Por: Doriam Díaz.   24 febrero
Un retrato del 2014 de Jorge Volpi. El escritor mexicano ha experimentado en la mayor cantidad de géneros que ha posido ya que prefiere probar siempre con diferentes caminos. Foto: GDA/El Comercio/Perú.
Un retrato del 2014 de Jorge Volpi. El escritor mexicano ha experimentado en la mayor cantidad de géneros que ha posido ya que prefiere probar siempre con diferentes caminos. Foto: GDA/El Comercio/Perú.

En América Latina es común que la realidad supere a la ficción… y con creces. Seguidos por una transmisión en vivo de Televisa y TV Azteca, la Policía detuvo, en diciembre del 2005, a la francesa Florence Cassez y al mexicano Israel Vallarta en las afueras de Ciudad de México y los acusa de secuestro e integración en banda criminal.

Los televidentes siguieron en directo un montaje, ya que el rescate de los secuestrados y la detención de los supuestos culpables se hizo un día antes. De esta forma, empieza el llamado caso Cassez-Vallarta que expuso los vicios del sistema judicial de ese país y tensó las relaciones diplomáticas entre Francia y México.

Y así, con una ficción, nace el texto sin ficción –no ficción– con el que el escritor mexicano Jorge Volpi ganó el Premio Alfaguara de Novela del 2018, después de una investigación de tres años, sumergirse en más de 10.000 folios judiciales y escuchar muchos testimonios.

Una novela criminal es la imposible búsqueda de la verdad en un caso lleno de contradicciones y sombras. También es la exploración en este género híbrido de Volpi, uno de los narradores sobresalientes en la región.

En medio de la agitada vida del coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y autor de En busca de Klingsor (1999), La tejedora de sombras (2012) y Las elegidas (2015), él conversó con Áncora, vía telefónica, acerca del singular y complejo caso, de su proceso de creación, de la desconfianza en México y de la verdad.

-La verdad es bastante escurridiza y tiene la posibilidad de muchas versiones y perversiones. ¿Cuál verdad trata de rastrear en más 10.000 folios de la causa judicial del caso de Florence Cassez e Israel Vallarta, testimonios, todo tipo de documentos y tantas contradicciones?

–Es un caso muy complicado, muy enrevesado, y hay muchas versiones distintas sobre lo que ocurrió ese día. Y, por supuesto, la intención del libro es tratar de reconstruir la historia lo mejor posible. La parte en la que el narrador interviene (yo mismo) es para acomodar los materiales y para tratar de presentar las versiones de los testigos que me parecen más verosímiles o confiables.

–En la misma escogencia de esas voces hay subjetividad y una decisión…

–Por supuesto, allí es donde está la mirada del novelista. En esa reconstrucción que elige unos materiales y deja fuera otros.

-Vi la clase inicial de un curso en que exploraba los límites entre no ficción y literatura y les comentaba a sus estudiantes de la construcción de esta novela basada en este caso real. ¿Por qué se empeñó en buscar esta verdad?

–Es una novela que también fluye por los límites de la verdad, es sobre la posibilidad de acceder a la verdad o no y sobre la construcción de verdades distintas, incluida la propia verdad judicial. Es uno de los temas centrales en el fondo del libro y de este tipo de acercamientos literarios a hechos criminales.

–¿Cuál fue la génesis de este libro? ¿Partió de una noticia, una imagen…?

–Seguí el caso casi desde el inicio, aunque no vivía en México cuando ocurrió. Me llamó mucha la atención. Luego, lo seguí cuando se revela por primera vez el montaje, que fue muy escandaloso. Ya en México me tocó vivir más de cerca el enfrentamiento entre los presidentes Nicolas Sarkozy y Felipe Calderón; me seguía llamando la atención.

"Por fin, la lectura del libro de la periodista belga Emmanuelle Steels, que es el libro de investigación periodística más relevante del caso, me hizo ver que allí había una historia que tenía que contarse completa. Así comenzó la investigación del caso".

La ciudadana francesa Florence Cassez con su pareja sentimental, Israel Vallarta, y sus padres Bernard y Charlotte en el rancho Las Chinitas. Foto: Agencia El Universal/México/GDA.
La ciudadana francesa Florence Cassez con su pareja sentimental, Israel Vallarta, y sus padres Bernard y Charlotte en el rancho Las Chinitas. Foto: Agencia El Universal/México/GDA.

–¿En qué se emparenta o diferencia con la crónica? ¿De qué le sirve el periodismo?

–Es un género extraño, híbrido entre la crónica periodística y la literatura, difícil saber cuáles son los límites entre una y otra. Sin embargo, me pareció un género sumamente atractivo; yo nunca lo había ensayado y tenía el desafío de tratar de entenderlo.

–¿Por qué quiso alejarse adrede de la ficción?

–Simplemente había estado leyendo muchas novelas sin ficción; me llamaba mucho la atención el género. A mí, normalmente, me gusta no repetirme, buscar nuevos desafíos. Finalmente llevaba varios años tratando de hacer libros que rompen los géneros, novelas que tenían mucho de ensayo, luego una serie de novelas cortas que estaban cerca de la poesía. Me pareció que este género era un paso distinto entre el periodismo y la literatura.

–¿Qué hilos podemos encontrar entre Una novela criminal y otros textos sin ficción como A sangre fría, de Truman Capote, La canción del verdugo, de Norman Mailer, y otros grandes libros del género?

–Justamente, esos libros son acerca de historias tan complejas que se usan recursos de la literatura, la mirada del novelista que está acostumbrado a la ficción para narrar hechos que, más que decir que tratan sobre hechos reales, están basadas (las novelas) en los testimonios reales de personas reales.

–¿Hay un homenaje al género y sus grandes libros?

–Intenta ser un homenaje a Capote, a Mailer; a Rodolfo Walsh, que comienza el género en América Latina; a Vicente Leñero, que lo practica en México, hasta llegar a ejemplos muy recientes Javier Cercas, Emmanuel Carrère y muchos otros escritores del género.

–¿Su estudio profundo del género fue paralelo a la novela?

Sí, fue paralelo. Me empezó a interesar justo porque pensaba practicarlo.

–¿Qué papel tiene el lector? ¿Lo sigue en la investigación y le corresponde el papel de juez?

–En ciertos momentos está la mirada subjetiva del narrador para revelar puntos oscuros del caso, pero también, al final, la idea sobre la culpabilidad o la inocencia de los personajes principales queda en manos del lector.

”Tiene un papel diferente. En Capote, Mailer o Carrère , ellos sabían que sus personajes era culpables, pero aquí es distinto”.

–En este caso está la incertidumbre de no saber cuál es la versión correcta…

–Exacto, exacto.

–¿Es este texto hijo no solo de la desesperanza, sino de la desconfianza en el sistema judicial mexicano?

–Sí, por supuesto. A diferencia también de Carrère , Mailer o Capote, quienes confiaban por completo en el sistema de justicia que estaba poniendo en marcha los juicios contra cada uno de los personajes, aquí (México) es lo contrario. Esa es una de las partes que lo hacen un libro distinto y también, en un sentido, un libro más difícil, porque yo no podía, nadie podía, confiar ni en el expediente ni en las declaraciones hechas por la Policía.

–Si no se puede confiar en el expediente ni en las investigaciones hechas por la Policía ni tampoco en las declaraciones, ¿en qué se podía confiar?

–Pues ese es el gran punto de este libro. Uno no puede confiar del todo en nada; por eso, el acceso de la verdad se vuelve tan difícil y las versiones son tan contradictorias.

–Este tema de la desconfianza termina siendo una gran metáfora de México…

–Pues sí, es esa desconfianza que tenemos en general hacia las instituciones, hacia los políticos y, desde luego, hacia la Policía y el sistema de justicia.

–Le dijo al diario Clarín, de Argentina, que una de las tentaciones que tuve que vencer fue la empatía con los personajes ¿Cómo tuvo que afrontar esta situación? ¿Cómo alejarse cuando se está tan cerca?

–Eso es siempre complejo. En el caso de Israel, y su familia, es con quien más contacto tuve a fin de cuentas y lo sigo teniendo. Hay cierta empatía y cierta convicción de que, independientemente de la inocencia o culpabilidad, Israel y su familia son víctimas de este caso, son víctimas porque fueron violados, sistemáticamente, todos sus derechos y su libre derecho a tener el debido proceso; por lo tanto, considero que debería estar libre. Por un lado, saber esto, pero, por otro, tratar de que la empatía no llegue a obnubilar o a pensar que eso significa que yo tengo una certeza sobre lo que realmente ocurrió.

–Entonces, ¿cómo hizo para alejarse?

–Eso es siempre complejo y uno nunca sabe si lo hace del todo. Supongo que serán los lectores quienes lo juzguen.

Jorge Volpi, además de profesor y escritor, es el coordinador de Difusión Cultural de la UNAM Foto: GDA/Agencia El Universal/Berenice Fregoso.
Jorge Volpi, además de profesor y escritor, es el coordinador de Difusión Cultural de la UNAM Foto: GDA/Agencia El Universal/Berenice Fregoso.

–El crítico literario Julio Ortega escribió que “Si hay un escritor que ha hecho todos los caminos contrarios al “boom” de la novela latinoamericana” ese es usted. Y ha sido un ejercicio consciente y consistente de romper las fronteras de los géneros porque sus motivaciones y caminos son otros. Hablemos acerca de la escogencia de estos caminos...

–Ojalá y pudiera sentirme heredero del boom; ellos son mis maestros, pero, por otro lado, ese mismo ejemplo de ellos tratando de romper con los moldes y el nacionalismo de su época, con el conservadurismo literario de su época, pues esa es precisamente la idea que a mí me interesaba explorar en ellos para tratar de romper ciertos límites con lo que escribo.

–¿De dónde viene la necesidad de ampliar esas fronteras?

–Imagino que es algo personal para no acomodarme a lo que es sencillo. Hay cierto tipo de escritor que encuentra su estilo y lo lleva hasta sus últimas consecuencias en su carreras, como es el caso de Gabriel García Márquez o del mismo Ignacio Padilla; luego, hay otro tipo de escritores, más cercanos a Carlos Fuentes, que intentan explorar caminos nuevos en cada ocasión.

-Ortega también asegura que cada libro propone a la ficción y ahora a la sin ficción como método de conocimiento... ¿Por qué la ciencia es tan importante en su escritura, como materia y como método?

–Yo quise ser científico siempre; como no pude ser científico y soy escritor, al menos intento utilizar muchas de las herramientas de la ciencia, de las historias de la ciencia, en lo que escribo.

–Ciertamente es paradójico porque mucho se ha hablado de las mentiras verdaderas de la ficción, pero ahora buscamos a la verdad por medio de la escritura...

–Las paradojas son permanentes entre la ficción y los seres humanos. Este es un caso muy enigmático. Escribí una novela sin ficción, pero que tenía una ficción, una ficción tramada por la Policía para presentar ante la televisión algo que es completamente falso. Es una historia de no ficción que comienza a partir de la ficción.

–Esto también tiene que ver con lo que decía de que “el lenguaje se convierte en un instrumento no para decir las cosas, sino para ocultarlas”. Sin embargo, el lenguaje siempre ha caminado por ese límite entre el decir y el no decir.

–Por supuesto. El problema es cuando esto está en el lenguaje judicial, no cuando está en una novela. Cuando el expediente intenta ocultar en vez de revelar.

–Sin duda, la muerte de Ignacio Padilla fue un golpe inesperado. ¿Qué ha pasado con la llamada generación del Crack tras su deceso?

–En algún momento yo decía que, simbólicamente, es como que si el Crack hubiese concluido con la muerte de Nacho. Sin embargo, los integrantes de ese grupo seguimos siendo amigos, seguimos activos… Gracias a los comentarios de Pedro Palomo y Eloy Urroz, esta novela se convirtió en la que es ahora; la versión que les llevé es muy distinta a la que recibieron en el premio. Tuve muchas críticas de parte de ellos y fueron claves para la reescritura del libro.

–Viene un año sabático de la escritura porque usted tiene otros montón de trabajos. ¿De qué le va a servir este tiempo?

–Me lo he planteado desde antes de saber del premio, quiero aprender a desescribir o escribir de otra manera.

Algunas claves del caso Cassez-Vallarta
Florence Cassez en una prisión en Ciudad de México en enero del 2008. Foto: AFP/Ronaldo Schemidt
Florence Cassez en una prisión en Ciudad de México en enero del 2008. Foto: AFP/Ronaldo Schemidt
  • El 8 de diciembre del 2005, la Agencia Federal de Investigaciones (AFI), encabezada por Genaro García Luna, detiene a Florence Cassez e Israel Vallarta, supuestos líderes de la banda de secuestradores Los Zodiacos. A la mañana del día después, Televisa y TV Azteca transmiten "en directo" el rescate de tres presuntos secuestrados y la detención de Cassez y Vallarta. 
  • En el 2006, Cassez denunció que la aprehensión del 9 de diciembre fue una farsa y García Luna termina por reconocer que se hizo un montaje para los medios.
  • La francesa fue condenada a 60 años de prisión por secuestro, delincuencia organizada y posesión de armas. Sin embargo, Francia reclama a México primero su liberación y luego su extradición ante las violaciones del "debido proceso" y "presunción de inocencia" de los detenido. Se da una crisis diplomática.  
  • En enero 2013, la Suprema Corte de Justicia de la Nación en México libera a  Cassez, quien regresa a Francia. Parte de la sociedad mexicana protesta por la liberación de "la delincuente". 
  • A pesar de las violaciones del "debido proceso" en este caso y todas las irregularidades dadas a conocer, Israel Vallarta sigue encarcelado y su situación no ha cambiado: sigue sin sentencia judicial. La periodista belga Emmanuelle Steels publicó un revelador reportaje en el libro El teatro del engaño sobre la situación de Vallarta 
  • A mediados del 2017, se da a conocer que el Gobierno federal tendría que indemnizar a Florence Cassez por unos $6 millones. 

Fuentes: Diarios El País, de España, El Clarín, de Argentina, y El Universal, de México.