
Nada me destinaba a ser actriz. Nací en un país “mini”, en una época en que no había nada y en un núcleo familiar roto en donde la prioridad era resolver lo económico. En mi familia materna, los Li, ser artista no era necesariamente lo más valorado: el éxito se medía, como en muchas familias, por la cantidad de dinero que uno genera sin importar si estás feliz o no.
Así que cuando decidí dejar mi trabajo de profesora de Letras Francesas y su correspondiente salario estable, vender todas mis pertenencias y quedarme con 3 maletas para irme a París a estudiar actuación, solo conté con las porras de mi sicóloga quien había sido mi paño de lágrimas en un largo proceso de transformación personal, que de no haberse dado, hubiera significado para mí una condena ineluctable al infierno de la frustración y de la infelicidad eternas.
Poco imaginaba -cuando iba temblorosa en el avión- que lo que el Universo tenía preparado para mí años después era nada más y nada menos que el mayor reconocimiento del Estado costarricense, el Premio Nacional de Teatro (y 7 galardones más en Latinoamérica). Pero no nos adelantemos, veamos qué pasó con esta ilusa mujer (yo) de ideas locas y estrellas en los ojos.
Ví “La Danza de la Ira” (“Les Chatouilles ou la Danse de la Colère”) en el 2015 en París. Fue una revelación. Ver a Andréa Bescond interpretar su propia vida y lograr adentrarnos en la maravillosa historia de Odette, fue una verdadera bofetada que me obligó a ir al bar de en frente a tomarme un whisky a ver si acaso.

Entre ese día y el estreno pasaron 7 años. Ya había hecho la adaptación pero no tenía plata ni personas que se apuntaran. Cuando la Fundación Ser y Crecer me dio su apoyo para hacer el montaje, armé un equipo de trabajo (a quienes agradeceré siempre) e iniciamos ensayos. Fue inmensamente bello y extenuante.
Podría contarles muchas cosas sobre el proceso. Podría contarles que perdí dos tallas de pantalón. Que 2 horas de espectáculo sin salir de escena, bailando todo tipo de danzas (contemporáneo, jazz, ballet, krump ¡y hasta twerking!), interpretando a 15 personajes, sola, en un espacio completamente vacío, se las “trae”. Podría contarles que me inspiré de animales y de ciertas personas de mi entorno para crear personajes.
Contarles además que me costó lograr el ritmo de comedia; que fue durísimo hacer la escena del conejo al tener que bailar mientras decía el texto; que para bailar la coreografía de krump tomé un año de clases; que mi coreógrafa se arrancaba las mechas porque yo siempre me perdía en el ritmo; que para investigar al personaje de Manu, el dealer fui a la Zona Roja; que me costó un mundo aprender a enrolar un puro; y que odié interpretar a Gilberto, el violador, sin que pareciera el diablo encarnado y presentarlo más bien como un hombre encantador (así actúan los pedófilos).
Pero lo que realmente vale la pena de ser contado, es el maravilloso recibimiento que la obra ha tenido por parte de decenas de sobrevivientes de ASI que hacen fila al final para agradecerme llorando con la esperanza de que mi espectáculo permita cambiar la mirada que la sociedad deposita en ellos.
Los lectores de Áncora que pueden ver la obra próximamente en:
- Domingo 1.° de marzo en el Teatro de Bolsillo, San Pedro, a las 6 p. m. Reservaciones al teléfono 87146784.
- Miércoles 15 y jueves 16 de abril en el Teatro de Marcia y María (Gallito Pinto), avenida 8. En el OFF del Festival Iberoamérica Teatral.
