Doriam Díaz. 24 noviembre
En un video en la exposición, el artista Francisco Toledo explica varias técnicas de grabado y herramientas. Aquí, una imagen de la producción. Foto: Rafael Pacheco.
En un video en la exposición, el artista Francisco Toledo explica varias técnicas de grabado y herramientas. Aquí, una imagen de la producción. Foto: Rafael Pacheco.

El artista mexicano Francisco Toledo no acompañó su exposición a Costa Rica; sin embargo, logramos conversar, vía telefónica, con él, que se encuentra en su hogar en Oaxaca. De esta forma nos acercarnos brevemente a su universo, su forma de ver el arte a los 78 años y el trabajo que realiza actualmente.

–¿Por qué este interés por las fábulas de Esopo? ¿Qué aportan en este momento histórico?

–Han aportado a todas las culturas porque han sido traducidas a todas las lenguas. Estas fábulas vienen de antes de Cristo y han tenido una gran influencia en todas las culturas donde se han traducido.

”Yo las leí por el amor a los animales que tengo, muchas veces sin entenderlas por completo en su momento. Por ejemplo, hay una fábula de un león viejo, que los animales maltratan, pues ahora que ya estoy viejo, creo que soy como ese león: los jóvenes pintores me maltratan (ríe)... Son imágenes de animales que nos permean un poco.

–¿Su interés en estas fábulas nace de la posibilidad de poder trabajar con las imágenes de los animales?

–Sí, sí, toda mi obra está marcada por ese interés hacia los animales. De niño, vivimos el campo. Nosotros vivíamos entre dos mundos: en el istmo de Tehuantepec, del lado del Pacífico mexicano, ese lado oaxaqueño donde había campesinos, pescadores; era una vida diferente. Luego, mis padres migraron hacia el otro lado del istmo, que es el golfo de México, al estado de Veracruz; era un mundo un poco más moderno, digamos. Había avión y ferrocarril para salir de allí; en cambio, del lado oaxaqueño era más pobre. Ambos eran igual de interesantes: el lado más tradicional oaxaqueño y, por el otro, el moderno de los pozos petroleros, de los transportes, los libros y más información de lo que pasaba.

–¿Los animales se convierten en metáfora de la humanidad?

–Pues sí, los humanizamos. Creo que a los animales no les ha de gustar mucho porque somos peor que lo que le atribuimos a la hiena o al león o al jaguar; somos todavía más depredadores. Los animales comen cuando tienen hambre, en cambio el hombre destruye todo a su alrededor y mata no solo para comer, sino a veces por el puro gusto de matar.

– ¿En qué trabaja actualmente? ¿Cómo es seguir trabajando después de tanto logrado, de tantos reconocimientos?

–Estoy, como dicen, en las últimas ya. Sigo trabajando para distraerme, para proclamar la vida, para pagar los proyectos que tenemos, como la editorial que hace libros, revistas y material didáctico para las escuelas. No vendemos mucho nuestros libros, pero hay que hacerlo porque es una aportación. Hay que trabajar todavía a pesar de la edad.

”Ahora, tengo una exposición de autorretratos en México. Yo me fotografío así viejo y los hago a partir de esto: con mis barbas ya canosas, mis arrugas y toda la transformación que he tenido”.

El grabado 'La zorra y la cigueña', agua fuerte, aguatinta al azúcar. Foto: Rafael Pacheco.
El grabado 'La zorra y la cigueña', agua fuerte, aguatinta al azúcar. Foto: Rafael Pacheco.

–¿Qué posibilidades le han dado estos autorretratos recientes?

–Bueno, lo he hecho en varias épocas de mi vida, así que es como seguir el deterioro, los cambios que hay con las edades, con la vida que uno ha llevado: las arrugas, las canas y demás. Es un tema más. Con estos autorretratos que hice, ya terminé ese interés por mí mismo, por mis arrugas, por mis canas; ese interés lo borro y voy a otra cosa.

–¿Qué otros temas está trabajando? Sé que usted no para...

–Trabajo muy rápido, entonces parece que trabajo mucho, pero no es tanto. Estoy preparando una exposición aquí en Oaxaca. Trabajo muchas cosas y no las termino; entonces, me sale una exposición y me apresuro a concluirlas. Estoy terminando algunas cosas pendiente y que pensaba que iban a darme muchas posibilidades de hacer algo nuevo. Por ejemplo, ahorita estoy haciendo obras que tienen que ver con peines y pelos. Esto nace porque este artista alemán que me gusta mucho, Alberto Durero, dejó un poco de pelo a su alumno favorito; ese cabello se conserva. Él se retrató con muchos cabellos. Aquello fue como pasarle la estafeta para que siguiera el camino. Yo empecé a hacer eso pensando en Durero y en su alumno; compré peines, los pegué en un cartón, usé pelos de pelucas, hice dibujos de pelos…

–¿A quién le va a dar usted la estafeta: uno de sus mechones?

– (Ríe) Un mechón de pelo. Nah, ya no tengo pelo. Creo que son tan pocos que ya no le van a tocar a nadie (ríe). No quiero tener alumnos o una escuela. El artista tiene que ser él mismo y no seguir a un maestro: “hay que matar a los maestros” (simbólicamente). Así que no hay estafeta.

–¿Qué certezas le quedan luego de esta vida dedicada a diferentes expresiones del arte? ¿Qué le ha dejado?

–Me ha permitido vivir de mi trabajo; hacer proyectos sociales, como bibliotecas, casas de cultura y ediciones de libro… Sí me ha servido haber ganado algo de dinero. En lo político, hemos tratado hacer de México y de nuestro Estado algo más democrático, pero esto no cambia tanto como uno quisiera. Ahora que ya vienen otras generaciones, ojalá lo hagan mejor que lo que nosotros lo intentamos hacer. Ando pesimista acerca de lo que hemos logrado políticamente. Soy, sobre todo, un artista, un pintor.