Áncora

El Quiosco del Morazán

Un icónico pabellón ‘art-nouveau’ que solo estuvo una década en el parque josefino fue realidad gracias al empuje del ingeniero francés Henri Peyroutet

El 20 de setiembre de 1924, una nota titulada “Ornato moderno de San José”, publicada en el diario La Nueva Prensa, consignaba:

“En la calle Central, (…) está en rápida construcción un edificio completamente moderno, (…) y en condiciones propias para el comercio, bajo la dirección del arquitecto constructor Sr. Peyrutec calculándose su remate en cuatro o cinco meses. Corresponde a dicho edificio el N°514, que será una joya del ornato capitalino”.

Un ingeniero francés

Aunque elogiosa de su trabajo, la nota aquella erraba tanto el apellido del profesional como su profesión misma, pues Henri Peyroutet Daguerre era en realidad ingeniero civil. Francés, llegó a América en 1890 como parte del Cuerpo de Ingenieros que vino a realizar los estudios para la construcción del Canal de Panamá. Mas, antes ya de la disolución de aquella empresa, desembarcó en Puntarenas el 7 de agosto de 1894.

Una vez aquí, Peyroutet se dedicó tanto a su profesión como a otros proyectos productivos, fueran estos de cultivo de cacao y banano en la región Atlántica, o de explotación maderera en la de Guanacaste. En 1919 diseñó y construyó, en la esquina suroeste del cruce de avenida 4 y calle 4, un conjunto formado por un local comercial y tres casas de habitación; una de ellas suya y donde instaló su estudio profesional.

Si bien el conjunto aquel era de la más modesta y criolla arquitectura –casas con puerta al centro y ventana a cada lado, salida directa a la calle, seguida de un zaguán al interior; mientras que al negocio esquinero se entraba por el ochavo, que era flanqueado también por ventanas y alguna puerta secundaria–, tenía la particularidad de ser construido en concreto armado, técnica aún novedosa en la ciudad.

Casado con Margarite Carraunde Hiriart –que permaneció en París, Francia, al cuidado de los hijos del matrimonio–; Henri Peyroutet fue Cónsul de Francia en el país, presidente de la Asociación Francesa de Costa Rica y representante de diversas casas extranjeras.

Campeón entre nosotros de la causa francesa durante la Primera Guerra Mundial, Peyroutet viajaba cada cierto tiempo a su patria, tanto por negocios como por asuntos familiares, ocasiones en que confería Poder General sobre sus asuntos a alguno de sus compatriotas.

Ligado siempre al periodismo –tanto en Panamá como aquí–, fue parte de varias empresas editoras nacionales y sus artículos sobre diversos temas eran comunes en los periódicos en que participaba. Falleció en San José, el 23 de marzo de 1931, y sus restos descansan en el Cementerio General.

No obstante, apenas llegado al país, se había integrado plenamente a la sociedad josefina como un activo y comprometido ciudadano más. Fue así como, en noviembre de 1910, la Municipalidad de San José autorizó al ingeniero, en su papel de presidente de la Comisión de Fiestas Cívicas, la construcción de un quiosco que se levantaría en la glorieta del parque Morazán.

Morisco o modernista

Construido a partir de 1887, ese espacio público se dividía en cuatro secciones separadas por la avenida 3 y la calle 7, en cuya intersección se ubicó durante un tiempo el monumento al general Próspero Fernández, pronto desaparecido. Para sustituirlo en la glorieta dicha, desde finales del siglo XIX se levantaba cada año un quiosco de carácter temporal al que acudían las bandas a tocar durante las fiestas cívicas que ahí se celebraban.

El diseño del quiosco de ese año correspondería al reconocido artista nacional Antolín Chinchilla (1876-1942) y, según una nota de prensa “será de estilo morisco (…), y resultará una verdadera obra de arte; amplio, bonito y especialmente muy bien decorado”. Mas, quien acometería con su conocido celo y entusiasmo la edificación aquella, sería el ingeniero Peyroutet.

Según la historiadora Florencia Quesada, al conceder el permiso en cuestión, el presidente municipal argumentó que “conociendo las exigencias del público, tanto respecto a ornato como de paseo social donde va a construirse el kiosco, teme que la obra con el presupuesto dado no resulte digna del lugar”.

Por esa razón, se acordó entonces dar una subvención para su construcción en el entendido de que, una vez terminada la obra, sería de propiedad municipal. Esa subvención sumó apenas ¢1.000, por lo que en adelante dependió de Peyroutet obtener el resto de los fondos mediante las acostumbradas “contribuciones” que se solicitaban al comercio local.

“El ingeniero Peyroutet ofreció que en 6 semanas estaría terminado el kiosco; [aunque] casi todos los arquitectos creían que no sería posible. Sin embargo, gracias a la diligencia de ese caballero se ha terminado el trabajo en un tiempo más corto aún, batiendo el récord de rapidez de construcciones”.

—  Diario La Información

Las obras echaron a andar a mediados de noviembre con el fin de que estuviesen listas el 31 de diciembre, con Peyroutet a cargo de su dirección técnica y, es de suponer, que también de los cambios introducidos en su diseño; pues el resultado fue un quiosco octogonal, pero más bien de estampa art-nouveau o modernista, como se conoce en castellano a esa corriente estética.

¿Qué había pasado entonces del diseño original a la obra construida? Pues que los arcos lobulados o moriscos se sustituyeron por unos más bien rebajados y cuyo floreado calado era, por eso, más bien modernista; como lo eran también las dobles columnas que sostenían la cúpula de tejuelas.

La linterna de dicha cúpula, por su parte, resultó menos islámica que en el diseño original, mientras que, al reducir la altura del intercolumnio, la proporción cambió por completo y, con ello, varió el resto de su apariencia también. Fue así como vinimos a tener en San José un quiosco modernista y no uno neomudéjar.

Sólo una década

Gracias a los periódicos de la época sabemos diversos detalles de la obra. Por ejemplo, su base era un tambor construido de ladrillo mixto repellado, sellado acústicamente por una losa de concreto armado que fue revisada por los ingenieros de la Casa Hennebique de París, quienes recién habían patentado esa técnica constructiva en el país y que prestaron su colaboración gratuitamente.

A ella se accedía por dos escaleras de siete peldaños de mármol cada una, ubicadas en los costados este y oeste; trabajo que, al igual que las molduras decorativas de concreto, fue realizado por los señores Andreoli e Induni. La escultura, por su parte, corrió a cargo del francés Henri Lamothe.

“Pese a su elegancia arquitectónica y su garbo urbano, el quiosco aquel sólo duraría en su sitio casi una década, pues se mantuvo en pie hasta abril de 1920, cuando fue demolido por el mal estado en que se encontraba, para luego ser sustituido por el Templo de la Música”.

Lo referente a la carpintería –columnas, pasamanos y estructura de techo– lo realizó el ebanista Mariano Struck; mientras que la baranda de hierro y la cubierta laminada de tejuelas repujadas y sus respectivos adornos –los calados, las antefijas con forma de flor de lis, la linterna y la lira que como símbolo musical lo culminaba– fueron hechos en el taller de Pablo Brenes.

La instalación de su iluminación eléctrica la realizó el señor Carlos Mangel, a partir de una araña central y ocho brazos colgantes de tres luces cada una que pertenecieron en su momento al Palacio de la Corte Centroamericana de Justicia, edificio que situado en Cartago había caído con el terremoto del 4 de marzo aún sin estrenar.

Si a todo ello se suma que la Secretaría de Fomento contribuyó facilitando materiales y que los operarios y técnicos responsables de todo lo descrito renunciaron a “sus ganancias personales como contribución a dicha obra” (Kiosco del Parque Morazán), se comprende que lo que debió haber costado ¢9.000 en total, costara sólo ¢6.000.

Así, el 23 de diciembre de 1910, el quiosco del parque Morazán fue inaugurado por un concierto de la Banda Militar de San José. Como anotó el diario La Información ese mismo día: “El ingeniero Peyroutet ofreció que en 6 semanas estaría terminado el kiosco; [aunque] casi todos los arquitectos creían que no sería posible. Sin embargo, gracias a la diligencia de ese caballero se ha terminado el trabajo en un tiempo más corto aún, batiendo el récord de rapidez de construcciones”.

Sólo treinta y dos días habían sido necesarios para construir aquella obra de ornato público. Mas, pese a su elegancia arquitectónica y su garbo urbano, el quiosco aquel sólo duraría en su sitio casi una década, pues se mantuvo en pie hasta abril de 1920, cuando fue demolido por el mal estado en que se encontraba, para luego ser sustituido por el Templo de la Música.

Con la desaparición de esa edificación temporal, puede decirse hoy, empezó a desdibujarse en la memoria social josefina la presencia y la memoria del noble ingeniero Henri Peyroutet Daguerre. Esta crónica urbana, por eso, ha querido rendirle homenaje a él y recordar también al modernista templete que se elevó en nuestro parque Morazán hasta hace un siglo.