Áncora

La Vía Dolorosa de Florencia Urbina: el dolor transfigurado y sublimado

Nuestra gran artista propone una lectura inédita y supremamente bella del martirio por excelencia de la historia humana

La Vía Dolorosa de Florencia Urbina:Estación 13: Su cuerpo es bajado de la cruz
La Vía Dolorosa de Florencia Urbina:Estación 13: Su cuerpo es bajado de la cruz

La pintura de inspiración religiosa no es en modo alguno ajena a Florencia Urbina. Ya había creado una Santa Cena asaz heterodoxa, donde los comensales usan máscaras y Jesucristo es negro. Pero la elaboración de su Vía Dolorosa en catorce cuadros concebidos como un continuum fue un desafío tremendamente difícil. La artista padeció uno de esos momentos de sequía, la avaricia de las musas, el silencio del duende y el ángel de la mitología lorquiana, que suelen afligir a los creadores cada cierto tiempo. Hasta que el dolor de la pandemia, con su sorda angustia, el horror de la reclusión y las cifras de la muerte que no cesaban de aumentar, le volvieron a poner el pincel en las manos. No es exagerado afirmar que esta obra es, como diría Baudelaire, una “flor del mal”: lirios y nenúfares de exquisita fragancia y blancura inmaculada que brotan de la descomposición de las miríadas de bacterias del pantano, y suben verticales hacia la luz, sedientas de sol y firmamento. Obra nacida en el dolor, ese gran partero de los artistas.

Primero, señalemos los aspectos técnicos de esta magistral secuencia. Se trata de catorce lienzos de 80 centímetros de ancho por 1 metro de alto, comisionados por un coleccionista que ha amado el arte de Florencia desde larga data. Nuestra artista usa el acrílico y el carbón sobre tela. Los diseños están inspirados por el batik, modalidad que ella ha cultivado con fruición, y que tomó del arte de Java, Indonesia y Sumatra, latitudes en las que dejó largos segmentos de su vida. Pero el batik es aquí tan solo una ilusión. Florencia la usa para los segundos planos, para el fondo sobre el que se decantan las figuras. Esta superficie le da a los cuadros una luminosidad, una iridiscencia, una suerte de movimiento y de reflexión especular que es magia pura. Utilizó el acrílico Winsor and Newton, que por la alta concentración del pigmento, le garantizan a la obra una larga y saludable vida. Las telas fueron previamente preparadas con una base de gesso blanco, a fin de fijar mejor los colores, de darles una textura casi vibrátil, una luminosidad sobrenatural: los diferentes matices cromáticos “cantan”, se conviertan en música. Por momentos tenemos la impresión de estar en presencia del gran arte del vitral, esas espléndidas imágenes luminosas de las catedrales góticas franco-normandas.

La obra es un monumental ejercicio de piedad, misericordia y solidaridad: no constituye un himno al dolor, sino, antes bien, un triunfo sobre él. Florencia desnuda la fragilidad, la esencial vulnerabilidad humana del dios-hombre. Pero en su concepción más pesa el ser humano que el dios. Por ahí entrevemos el susurro de Rafael, de Miguel Ángel, de los grandes escultores del Renacimiento: a fe mía, buenos maestros para seguir su traza. Así que en esta concepción ecléctica y poco convencional, la academia y el clasicismo coexisten armoniosamente con la audacia y la innovación.

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