Jacques Sagot. 11 abril
'Julia soñando despierta', 1894, óleo sobre lienzo.
'Julia soñando despierta', 1894, óleo sobre lienzo.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, las mujeres comienzan a adquirir presencia en la plástica con las tres grandes damas del impresionismo: Mary Cassat (1845-1926), Marie Baucquenard (1840-1916), Berthe Morisot (1841-1895) y, por otra parte, la prodigiosa escultora Camille Claudel (1864-1843). Cuando la primera de ellas llega a París, en 1866, la Academia de Bellas Artes no admite aún mujeres. La segunda deja de pintar en 1890, por prohibición y amenazas de su esposo, también artista. La tercera es rechazada -por su condición de mujer- en los primeros dos salones a los que postula su obra. La cuarta es declarada “loca de ático”, y encerrada en un manicomio por espacio de cuarenta años. ¡Qué trágica pérdida, se infligieron los hombres a sí mismos, al poner a sus ruiseñores en cautiverio! Pero las voces han quedado. Como diría Emilia Macaya: “el silencio ha estallado”.

Hoy vamos a asomarnos al mundo de Berthe Morisot, “la princesa de la luz”, como la llamaban sus colegas del impresionismo. Morisot se educó en el seno de una familia de la alta burguesía, su padre siendo prefecto de Bourges, y teniendo por tío-abuelo ni más ni menos que al gran pintor rococó Jean-Honoré Fragonard. Las artes plásticas (la bohemia, el modelaje femenino, la suciedad de los talleres, los aspectos poco cosméticos de la profesión) eran a la sazón considerados incompatibles con el prospecto de vida de una señorita bien educada. La Academia de Bellas Artes de París no fue abierta para las mujeres hasta 1888 (¡y Francia fue pionera!).

Así que Berthe se formó, como tantos otros artistas franceses de la época, a través de lecciones privadas y de la observación y copia de los modelos pictóricos del Louvre. Sus padres tuvieron el buen tino de escoger al gran Camille Corot como mentor. Corot anunció el terremoto doméstico: “Yo me haré cargo de su hija, pero no será para enseñarla a hacer adornitos y monerías. Berthe tiene genio y yo se lo voy a desarrollar. Pero una vez que eso pase, su estilo de vida –y el de toda esta familia– va a cambiar: el genio desata catástrofes por doquier pasa: ustedes escojan”. A pesar de su formación neoclásica, Corot fue uno de los primeros maestros que pintó al aire libre, y su fascinación con los efectos de luz, la bruma, la atmósfera, el crepúsculo, la naturaleza, hacen de él un precursor del impresionismo. La orientación estética de Berthe quedó para siempre marcada.

Gracias a su amistad profunda con Edouard Manet, cuyo Almuerzo sobre la hierba (una mujer desnuda entre señores de bien vestir) lo había transformado en el más polémico “pornógrafo” de la época, Berthe siguió el gran precepto de Pascal: “conviértete en lo que eres”. Berthe posa para Manet en nueve cuadros, el más famoso de ellos: Berthe con un ramillete de violetas. Y es a través de Edouard que conoce a su hermano Eugène –pintor aficionado–, quien sería su esposo, y de quien tendría una hija, Julie, nacida en 1879. Julie sería la modelo de las más esmeradas y poéticas de sus obras. Manet le presentó a Degas, Pisarro, Renoir, Monet –la brigada de choque del impresionismo– y al gran poeta Mallarmé, que gastó cientos de cuartillas cantando a su belleza en sonetos alejandrinos, sin lograr por ello seducirla. Bien integrada al círculo “oficial” de los impresionistas, Berthe pasa a integrar con ellos la llamada A.A.A: Asociación de Artistas Anónimos. Siendo ellos mismos iconoclastas, y habiendo roto todo vínculo con la Academia de Bellas Artes, reciben a la pintora sin un ápice de sexismo o de mezquindad.

Berthe llegaría a convertirse, junto con Pisarro, en la única artista que expondría en todos los salones (exposiciones colectivas) del impresionismo, de 1874 a 1894, con la excepción de 1879, año del nacimiento de su hija. La consagración le llegó rápida y merecida. Viajó por España, Inglaterra, Holanda, Italia, Bélgica, y toda Francia, buscando la especificidad del paisaje, de la luz, de la atmósfera de cada sitio. Era el tipo de pintora para la cual (y esto es rigurosamente cierto) no había dos lugares del planeta en los que la luz tuviese exactamente el mismo matiz. Dada su extracción social, nada sorprendente hay en el hecho de que sus temas provengan prioritariamente del mundo burgués de su época (niños, escenas domésticas, interiores, una mujer que cuida un bebé en su cuna, balcones, terrazas con flores), pero que ni por un momento se crea que esto banaliza su pintura: no es el tópico el que cuenta, sino la delicadeza, la poesía, la ternura, la exquisitez con que están realizados. Como si se hubiese siempre buscado sin lograr encontrarse plenamente, pintó nueve autorretratos, todos ellos incompletos. La mujer busca aún su identidad como creadora. Ya no quiere únicamente que le digan, como Bécquer: “Poesía eres tú”, ahora quiere ella misma hacer poesía: ¡la poesía se nos hizo poeta!

Bajo la luminosa sonrisa de su pintura se esconde a menudo una profunda melancolía. Berthe dudaba constantemente del mérito artístico de su trabajo. “Fijar para siempre algo de lo que pasa, ¡ah! Aunque sea la menor de las cosas: una sonrisa, una flor, una fruta, la rama reverdecida de un árbol… ¡y pensar que aún esta ambición es desmesurada!” Su pintura está, en efecto, llena de objetos que, siendo simples, no son nunca triviales: ella les encuentra insospechados filones poéticos: como decía Neruda: “Las cosas me piden que las cante”. No hay drama en su pintura, pero sí un lirismo infinito. Algo así como lo que encontramos en la mayor parte de la música de Debussy. El poeta Paul Valéry –que tenía por rutina escribir ocho horas al día– la describe como “la artista más intensa y apasionadamente laboriosa que he conocido”.

El año 1892 le depara una de las grandes aflicciones de su vida: la muerte de su esposo; pero, por otra parte, organiza la primera exposición dedicada íntegramente a su obra: “Berthe es la que mejor hizo cantar la luz entre todos nosotros”, dice… ¡Claude Monet: el Santo Papa del impresionismo! Sin embargo, el Estado francés no le compra más que una obra -y ello gracias a la tenacidad de su eterno pretendiente: Mallarmé-.

Hay una trágica ambivalencia en la pintura de Berthe: su obra no es una apología de la domesticidad burguesa de su época: una parte de ella parece amarla, y otra contemplarla con amargura, con claustrofobia: mujeres que miran tediosamente por la ventana, abanicándose indolentes, carentes de toda ambición, cautivas de un medio caracterizado por la estrechez de horizontes, y una moralina que priva a la mujer de autodeterminación y subjetividad. La pintura de Berthe no es sino un desesperado –y exitoso– esfuerzo por poetizar una realidad asfixiante. Por eso su obra es siempre ambigua, anfibológica: es el milagro de una cautiva que supo llenar de belleza su celda. Era la belleza de su alma, proyectada sobre las cosas de su pequeño, limitado universo burgués.

Berthe Morisot, la niña mimada de Manet, Renoir, Degas, Monet, el hada madrina del impresionismo; pero por otra parte, ¡cuántas colegas caídas en las trincheras del olvido por el mero hecho de ser mujeres!… ¿Alguien se acuerda de ellas? Y sin embargo fueron creadoras de talento, quizás de genio: no lo sabremos nunca. Poco antes de su muerte, Berthe confía ante notario la educación y el cuidado de su hija a Mallarmé y Renoir. Su certificado de defunción consigna: “Berthe Morisot: sin profesión”. Está enterrada en el cementerio de Passy, en la bóveda de los Manet. Su lápida dice: “Viuda de Eugène Manet”. ¡Hasta el nombre quisieron quitarle! ¡”Sin profesión”: la artista que hacía sonrojar a Valéry, el poeta de las ocho horas diarias de práctica! En París, un museo está enteramente dedicado a su obra. El estudio de sus óleos, acuarelas, pasteles y miles de esbozos suscitan cada vez mayor curiosidad entre quienes aman su arte. El actual auge del impresionismo ha llevado a críticos e historiadores a justipreciar su obra como nunca antes. Sus pinturas forman parte de colecciones y museos en toda Francia y los Estados Unidos.

Berthe Morisot: la luz que no se dejó amordazar, la luz que sigue irradiando como el día mismo en que fue creada, la luz a lomos de la cual cabalga, como esas estrellas extintas, cuyo fulgor viaja aún y siempre hacia nosotros.

'La cuna', 1872, óleo sobre lienzo.
'La cuna', 1872, óleo sobre lienzo.