
Existen países cuya literatura carga, más allá de lo habitual, con el peso de su historia. Cuba es uno de ellos, las tribulaciones sociales de la isla acompañan y afectan la lectura de ficciones como Morir en la arena (Tusquets, 2025), la más reciente novela de Leonardo Padura, en la cual, la vida de sus personajes se narra entrelazada con algunos de los acontecimientos más decisivos de la Revolución de 1959: la conversión al socialismo, la zafra de 1968, la intervención política de la cultura, la guerra de Angola, el éxodo del Mariel, el asfixiante “período especial” que sobrevino tras la caída de la URSS, la pandemia, la miseria actual y el reguetón que se escucha en todas las esquinas de La Habana.
Casi todos los personajes de esta novela son viejos, gente común y corriente nacida en los años cincuenta; ellos crecieron, se desarrollaron, se jubilaron y se aproximan a morir dentro de una revolución en la cual desde hace mucho tiempo han dejado de creer. Es la misma generación de Padura y de Mario Conde, su personaje estrella, el detective de buen corazón que protagoniza sus novelas policíacas y que estudió en el preuniversitario de la Víbora, como Nora y Rodolfo, los personajes principales de Morir en la arena.
Rodolfo tiene un hermano, Geni, que lo envidia por ser el preferido de sus abuelos, quienes lo dejaron en manos de un padre violento y de una madre sumisa que le desgraciaron la vida. La novela cuenta entonces la historia de estos hermanos discordes, sus personalidades dispares, sus accidentadas relaciones de pareja, sus hijas, sus amigos, sus desventuras y la tragedia que los acompaña, porque la tarde del 22 de marzo de 1992 Geni Bermúdez asesinó a su padre dándole ocho martillazos en la cabeza. Este parricidio estructura todos los hilos narrativos de la novela y es el delito por el cual Geni fue condenado a treinta años de cárcel.

Nora era la novia de adolescencia de Rodolfo hasta que un distanciamiento forzoso dejó al muchacho solo y listo para caer en una trampa sexual que lo llevó a ser padre de una niña y marido, por poco tiempo, de una mujer casquivana a la que nunca quiso.
Por su parte, Nora, al descubrir lo que había sido de su novio, se entristeció muchísimo y ya con el orgullo herido decidió vengarse de él convirtiéndose en la mujer de su hermano Geni, para ese entonces rebelde, motociclista y siempre violento. Cuando se abrió el Mariel ellos dos pensaron dejar Cuba por ese puerto disidente.
Geni desde joven desconfió de la Revolución. Rodolfo no, él, como muchos otros de su generación, creía en la utopía socialista, repetía y defendía la ideología que la ha acompañado, “las anteojeras”, le llama en algún momento. Con los años se hizo contador y ya sin esposa, solo, crio a su hija Aitana.
Sin embargo, por más amores fugaces y pragmáticos que tuvo durante casi treinta años, nunca olvidó a Nora, su novia adolescente, la mujer de su hermano, que, como si fuera poco, vivía en la casa gemela de la suya, separados solo por un muro que atravesaba el jardín, un muro que se volvió infranqueable tras el encarcelamiento de Geni, como si su fantasma parricida lo vigilara de día y de noche con disciplina miliciana. Lo mismo le ocurrió a Nora, quien, al otro lado del muro, sobrellevaba la tragedia con alcohol, algunos amantes esporádicos y la responsabilidad de cuidar a su hija Violeta.

Morir en la arena es también el libro de Raymundo Fumero, un amigo de siempre de los hermanos Bermúdez que a su vez es un escritor habanero formado en el realismo socialista y quien ha decidido liberarse de miedos y contar, desafiando a la censura, la vida real de las personas en Cuba. Fumero, leal a su formación, escribe una novela de denuncia, pero en sentido inverso a los ideales oficiales del socialismo cubano, porque lo que expone en su degradación y miseria es La Habana contemporánea, los últimos años de una revolución que sobrevive cada vez con más dificultad en un mundo cuya corriente principal le es muy adversa. ¡Esto se parece a Haití! Dice Nora con frecuencia.
Entonces, la tragedia parricida de Geni y el amor frustrado, prohibido y tal vez posible entre Rodolfo y Nora, funcionan como motivos literarios que también le permiten a Fumero, y a Padura, escribir sobre la isla, sobre sus nuevos ricos, sobre el control social, sobre el miedo, sobre la vigilancia vecinal, sobre los traumas de guerra, sobre el hambre, los apagones, los exiguos salarios que se pagan, sobre el alcohol que sirve para anestesiar la mente y sobre la necesidad constante de “resolver”, esa palabra mágica que usan los cubanos para referirse a las mil peripecias cotidianas por las que tienen que pasar para sobrevivir con algo de dignidad en un sistema económico complejísimo y, a estas alturas, inverosímil.
Los jubilados sienten en el cuerpo su fracaso y las nuevas generaciones aspiran a irse del país. Aitana, la hija de Rodolfo, vive en España y Violeta, la hija que Nora tuvo con Geni, hizo familia en Norteamérica. En esta novela, los nuevos ricos están representados por artistas que son exitosos en el exterior, también por adivinos de tradición africana o por personas con altas conexiones políticas y corruptas. Todos comen bien, a ellos no les faltan invitaciones a fiestas ni a restaurantes, conducen autos de lujo y los asiste, frente a los rigores climáticos del Caribe, el favor de los aires acondicionados.
Raymundo Fumero usa la vida de sus amigos y la suya propia como materia prima de esta historia melodramática, realista y, en algunos momentos, conmovedora; que está condimentada con muy buen humor, con sensibilidad, calidez afectiva y con el uso de divertidas expresiones cubanas que vuelven llevaderas experiencias que son durísimas, como salir de prisión tras treinta años de encierro o un amor culpable y postergado.

Así, el narrador principal de esta novela toma el parricidio de Geni como eje central del relato y valiéndose de la ignorancia que padecemos frente a los oscuros motivos que llevaron a ese hombre explosivo a martillar la cabeza de su padre, nos presenta las historias de vida de cada uno de los personajes que van apareciendo en escena y, además, les da voz, de tal manera que los acontecimientos de la narración se van construyendo desde diversas perspectivas que son administradas, dosificadas y completadas por Fumero, el autor testigo e investigador del que se vale Leonardo Padura para escribir una buena novela y sumarla a su extraordinaria saga habanera.
Morir en la arena es entonces la crónica de un fracaso, el fracaso de una generación que creyó en la Revolución, que le entregó su vida, una generación que también dejó de creer y que ha sufrido en carne propia los rigores de la condición cubana. Personas que padecen los efectos de las decisiones políticas que se toman dentro y fuera de la isla en una tensión que ya casi cumple setenta años. Eso es lo que hace Padura, en el lenguaje de las novelas, nos cuenta la vida íntima de su generación en medio de la convulsa sociedad en la que les tocó en suerte vivir.