay una fibra del espíritu de la Edad Media que no sea pungida por Scott (1771-1832), exacto contemporáneo de Beethoven, Schubert, Goethe, Hegel, y escritor idolatrado por el romanticismo.

El siglo XIX se enamoró de la Edad Media: la revisó y reivindicó históricamente: piensen en las óperas wagnerianas inspiradas por la mitología medieval nórdica.

El romanticismo volvió la espalda a la Ilustración, e hizo de la Edad Media una fuente inagotable de tópicos y ficción. Rossini, el risueño, travieso “cisne de Pesaro” compuso una ópera llamada Ivanhoé (sic), que era un pasticcio (un texto al que se le adaptaba música de óperas propias y ajenas previamente compuestas). Scott era uno de los autores favoritos de Beethoven: los valores éticos de esta literatura eran el heroísmo, el honor, la voluntad y el sacrificio. ¿Cómo sorprendernos de que Beethoven se identificase con tal universo axiológico?

La novela histórica

Scott es uno de los creadores de la “novela histórica”. ¿Otros ejemplos? El nombre de la rosa de Umberto Eco; Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar; Guerra y Paz de León Tolstoi.

Atención: una novela histórica no es una lección de historia: el autor se permite licencias narrativas. Como decía Machado, “se miente más de la cuenta por falta de imaginación: la verdad también se inventa”. Pero Scott es uno de los escritores que con más rigor documentó la época de sus novelas.

Para la elaboración de Ivanhoe, Walter Scott se sumergió en ocho enormes volúmenes de sabiduría antigua, entre ellos la obra de Geoffrey Chaucer (1343-1400), conocido por los picarescos Cuentos de Canterbury, considerados por mucho tiempo como pornografía. Sí, era muy escrupuloso en su investigación histórica.

Afectado por la polio durante su niñez, rehabilitándose con ejercicios, caminatas y natación, Scott desarrolló una fibra moral y una ética de gladiador que se traduce en sus bravíos personajes novelescos. La polio nunca dejó de atormentarlo: tuvo que dictar sus novelas a amanuenses de su confianza, pues no podía manipular la pluma.

Primera edición de Ivanhoe en 1820. Foto: Wikimedia Commons.
Primera edición de Ivanhoe en 1820. Foto: Wikimedia Commons.
Las mil resonancias de Ivanhoe

Estamos a finales del siglo XII. Ricardo Corazón de León retorna de las cruzadas. Los sajones están bajo el dominio de los normandos, quienes sojuzgaron a Britania en la batalla de Hastings (14 de octubre de 1066), donde Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, derrotó a las tropas del rey británico Harold Godwinson. Todo transcurre bajo un clima de crispación étnica y política. Es el caldo de cultivo para los grandes héroes revolucionarios. Para los grandes amores también, tal el caso de Ivanhoe y Lady Rowena, pero no diré si mueren heroicamente, o si se casan y viven felices comiendo perdices.

Ivanhoe fue llevada al cine mudo desde 1911. Luego vino el clásico de 1952, con Robert Taylor en el papel de Ivanhoe, y Elizabeth Taylor junto a Joan Fontaine en los papeles femeninos. En 1958, Roger Moore (que posteriormente se haría célebre con la serie El Santo y como James Bond) estelarizó una exitosa serie televisiva. Se han hecho óperas, ballets, y docenas de adaptaciones cinematográficas de Ivanhoe. Hay que leerla, amigos. Sus vidas serán más bellas: se los prometo.