
La música ha sido, desde siempre, una forma de habitar mi propia experiencia. Primero desde el juego y la exploración empírica en casa, y luego, hasta hoy en días y durante años, que ha encontrado cuerpo en coreografías, acompañando escenas, respirando en el gesto de bailarines y bailarinas y actores y actrices.
Ese ha sido mi territorio natural: un espacio de escucha profunda donde el sonido no impone, sino que dialoga. Crear para la danza y el teatro no ha sido una distancia respecto a mi voz, sino una forma de reconocerme en relación con otras personas trabajadoras de las artes escénicas.
Mi relación con la música comenzó mucho antes de entenderla como oficio. Estaba en mi casa, en los boleros que mi padre tocaba en la guitarra, en el acordeón de mi abuelo, en la voz cotidiana de mi familia entonando melodías populares. La música no era una elección consciente: era una forma de percibir el mundo, de darle estructura a lo invisible.
Trabajar en las artes escénicas transformó esa intuición en práctica. Componer para el movimiento me enseñó a comprender el tiempo, el silencio y la forma desde un lugar encarnado. Ese quehacer no ha sido un tránsito ni una antesala, sino un espacio de pertenencia que sigue definiendo mi identidad como creador.

Es allí, en las artes escénicas, donde aprendí que la música no necesita ocupar el centro para ser esencial, que su potencia también reside en sostener, en abrir un espacio donde algo puede ser percibido de otra manera.
Toda práctica artística, sin embargo, está atravesada por su tiempo. Vivimos en una época donde la producción cultural es constante, pero también rápidamente absorbida por dinámicas que privilegian la circulación sobre la permanencia.
El arte corre el riesgo de ser reducido a contenido, a una presencia fugaz dentro de una economía de la atención que rara vez se detiene a escuchar. En ese contexto, crear se convierte también en una forma de resistencia: insistir en la profundidad en medio de la velocidad, en la experiencia en medio del consumo.
Mis canciones emergen desde ese mismo lugar: como continuidad, no como ruptura. Durante mucho tiempo, la voz fue un instrumento más dentro del tejido escénico. Hoy comienza a ocupar un espacio distinto, no separado, sino integrado. Ser cancionista no implica alejarme de la escena, sino permitir que todo lo aprendido en ella encuentre otra forma de resonar.
Este proceso toma hoy forma concreta en Cuando salte al vacío, mi primer EP de canciones. No lo entiendo como un punto de partida, si no como la manifestación visible de un recorrido que comenzó mucho antes, en la escena, en el cuerpo y en la escucha. Es ante todo, una forma de asumir con mayor claridad la responsabilidad de decir desde mi propia voz
Crear, finalmente, es una forma de atención. Y en un tiempo que nos empuja constantemente hacia la distracción, sostener esa atención es también una forma de cuidado. Una manera de permanecer presentes, sensibles, y profundamente vivos dentro del mundo que habitamos.
‘Cuando salte al vacío’ en vivo
El lanzamiento de Cuando salte al vacío, de Fabi Arroyo, presentado con Luci Castro como invitada, se realizará el sábado 14 de marzo, a las 8 p. m., en Music Factory, Plaza Veritas (Los Yoses sur).
Las entradas valen, en preventa, ₡ 8.f500; el día del evento, ₡ 10.000. Se pueden adquirir por Sinpe móvil al 8338-5274 o reservar en www.musicfactorycr.com