
Camino por barrio Escalante un viernes por la tarde, paso frente a una casa que recuerdo con rejas blancas y un bello jardín delantero. Hoy es un bar con luces coloridas, cócteles de autor y una fila de personas esperando mesa. Al fondo suena Bad Bunny desde un parlante: “Quieren quitarme el ríiiio, y también la plaaaaaya”. Aunque sé que es un éxito inevitable de la playlist del momento, la escena parece una ironía perfectamente coreografiada.
Escalante cambió. Cambió rápido. Lo que antes fueron casas familiares, luego oficinas, hoy son restaurantes “concepto”, cafeterías de especialidad, bares con estética tropical minimalista y terrazas pensadas para Instagram. No estoy en contra de la cerveza artesanal ni del café de especialidad, al contrario, me parece fascinante que un país productor como el nuestro aprenda a valorar procesos, variedades, técnicas y trazabilidad. El problema no es el capuccino. El problema es cuando la bulla y el precio del metro cuadrado suben tanto que quienes vivían ahí ya no pueden sostenerlo.
A eso solemos llamarle gentrificación.

La palabra circula con facilidad. Se usa como advertencia, como acusación o como meme. Pero mientras más aprendo de personas que estudian el tema, geógrafas, urbanistas, vecinas, artistas, más me convenzo de que el término funciona como una gran sombrilla bajo la cual metemos procesos distintos: turistificación, Airbnb, privatización, edificios comprados como inversión que permanecen vacíos, desplazamiento indirecto, transformación de usos del suelo, nostalgia urbana y rural.
El concepto nació en los años sesenta para describir transformaciones muy específicas en barrios obreros de Londres. Pero, ¿Qué tan bien encaja en Costa Rica, donde muchas dinámicas se dan en zonas poco densas, en costas, en pueblos que no tenían una presión inmobiliaria previa? Aquí no siempre vemos una sustitución directa de población. A veces lo que ocurre es una transformación radical del valor del territorio.
En Guanacaste, por ejemplo, el paisaje cambia radicalmente día con día. Casas en lo alto de los cerros que pasan la mayor parte del año vacías. Rótulos inmobiliarios en inglés. Playas donde el acceso público es legal pero cada vez más difícil en la práctica. Comunidades que no necesariamente desaparecen, pero sí quedan rodeadas por una economía que ya no les pertenece. ¿Es eso gentrificación clásica? ¿O es una versión tropical, turística y financiera de algo que todavía no sabemos nombrar con precisión?

Tal vez por eso me interesa pensar el fenómeno no sólo como un término importado, sino como una tensión entre tres fuerzas que atraviesan el país.
La primera es la identidad. ¿Quiénes somos cuando el paisaje que nos definía cambia? ¿Qué pasa cuando la montaña de fondo ahora está enmarcada por una torre de condominios con “amenities”? ¿Quién puede decir “esto es mío” sin que suene excluyente o ingenuo?
La segunda es la conservación. Y no hablo únicamente del bosque o del agua, aunque eso ya podría ser suficiente. Hablo de las formas de vida: de las casas de bahareque que desaparecen, de los lotes donde se sembraba, de los oficios que no encuentran relevo. Conservación no es congelar el tiempo, pero tampoco es aceptar cualquier transformación como si fuera el precio inevitable del progreso.
La tercera es el desarrollo económico. No podemos fingir que no importa. Las personas necesitan trabajo, infraestructura, movilidad, oportunidades. El turismo ha traído ingresos reales a muchas zonas del país, incluso ha transformado formas de vida. La pregunta incómoda no es si debe existir desarrollo, sino desarrollo para quién y bajo qué condiciones. ¿Quién captura el valor del suelo cuando se dispara? ¿Quién asume el costo cuando la vida cotidiana se encarece?

En medio de todo esto, puede ser que el arte no resuelva estas problemáticas; incluso, a veces, puede actuar como síntoma. Pero también puede ser un espacio mental o social donde esas tensiones se vuelven visibles sin la obligación de ofrecer soluciones técnicas. Sino elevar preguntas, reflexiones y mover la conciencia colectiva hacia la realidad material. Actualmente se presenta en el Centro Cultural de España, en pleno barrio Escalante, una exposición que aborda estas fricciones desde el paisaje, la memoria, el despojo, la arquitectura desplazada y la ironía.
Y sí, no deja de ser significativo que una muestra sobre gentrificación ocurra en un centro cultural financiado por un país que fue potencia colonial. La historia no desaparece por decreto. El territorio que habitamos está atravesado por capas de colonización, dependencia económica y aspiraciones globales. Pensar estos temas desde ese espacio no es una contradicción que haya que ocultar; es parte de la conversación, de los problemas y respuestas del ámbito cultural.

Lo interesante es que el debate empezó incluso antes de que la exposición abriera. Las redes sociales hicieron lo que mejor saben hacer: amplificar posiciones, polarizar, exigir definiciones rápidas. Pero detrás del ruido digital hay algo más profundo: una inquietud real sobre quién tiene derecho a nombrar la identidad, quién puede hablar en nombre del territorio y qué significa pertenecer en un país que siempre ha negociado su imagen hacia afuera.
Vuelvo a Escalante y sigo caminando. Veo una torre nueva que promete “las mejores vistas de la ciudad” y pienso en cuántos apartamentos están vacíos, esperando que su valor suba como activo financiero. Pienso también en quienes celebran la vitalidad del barrio, en quienes disfrutan esa oferta cultural y gastronómica. Nada es completamente blanco o negro. El problema es cuando la conversación se reduce a una guerra de consignas.
Mientras Bad Bunny sigue cantando que quieren que abuelita se vaya, me pregunto qué tanto está calando esto en la conciencia colectiva y si provocará algo más allá que incluirla al playlist triste. La ciudad está cambiando. El territorio está cambiando. La pregunta no es si estamos a favor o en contra de la transformación, sino cómo queremos participar en ella y qué estamos dispuestos a ceder.

Quizás el verdadero conflicto no es entre el bar nuevo y la casa antigua. Tal vez es entre la velocidad con la que cambian nuestros barrios y la lentitud con la que pensamos, como sociedad, lo que eso significa.
Les invito a la exposición que estará abierta hasta el 28 de marzo en el Centro Cultural de España en barrio Escalante, esperando que sea una oportunidad para detenernos frente a una imagen y preguntarnos qué tipo de país estamos construyendo mientras brindamos, invertimos, celebramos o nos quejamos.
Visite la exposición en el Centro Cultural de España, en la rotonda de El Farolito, en horario regular. La entrada es gratuita.
