
La poesía de Edmundo Retana nos insiste en que el mundo está aquí. No es poca cosa. Incontables fenómenos, herramientas e ideas insisten en distanciarnos de lo material, de lo sensible. El poeta nos reitera su presencia una y otra vez en las páginas.
Edmundo Retana fue galardonado con el Premio Nacional en Poesía 2024 por su autopublicación El incendio del ser, pero conversamos con él porque ya viene otro libro en camino.
Siempre hay otro en camino porque no puede dejar de escribir, de trazar una forma de entender la vida con poemas que, compactos en su forma, sugieren amplios panoramas del presente. La próxima publicación se lanzará en agosto y lleva por título Formas ocultas de la luz.
El sello propio, Oro Viejo, es importante porque, para Retana, “la autopublicación también es una forma de llevar mi ritmo, de decidir cómo y cuándo quiero que los libros vayan saliendo, según los voy terminando”.
También puede encontrar una recopilación de 25 años de poesía editada por la Euned, Como quien toca el silencio, de 2018, y otro poemario editado por la Editorial Costa Rica (Pasajero de la lluvia, 2006). El resto son propios. Autopublica desde 1991; es un compromiso con una forma de difusión, nos explica. “Ahora bien, eso no quiere decir un descuido de lo formal, de la calidad de la impresión ni de la edición”, considera. Es una manera de regular su circulación: de llevar su senda.

Poemas de aquí y ahora
Leyendo El incendio del ser, encuentro algunos versos que, en su claridad tan desnuda, resuenan con la ansiedad de un mundo asediado por guerra, hambre, enfermedad, desazón. La poesía, al final, es “Ese ámbito / donde igual cabe / una guerra que una flor” (Poesía). “Me preguntás / por qué conservo la esperanza” (Razón de esperanza), y se lo pregunto.
Una de las primeras cosas que salta a la mente leyendo su poesía es, además de lo concreto, la conexión con los sufrimientos del mundo. Retana nos explica que parte de ello viene de la inspiración de Jorge Debravo, de su idea de que el poeta se dejase afectar incluso por aquello que ocurriese “a cinco mil kilómetros”. Asimismo, la amistad con Joaquín Gutiérrez marca una forma de acercarse a la literatura y confirma el profundo humanismo de su acercamiento a la literatura (no en vano su librería se llama La Hoja de Aire, en Cartago).
En parte, es por su formación. Es teólogo y ha trabajado en organizaciones sociales por años. “Siempre me interesé mucho por las causas sociales; de joven, milité en la izquierda, así que es algo que de alguna manera se me da naturalmente, es algo que me interesa y por lo que me preocupo”, explica el autor.
“Hay en mí ( y por lo tanto en mi poesía) una identificación natural y espontánea con el sufrimiento humano, en sus variadas formas”, nos dice. “Tomo partido con las víctimas, con los que aquí y allá son excluidos y perseguidos. No es el producto de una elaboración intelectual. Es algo si se quiere visceral, una identificación emocional”.
“Creo que, como todo lo que es significativo en nosotros, este sentimiento o postura de vida viene desde la niñez. Es una percepción del mundo y de la realidad que se conformó y fue alimentada desde mis primeras lecturas y de la contemplación de un mundo social y natural a menudo hermoso y exultante en el que la injusticia y la opresión siempre acechaban, para decirlo de alguna manera”, argumenta Retana.
Sus poemas recientes están marcados por el signo de la guerra, que atraviesa la última década como una gran herida. “Cuando yo contemplo un mundo atroz, duro, todo ese sufrimiento... es como inevitable que entre en lo que escribo”, nos dice.
Lo mismo con la degradación ambiental, tan patente en la vida cotidiana (esta semana vemos un incendio forestal devastador aquí mismo, inundaciones tremendas en otros rincones, calores extremos al norte del mundo). “Soy el mar / herido de radiación”; “Soy el hambre de las especies; / la raigambre de los árboles”.
“Yo crecí en San Rafael Abajo de Desamparados y crecí rodeado de potreros, de naturaleza, de todo que he ido viendo también como se degrada o se desvanece. Crecí en medio de la naturaleza, los ríos, los la montaña, los potreros y ese interés, digamos, se desplegó allí”, narra el poeta.

“Entonces, yo he visto cambiar dramáticamente el mundo en todas sus fases, incluyendo la destrucción del ambiente. No es que fuera un paraíso, no es que todo fue idílico, pero era una sociedad mucho más estructurada en torno a la naturaleza, con una mayor presencia de ella”, explica. “Y todo eso ha sido devastado”.
“Tengo conciencia que al destruir el planeta nos estamos destruyendo a nosotros mismos, es decir socavamos la posibilidad del equilibrio con la vida que nos rodea”, dice sobre esa preocupación por la naturaleza. “También aquí me surge de forma natural la necesidad de expresar un sentimiento de denuncia e indignación, que es en el fondo el dolor por la ruptura de eso que Leonard Cohen llama “el orden del alma” y que quizá no sea otra cosa que un orden superior, un anhelo de justicia, de equilibrio y armonía con la creación y con los otros".
Me pregunto si de alguna manera ve la poesía, aparte de una toma de posición, como me explicó, como una forma no solo de registro, sino de llevar las cuentas del mundo. “He estado pensando mucho en eso”, dice.
Recuerda que el poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade decía que su materia era el tiempo. “Cuando dice eso, se está refiriendo a la historia. ‘Mi materia es el tiempo’ es como decir ‘mi materia es la historia’, y creo que eso está en mí también”, considera el escritor.
Eso lo leeremos en Formas ocultas de la luz, “que podría haber sido la segunda parte del que ya publiqué”. “Solo que trato de afinar los registros de las cosas, pero ahí está el tema de la guerra también, y el tema de la realidad de Costa Rica, que no estaba tan presente en el anterior. De hecho hay un poema que se llama Oficio de políticos y allí describo estos políticos que hay ahora", dice.
Tal vez, confiesa, no había pensado en su poesía como un recuento. Pero está ahí: “Es como una mirada que dice que está viendo lo que ocurre y que quiere dejar constancia de lo que ve y de lo que siente”.
“No arropés / con tu silencio / el horror del mundo”.
“Es desde ahí que nace mi poesía. Como una especie de grito, de gesto de inconformidad y rebeldía. Pero también de solidaridad y empatía. Quizá sea solo una pared manchada de esperanza. Un trazo de luz en medio de la oscuridad de este siglo. Pero está escrita con sinceridad y urgencia de un mundo más humano”, concluye Retana.
