
Es el evento más antiguo de su clase en el mundo, celebrado desde 1895; es la bienal de arte por antonomasia, el germen de la idea de un circuito global del arte surgido en plena era de la interconexión global. La primera edición abre el año que debuta el cine: pronto todo el planeta estaría conectado como nunca antes. Es la 61.ª Bienal de Venecia, la Biennale, cuya edición del 2026 abre este sábado 9 de mayo.
Ya desde hace un año se cernía una extraña sombra sobre el evento, cuya exposición principal incluye a 110 participantes invitados —artistas individuales, dúos colaborativos, colectivos y organizaciones dirigidas por artistas—. Justo antes de anunciar el tema y la inspiración, In Minor Keys (En tonalidades menores), su curadora, Koyo Kouoh, falleció por un cáncer agresivo.
La fundadora del señero proyecto RAW en Senegal dejaba una propuesta diversa, rica en matices y con el enfoque en las periferias del mundo del arte comercial, como primera mujer africana curadora del evento. El luto ensombreció el anuncio, pero su proyecto siguió adelante.
“El recorrido de Koyo Kouoh reevalúa las relaciones humanas, comenzando desde los propios entornos inmediatos de las personas. Las pequeñas cosas, que también son grandes. La dimensión humana, el referente de todo, que una parte del mundo —aunque sea la más opulenta y sobredesarrollada, identificada con el nombre de ‘Occidente’— hace tiempo ha perdido de vista, ha extraviado", escribe el presidente de la Biennale, Pietrangelo Buttafuoco, en su introducción.
Hasta ahí, sin excluir la política en forma alguna, al menos el evento parecía transcurrir con normalidad. Pero la otra parte de la muestra, la más polémica, es la conformada por los pabellones nacionales, que cada país participante decide llenar como quiera; usualmente, esto se presta para conflictos políticos internos que se desparraman en el escenario internacional (este año participan 99 países; Costa Rica no organiza un pabellón propio desde 2013).
Esta vez, el escándalo no deja de tener ramificaciones.

Drama geopolítico en Venecia
Aquí la geopolítica vino a perturbar las “tonalidades menores” de la exhibición central. Todo comenzó con el regreso de Rusia al evento, tras su expulsión por la invasión a Ucrania de 2022. El ministro de Cultura de Italia anunció que se ausentaría y la Comisión Europea amenazó con rescindir financiamiento de $2 millones por incluir a Rusia, que ha sido excluida de la mayoría de escenarios internacionales en cultura, deporte y cooperación.
Más de 200 artistas, curadores y trabajadores participantes firmaron una carta abierta en la que exigían que la Bienal de Venecia excluyera también el pabellón de Israel por “abusos a los derechos humanos en Gaza”.
Siguió otra carta, que incluía a Estados Unidos por su guerra en Irán. Súbitamente, el jurado internacional renunció el jueves 30 de abril, y los galardones históricos fueron reemplazados por dos Premios del Público, con votación abierta a los asistentes a las exposiciones.

Ya unos días antes, el panel de jueces había anunciado que no consideraría premios para países “cuyos líderes están actualmente acusados de crímenes contra la humanidad por la Corte Penal Internacional”; es decir, Benjamin Netanyahu y Vladimir Putin.
El gobierno israelí reclamó en la red social X que esa decisión del jurado “transformó la Bienal de un espacio artístico abierto de ideas libres y sin límites en un espectáculo de falso adoctrinamiento político antiisraelí”. El artista seleccionado, el escultor Belu-Simion Fainaru, reclamó: “Soy artista y tengo los mismos derechos, y no se me puede juzgar por pertenecer a un país o a una raza (...). Debería ser juzgado únicamente por la calidad y el mensaje de mi arte”.
¿Representación nacional?
Esa crítica oficial de Israel desnuda uno de los problemas fundamentales de la Biennale, que arrastra por sus orígenes en pleno apogeo del imperialismo y los nacionalismos de toda clase.
El modelo de “pabellones nacionales”, que por una parte ofrece una representatividad ajena a ferias comerciales, constriñe la participación de ciertos artistas y también puede ocultar tensiones internas a los Estados.
Para la revista especializada Artishock, el asunto va más allá de la exclusión o la inclusión, pues toca la coherencia misma de un evento que se autodescribe como representativo y global.
“Complica aún más el panorama la situación de artistas disidentes dentro de los pabellones cuestionados, quienes pueden quedar atrapados entre la crítica legítima a sus Estados y el riesgo de que su trabajo sea instrumentalizado dentro de disputas que exceden su propia práctica”, dice su editorial.
La situación recuerda la controversia por la inclusión del director israelí Nadav Lapid en el Festival de Cannes de 2025. Si bien contaba con financiamiento público, nadie podría acusar a Yes! de ser una película complaciente con el gobierno israelí, algunas de cuyas figuras criticaron la cinta por antipatriotismo.

Por supuesto, esas tensiones han marcado cada evento artístico desde la invasión a Ucrania y el asedio a Gaza, especialmente por las posiciones tajantes (o no) que tomaron otros Estados con respecto a colaborar con Rusia e Israel.
Como recuerdan los editores del medio e-flux, si bien la geopolítica siempre moldea el discurso en torno a la Biennale, no siempre coincide con un genocidio o invasiones que rompen el “orden internacional”, ni con el aumento de la censura y la persecución alrededor del mundo. En este contexto, argumentan, “la Bienal de Venecia corre el riesgo de convertirse menos en una exposición de arte contemporáneo y más en un espacio donde se pone en escena la imposibilidad de un mundo compartido”.
Pero llegados a este punto, y pese a las más nobles intenciones de espacios “globales” de arte, sí cabe la pregunta. ¿Es posible un mundo compartido? ¿Cuáles gobiernos cuestionados se excluyen y cuáles se obvian? ¿Se pueden reconciliar visiones radicalmente distintas de la humanidad en tiempos de líderes obcecados con devastar el tejido humano mismo? (Y eso excede, claro está, los países en el centro de la controversia veneciana).
Nada es para siempre, en cualquier caso. El escultor del pabellón israelí nació en la Rumania de Nicolae Ceausescu, que en su momento parecía invencible. Las condiciones políticas de cada país son distintas; sus dramas morales internos se resuelven o se agravan con la respiración de su cuerpo político. Afloran en Venecia porque los reflectores están vueltos hacia el Lido, pero los artistas de cada país, de Senegal a El Salvador a Líbano y Australia saben los límites, las amenazas y las carencias que acechan la producción creativa en cada contexto.

En su presentación de In Minor Keys, el equipo sucesor de Koyo Kouoh saluda así al público que llegará a Venecia desde ahora y hasta noviembre: “Aunque a menudo se pierda en la ansiosa cacofonía del caos presente que atraviesa el mundo, la música continúa. Las canciones de quienes producen belleza a pesar de la tragedia, las melodías de los fugitivos que se recuperan de las ruinas, las armonías de quienes reparan heridas y mundos”.
Apartar la mirada del mundo en días tan aciagos como los que vivimos parece imposible. Pero a menudo cerrar los ojos es una forma de ver más intensamente, si se hace como lo proponía la curadora: tomando el momento para respirar profundamente y recalibrar nuestra relación con el mundo que nos rodea. Queda por verse si su proyecto en la Bienal de Venecia sobrevive al ruido.
