Áncora

Guido Sáenz, el gran actor teatral

El paso triunfal del recordado referente cultural por los escenarios marcó una época irrepetible. Repase aquí sus grandes actuaciones y lo que la crítica dijo de él

El pasado 14 de diciembre fallecía una de las personalidades más singulares del país: Guido Sáenz González. Diversos comentarios se divulgaron por los medios de prensa y redes sociales exaltando su indiscutible legado en diversos campos del quehacer humano.

Evoquemos, sucintamente por razones de espacio, su paso triunfal por los escenarios. Debutó el 5 de junio de 1956 en La ventanilla y El mueble, dos de las tres obras cortas de J. Tardieu que se estrenaron ese día, bajo la batuta de Jean Moulaert, en el Teatro Arlequín. En la primera hacía el papel del Cliente y en la segunda, el del Comprador. Los cronistas de la época coincidieron en que estaban frente a una revelación: la de alguien que tenía “el don inefable de la expresividad, con o sin palabras”.

En La versión de Browning, de T. Rattigan, dirigida por Moulaert ese mismo año, encarnó a Andrew Crocker-Harris, al que supo imprimirle “toda la refinada amargura y la quejumbrosa soberbia intelectual con que fue ideado”. A este trabajo siguió, en 1957, el de Angelo, personaje masculino de la polémica pieza Delito en la Isla de las Cabras, de U. Betti, en la cual Sáenz demostró “sus extraordinarias capacidades dramáticas, su comprensión y fina sensibilidad”. En Mis tres ángeles, de A. Husson, alternó con José Trejos el papel de Josef y, en Lecho nupcial, de Hartog, hizo el de Miguel. En esa ocasión Sáenz, “con una fibra que le desconocíamos en la comedia, desbordándose continuamente, proyectando su sensibilidad hacia un público que la captó y asimiló por completo”, volvió a convencer.

En 1958, el Arlequín presentó un programa de tres obras cortas de Chéjov: El oso, El canto del cisne y El pedido de mano, dirigido por L. Garrido. Sáenz no podía faltar a la cita, pues amaba al dramaturgo y escritor ruso. (¡Había que escucharlo leer/actuar, por ejemplo, La sala número 6!). Trabajó en las dos últimas piezas, en los papeles de Chubucov y de Svetlovidov, respectivamente. En ambos salió con muy buena nota, aunque fue en El canto del cisne donde logró “un nítido triunfo de actuación”.

En 1961, Sáenz volvió sobre sus fueros en A media luz los tres, de Mihura, dirigida por José Trejos. Esta vez, con una actuación depurada, le imprimió a su personaje de Alfredo “fuerza y plasticidad”. En Endemoniada, de Schoenherr, dirigida por Garrido, hizo el papel del Marido. En esta ocasión se dijo que Sáenz se adueñaba de la escena y que su actuación era intensa: con profunda emotividad en cada gesto, formidable proyección de sentimientos, presencia total en escena y silencios vitales; además de que no había en él reiteraciones ni clisés. Ese año el Teatro Universitario, dirigido por el maestro francés Jean Moureau, montó Antígona, de Sófocles. Sáenz hizo el papel del Mensajero y consiguió un trabajo puro de dignidad y mesura.

En 1962 hizo dos papeles importantes: el “Poeta”, en El gato murió de histeria, de M. J. Arce, y Don Perlimplín, en Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín, de García Lorca, ambas dirigidas por Garrido. La primera, era un buen aperitivo para la segunda, una filigrana de poesía teatral: …Decid a todos que ha sido/el ruiseñor./Bisturí de cuatro filos/garganta rota y olvido… (Lorca). Sáenz logró “una interpretación ajustada, precisa y exacta que, en ocasiones, como en los momentos declamatorios de versos lorquianos, alcanza auténtica brillantez”.

Al año siguiente Sáenz, dirigido por D. Gallegos, fue Schipuchín, el banquero de El aniversario, de Chéjov, y el Coronel Pickering, de Pigmalión, de Shaw. “Sabia y contundente su participación, y su figura, todo el tiempo activa, va modelando, de un modo sutil el ambiente, el ritmo y el desenvolvimiento completo de la pieza”, se opinó de su trabajo.

En 1964 actuó en cuatro ocasiones: en Tartufo, de Molière, dirigido por Garrido; Sáenz le dedicó a Orgón “lo mejor de sus recursos”, y recreó a un personaje que secretamente debió ser su favorito. También en The Beautiful People, de Saroyan, presentada en inglés por The Little Theatre Group y dirigido por D. Gallegos, destacó “por su ilimitado talento y sensibilidad.

Su gran sentido de adaptación lo hace crear un Mr. Prim que ‘roba escena’ desde que aparece”. Como el periodista Alberto Osorio, de Ese algo de Dávalos, escrita y dirigida por D. Gallegos, tuvo un desempeño brillante. Un comentarista dijo: “si alguna vez se diera un premio de mejor actor nacional… daríamos nuestro absoluto apoyo para que fuera otorgado a Guido Sáenz”. Y por último, en Un trágico a pesar suyo, de Chéjov, dirigido por J. De Abate, el personaje de Iván era, por demás, “su caballo de batalla en espacios pequeños”, pero igual lució en el Teatro Nacional.

El año teatral de 1965 lo inauguró el Arlequín con una comedia deliciosa: El baile, de E. Neville, que dirigieron él y José Trejos (y ambos actuaban también). Sáenz, en su papel de Pedro, nos conmovía hasta las lágrimas. Construyó su personaje con mimo y suavidad, llevándolo de la juventud a la vejez, con total dominio, hasta redondearlo con toda delicadeza. Al año siguiente regresó con la reposición de A media luz los tres.

En La colina, de D. Gallegos, dirigida por C. Catania en 1968 -precedida, por cierto, de una polémica de alto voltaje-, Sáenz hizo un personaje clave: el ateo Tomás. En esta ocasión consiguió “uno de los mejores trabajos de su ya larga carrera”.

Y para cerrar con honores su periplo, en ese mismo año, caracterizó a Alfredo Ill en La visita de la vieja dama, de F. Dürrenmatt. Según este, el viejo amante de Claire es un tendero sórdido, que cae víctima de la millonaria desde el primer momento sin sospecharlo, pero cuya muerte lo engrandece. Montaje del Teatro Universitario, dirigido por D. Gallegos, que inauguró el Primer Festival de Teatro y Danza Centroamericano-CSUCA. Según Guido Fernández: “En Guido Sáenz hay una cumbre de interpretación, porque describe su personaje, Alfredo Ill, con todos los matices por los que trasiega la víctima”.

En contra de lo esperado, Sáenz decidió poner cerrojo a su descollante carrera: “Hasta aquí, este es mi último telón, no más teatro”, se dijo. Y franqueó el proscenio de la historia como los irremplazables.

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