Andrés Fernández. 12 enero
Los edificios de Corrección de Menores vistos desde el norte, hacia 1905. Fotografía de autor no determinado. Andrés Fernández para LN.

Recordando su juventud, anotaba León Pacheco, en 1977: “Los terrenos donde se hallan los pabellones del Liceo de Costa Rica fueron, durante muchos años, los basureros de la capital. A los terrenos vacíos que lo rodeaban iban a descansar los desechos de una ciudad que tenía poco que desechar”.

“Al sur del Liceo (…) se hallaba el Matadero Municipal, lugar de cita obligada de sombríos zopilotes que llenaban esta corte de los milagros zoológicos, como alertas hampones de la naturaleza. (…)

A un lado y otro de la calle se extendían diminutas fincas que se prolongaban hasta la Plaza de Ganado, aledaña al Liceo. En este ambiente se formaba el espíritu de los costarricenses, en plena capital de la República, chapaleando en barro, boñiga, malos olores y alegría” (El Liceo de Costa Rica y la moraleja de un barrio josefino).

Don Mauro Fernández

En 1885, al fallecer el general Próspero Fernández, asumió el gobierno del país el licenciado Bernardo Soto Alfaro (1885-1889). Gobernante liberal y civilista, Soto se acompañó de los mejores hombres de entonces; entre los cuales destacaba, sin duda, su ministro de Instrucción Pública, Hacienda y Comercio, Mauro Fernández Acuña (1843-1905).

Típico representante de la oligarquía cafetalera que dominaba por entonces, Fernández Acuña era un activo partícipe en la vida nacional tras la muerte del general Guardia, en 1882. Había sido Consejero de Estado con Próspero Fernández, miembro de la Comisión Codificadora para el Establecimiento del Código Fiscal y apoderado legal del Banco de Costa Rica.

Heredero de las ideas del insigne personaje público Julián Volio Llorente (1827-1889), quien tanto había hecho por dignificar la educación nacional, aunque Fernández Acuña era economista y abogado, su preocupación principal era la educación de los costarricenses –los futuros protagonistas del orden republicano, según sus ideales liberales–.

Por ello, al llegar a la cartera de Instrucción Pública, retomó las inquietudes que distinguieron al segundo gobierno de Jesús Jiménez Zamora (1868-1870), cuando se estableció la enseñanza pública obligatoria, gratuita y costeada por el Estado. El otro hecho que distinguió a esa administración era la creación del Colegio de San Luis Gonzaga, en Cartago.

Tras una primera etapa como institución liberal, del tipo krausista español –una doctrina que defendía la tolerancia académica y la libertad de cátedra frente al dogmatismo–, que era la filosofía de los hermanos Fernández Ferraz, sus primeros directores, ese colegio cayó presa de las aldeanas intrigas cartaginesas, en manos de los jesuitas allí instalados.

Las instalaciones del Liceo de Costa Rica en avenida 2 y calles 5 y 7, hacia 1900. Fotografía de autor no determinado. Andrés Fernández para LN.
Con la Reforma Educativa

Por el contrario, el nuevo ministro era partidario de una educación en manos del Estado, impartida por seglares y abierta a las nuevas corrientes de la época –como el liberalismo y el positivismo–, lo cual posibilitaría que fuera más receptiva a los avances científicos y sin sujeción a interpretaciones religiosas.

De esa base conceptual partiría la reforma de la educación nacional llevada adelante por Fernández Acuña entre 1885 y 1889, una vez logrado el aplacamiento de la iglesia Católica y la expulsión de los jesuitas en 1884. En ese contexto histórico, mediante la ley número 5 del 6 de febrero de 1887, se creó el Liceo de Costa Rica.

Dicha ley le confería al Liceo una indiscutible supremacía sobre cualquier otro colegio existente o por crearse, pues le brindaba la prerrogativa y el calificativo de modelo. El objetivo del ministro, y los demás liberales, era centralizar y nacionalizar toda la educación costarricense y, así, el Liceo de Costa Rica era el primer eslabón de la cadena.

Sin embargo, a diferencia de lo sucedido con el Colegio Superior de Señoritas (1888), no se previó la construcción de un inmueble adecuado para el funcionamiento de esta institución. El historiador Rafael Obregón Loría explicó: “El Liceo de Costa Rica se instaló en el mismo local en que venían funcionando la Escuela Normal y su anexa, las cuales se habían refundido en él”.

“La ubicación de ese local era bastante cómoda pues estaba situado en la Calle de la Universidad, actual avenida segunda, exactamente en la cuadra en la que hoy está el edificio de la Caja Costarricense del Seguro Social. Era una casa de dimensiones limitadas y del todo insuficientes para albergar las dependencias de ese Colegio que necesitaba numerosas aulas” (Liceo de Costa Rica. Reseña Histórica).

Ante ello, el Estado adquirió una casa propiedad de la Logia Masónica, al este de la original, lo cual sumado a otros terrenos de su propiedad, en la misma cuadra, le permitieron al centro educativo crecer. Por eso, 15 años después de creado, seguía el Liceo sin un local adecuado.

Las casas de corrección

Para finales del siglo XIX, la calle 9 sur o calle de la Soledad –por pasar frente al templo homónimo– era el límite este del casco urbano, y su prolongación hacia el sur llevaba a unas deshabitadas tierras del distrito Catedral, también conocidas como Colección.

En esa zona, como dijera Pacheco, se colectaban y quemaban los desechos de la ciudad, además de confluir en el sector las aguas negras josefinas, que llegaban ahí por medio de la acequia de las Arias. Esos terrenos de bajo precio fueron los que compró el Estado para construir los edificios del Correccional de Menores.

Iniciados en 1897, eran dos edificios idénticos y con las fachadas enfrentadas calle de por medio; diseño y construcción de los ingenieros-arquitectos italianos Francesco Tenca y Lorenzo Durinni. Fueron edificados en mampostería de ladrillo con estructura y cubierta metálica, sobre un zócalo de piedra, material que también sirve para algunos de sus detalles y motivos decorativos, en especial el almohadillado del primer nivel.

Sin embargo, a punto de terminarse, en 1903, fueron otorgados al Liceo de Costa Rica, como si de una deuda con la institución se tratara. Con predios de una manzana cada uno, los edificios originales eran de dos plantas, con patio central rodeado de corredores y galerías, y ventanas de medio punto al exterior; en su fachada principal, presentaban un frontón que a través de sus pilastras se prolongaba al segundo piso para remarcar el acceso.

De estética medieval, originalmente esos volúmenes tenían en las fachadas rasgos del bizantino y del románico lombardo, pero los terremotos de 1910 y 1924 variaron mucho su apariencia con sucesivas remodelaciones; e incluso el pabellón este perdió su segunda planta, en 1958.

Al costado norte de cada edificio, había otro complementario, uno de los cuales servía como casa al Director del Liceo; tenían construidas en ladrillo las primeras plantas, y de madera y chapa metálica las segundas, pero de ellos sólo sobrevive el del lado oeste. Ambos conjuntos se protegieron con un muro de unos tres metros de alto, a excepción de los frentes, donde el muro tiene menor altura, columnas y una reja forjada. Y tras esa guarnición, en pie después de 115 años de construida, se alberga aún el centenario colegio.