
Los mejores libros son siempre una iluminación. Un instante de levedad (Ediciones Perro Azul, 2026), el más reciente poemario de la escritora Mía Gallegos (San José, 1953), pertenece a esta categoría. La imagen central del volumen (“Ahí la puerta, la primera, / jaspe y tinta oscura”) supone un umbral y, por ende, la decisión incierta de cruzarlo.
Mía Gallegos lleva más de cinco décadas trabajando una poesía vigorosa de largo alcance simbólico, ganadora del Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en dos ocasiones, integrante de la Academia Costarricense de la Lengua, traducida al inglés, al francés, al italiano y al portugués. Quien la conoce, conoce también esta metáfora de la puerta. Desde golpe de albas (1977) hasta Para alcanzar la espuma (2019), pasando por El claustro elegido (1989), su poesía ha trabajado el motivo del paso, del tránsito entre la sombra y la luz. El ejemplo más evidente lo encontramos desde el título de El umbral de las horas (2006).
Un instante de levedad recupera ese hilo y es a la vez una vuelta de tuerca: la voz que mira las puertas lo hace ahora desde una hora avanzada de la vida, con la calma que da el tiempo y con una sabiduría más dura que consoladora. El epígrafe de Gabriela Mistral (“Voy a cruzar sin gemido / la última vez por ellas / y a alejarme tan gloriosa / como la esclava liberta”) marca el tono del poemario.
El libro se organiza en tres partes: “Las voces primeras”, “Embriaguez temprana” y “Lo que pesa”. Cada una se abre con una puerta distinta. La puerta materna: “Mi madre era esta primera puerta / y un día emergí / sin demasiadas esperanzas”. Después, aparece la puerta paterna, la de la llanura, donde “no hay puerta alguna / y el aire es transparente”. Al final, la puerta estrecha del Evangelio: “Hoy vislumbro la puerta estrecha. / Me dice que camine hacia ella”. He ahí la columna vertebral de un libro que resulta a la vez itinerario y genealogía.
La primera sección es la más intensa y la más lograda. En esta, Gallegos rehace, en una sucesión de retratos breves, una genealogía femenina que es también una poética. Están las cuatro tías abuelas, panaderas en el Paso de la Vaca, “de nariz prominente / y de alta estatura”; está la abuela Hilda, parecida a Bette Davis, a quien la voz reconoce en la pantalla de un cine (“Algo en el cielo estalla, / deshago el destino”); está Carmen Pérez Lalinde, la tatarabuela colombiana de la que la poeta no conserva “ni una fotografía”, pero sí una sentencia que vale el poema entero, un eco del pionero de la revolución francesa: “Al mejor de los hombres / hay que ahorcarlo con sus propias tripas”.
Y, en el centro, la madre, una madre rota, que “deambulaba, / se perdía entre su cuarto / y no salía de las cuatro paredes”, a quien la voz, ya tarde, deberá perdonar: “No supiste hacer, / no supiste vivir / nos hiciste crujir adentro de los huesos”.
En este punto el libro se separa de cierto lirismo nostálgico que a veces lastra la poesía costarricense. Gallegos nos muestra con apego el jardín perdido, pero no idealiza la infancia. La nombra, con la dureza necesaria, como una “niñez de náufragos”, como una casa donde “Un polvo nos bañó el rostro”. Y sin embargo, más que rencor, hay lucidez, y una compasión a la que se ha llegado con esfuerzo. El verso “Sé que nací para ser contemplativa / mas la vida me arrastró por inhóspitas verdades / donde corrió la sangre” condensa esa tensión, que es la del libro entero.
La segunda sección, “Embriaguez temprana»”, desplaza el foco hacia la formación intelectual y poética. Aparecen los grandes interlocutores: Anna Ajmátova, leída por azar en un ejemplar de Samizdat; Vladimir Holan, “ángel negro” del silencio centroeuropeo; Clara Janés, su traductora; Clarice Lispector, con quien se topa de frente; Chantal Maillard, quien “hurga en el I Ching”; María Zambrano y su poética. Más allá de un repertorio culto, que sirve como armadura, Gallegos muestra el tejido de su voz. El resultado es un mapa íntimo de la poesía como hermandad transhistórica entre mujeres que aprendieron, cada una a su manera, a habitar el silencio. La línea más memorable de esta sección es, entre tantas citas ajenas memorables, una propia: “No solo nací, / me hice a golpes, / a mazazos, / como esculpir”. Estos cuatro versos conforman su poética.
Es fundamental también detenerse en lo que el silencio implica, un silencio que es una práctica activa, una toma de posición. Cuando la voz dice “Yo no rezo porque escribo poemas / y los recuerdo”, o cuando insiste en que “el silencio es una posesión magnífica. / No la poseen los reyes, / los poderosos”, articula algo más complejo que una preferencia estilística. Es su forma de reclamar para la poesía un lugar que la cultura del ruido ha querido cerrarle. Esa reivindicación, dicho sea de paso, conecta a Gallegos con sus interlocutoras de Europa del Este sin necesidad de subrayados, y emparenta este libro, como sugerí en la contracubierta de Para alcanzar la espuma, con la genealogía feminista del siglo XX. Hay un poema breve, “El silencio de la esfinge”, que nos revela tal apuesta: “Las palabras no se dicen, / se piensan. / Decir es romper / con un pacto sagrado / que irrumpe y devasta”. La poética que se enuncia ahí es muy propia de Gallegos, pero quizá formulada ahora con absoluta nitidez.
La tercera parte, “Lo que pesa”, es la más desigual del conjunto. Gallegos amplía el campo y se asoma a las grandes inquietudes del presente: la guerra en Ucrania, los movimientos migratorios, el deterioro ecológico, la sombra de Walker que vuelve desde el pasado. Algunos de estos poemas funcionan: “El viento de la llanura”, anclado en Hacienda Santa Rosa, encuentra una voz que le pertenece, una textura sonora propia; “Habito el silencio”, con su evocación chorotega de Bahía Salinas y los árboles antiguos, también.
Otros ceden a un registro más declarativo, donde la indignación, que es válida, no termina de hallar las imágenes que la sostengan. No es un defecto fatal. Sabemos que la poesía social rara vez sale ilesa, pero conviene señalarlo. El libro respira mejor en el formato íntimo que cuando intenta abrazar el mundo. Quizá esa sea, también, una de sus lecciones.
Hay un poema, hacia el final, que reconcilia ambos registros: “Llega el día de rendirse”. Aquí, la rendición es, antes que una derrota, una apertura, una nueva puerta: “Aprender a rendirse / no por miedo, / no, / porque es el paso / que lleva a la presencia”. Casi de inmediato, la voz se reconoce vieja en el regreso de Ulises a Ítaca: “Llegaremos de noche, / después de atravesar la más sombría / y lóbrega pesantez. // Seremos viejos ambos. // Muy viejos, / dos desconocidos que entran / a la ciudad del mito”. El cierre es crepuscular, tenue, casi doméstico. El héroe y la heroína entran al mito sin ser reconocidos. Esa última imagen (el regreso al margen), condensa lo que el libro ha propuesto desde el primer verso: el regreso a la escritura es siempre un regreso al origen, pero el origen nunca permanece intacto.
Un instante de levedad se inscribe sin esfuerzo en la trayectoria de una de las voces más sostenidas de la poesía costarricense. Hay en este libro continuidades evidentes ya señaladas (la puerta, el silencio, la genealogía femenina) y una serenidad renovada: la del balance que no renuncia a la herida.
Quien llegue por primera vez a la voz de Mía Gallegos tendrá este libro como umbral, tanto literalmente como en sentido que la propia Gallegos (desde Mistral, Sor Juana o sus tías panaderas del Paso de la Vaca) se encargó hace tiempo de enseñarnos a entender.
Pocas veces un libro que desarrolla ese balance vital se sostiene tanto sin caer en la nostalgia. Este libro lo logra, y lo hace en una tradición costarricense que necesita más lecturas de esta naturaleza, lectoras y lectores que no confundan la mirada contemplativa con la rendición o la mera descripción, y que sepan, como Mía, que también las puertas que no se atraviesan dicen algo. La última, la del Evangelio, queda apenas vislumbrada. El libro termina sin cruzarla. Acaso esa demora sea su gesto más lúcido.
El libro se presenta en el Centro Cultural de España este 22 de mayo a las 7 p. m.