Jacques Sagot. 26 abril
El año pasado en Transitarte, Faustino Desinach vendió sus libros a los visitantes del festival josefino. Este fotógrafo y escritor nació en Guanacaste en 1959. Foto: Mayela López.
El año pasado en Transitarte, Faustino Desinach vendió sus libros a los visitantes del festival josefino. Este fotógrafo y escritor nació en Guanacaste en 1959. Foto: Mayela López.

¿Por dónde comenzar?, hubiera dicho Roland Barthes. Pues comencemos por no colgarle a Faustino Desinach y su Balada clandestina el marbete, la etiqueta de ningún “ismo”, por no catalogarlo, por no empujarlo, cueste lo que cueste, en el cajón de ninguna corriente literaria. Ponerle a un autor un gafete, una estafeta estilística es la mejor manera de no comprenderlo. Dejémosle las taxonomías a la ciencia, que al arte le sientan muy mal.

¿Qué es Balada clandestina? Pues un magnífico libro. De hecho, uno de los mejores que he leído en tiempos recientes. ¿Es una novela o un cuentario? Es ambas cosas: una novela estructurada en una serie de cuentos a guisa de capítulos. Estos cuentos pueden leerse como unidades autónomas, independientes, o dentro del contexto novelístico.

¿Es esto nuevo? No. Es tan viejo como el mundo. Tomen ustedes cualquiera de los evangelios. Dejando por fuera toda consideración teológica, soteriológica o salvífica, bien pueden ser tipificados como novelas. Hay en ellos una trama principal, varios temas secundarios, multitud de personajes, un protagonista, y un espectacular, mayestático desenlace. Encontramos la heteroglosia y la polifonía que Mijaíl Bajtín consideraba constitutivas de la novela moderna: una multiplicidad de voces simultáneas que tienen, cada una, su propio registro, su propia tonalidad, su propio idiolecto.

Como toda novela moderna, los evangelios son formalmente porosos, elásticos, y acogen en su seno multitud de géneros y modos discursivos. Son cuentarios en la medida en que las parábolas de Jesucristo operan como microficciones, cuentecitos, apólogos (pequeñas alegorías portadoras de un mensaje moral). Estos cuentos (el hijo pródigo, los talentos, el buen samaritano) se integran a la macronarrativa que representa la gran saga de Cristo. Sin embargo, ahí no se agota la formidable heterogeneidad, la hibridez literaria de los evangelios: las “Bienaventuranzas” son poesía pura, de la más bella que se haya escrito. Lo son a tal punto que incluso echan mano de la anáfora (recurso retórico consistente en comenzar cada verso con la misma fórmula, en este caso: “bienaventurados los…”).

Precisamente, 'Balada clandestina' obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en cuento en el 2011. Foto: Editorial Vesania.
Precisamente, 'Balada clandestina' obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en cuento en el 2011. Foto: Editorial Vesania.

Balada clandestina tiene también sus parábolas, sus apólogos, sus alegorías y extensos segmentos que son verdaderos océanos de poesía. Páginas enteras en que la prosa alza vuelo, nos hace levitar, y asume la musicalidad, la eufonía, el ritmo, la armonía, la fluidez, la magia de la gran poesía. Así que estamos en presencia de una novela que funciona como una secuencia de cuentos y que también nos empapa con sus diluviales efusiones líricas. Podemos leerla comenzando in media res (hacia la mitad), o del principio hasta el final, toda vez que los capítulos-cuentos tienen, como ya lo dije, autonomía narrativa.

El degustador de calles

Los personajes están tan vigorosamente retratados, que se salen de la página, se ponen de pie, y adquieren la densidad de alucinaciones, de apariciones. “¿Seré el héroe de mi propia novela?”, se pregunta David Copperfield al dar inicio a su relato.

Faustino comete lo que Gusdorf llama “el pecado original de la autobiografía”. Pero no se propone a sí mismo como héroe o antihéroe. Su protagonista es eminentemente citadino, un degustador de calles, un boulevardier –lo llamarían en Francia–. Su mundo es la ciudad, y en ello es un hijo directo de Charles Baudelaire, encarna la noción del flȃneur (un merodeador de avenidas, cafés, tiendas, un ocioso catador de los placeres específicamente urbanos, una criatura de gran ciudad, que camina y observa, tomando nota de las mil cosas que el zoológico humano ofrece como materia prima para la creación literaria).

Balada clandestina es una novela erótica, sobrenatural, de denuncia social, de terror, de introspección, de suspenso, de evasión, de onirismo, del absurdo, de reflexión filosófica y teológica, y eso nos habla de la inmensa riqueza psicológica y la profunda verdad humana del protagonista (“agonista”, lo hubiera llamado Unamuno).

La obra acepta todas las lecturas posibles: sociocrítica, psicoanalítica, histórica, teoría de género, estructuralista… Es lo que en Francia se denomina un roman fleuve. El español solo nos ofrece la palabra “río” para designar cursos de agua tan diferentes como el Amazonas y el Virilla. En francés, fleuve designa un río amplio, largo, caudaloso, navegable: el Sena, el Rin, el Danubio; mientras que rivière alude a un curso de agua modesto. La expresión roman fleuve sugiere la idea de una novela que abarca la vida entera, en toda su multiforme e inagotable extensión. En busca del tiempo perdido, Cien años de soledad y Don Quijote son romans fleuves.

Balada clandestina es también lo que los alemanes llaman un Bildungsroman, esto es, una novela en la que asistimos a la evolución y crecimiento espiritual de un protagonista, que atraviesa diversas pruebas iniciáticas, y es duramente testado por la vida antes de adquirir la madurez. El Principito, David Copperfield y Lazarillo de Tormes son Bildungsromans.

Como fotógrafo, Faustino Desinach tiene más de 40 exposiciones individuales y colectivas. Como escritor ha hecho novela, cuento y poesía. Foto: Cortesía de Adriana Herrera.
Como fotógrafo, Faustino Desinach tiene más de 40 exposiciones individuales y colectivas. Como escritor ha hecho novela, cuento y poesía. Foto: Cortesía de Adriana Herrera.

La comida y la bebida es uno de sus leitmotivs. Nunca se celebra un cónclave sin que se reporte qué platillos comieron y qué bebidas consumieron (típicamente cerveza con chifrijos).

La muerte es otro. Pierdo la cuenta de las veces en que el protagonista aborda la línea de buses Sabana-Cementerio. Por otra parte, la conmovedora búsqueda de la tumba materna en el camposanto constituye uno de los momentos más lacerantes de la novela. Y de Berenice, la amada, sabemos que es enterrada en el Cementerio General. ¿Existen siquiera, el protagonista y su compañera? Razones hay para dudarlo. En una de sus excursiones a las catacumbas, el autor se pregunta: “¿Estamos muertos? ¿Somos acaso reflejos de nosotros mismos? ¿O solo somos vestigios de nuestro propio pasado?”.

Y aunque la novela está llena de referentes urbanos josefinos, la ciudad se llama Vesania… saquen ustedes sus conclusiones. ¿Estaremos en presencia de un baile de espectros, a lo Pedro Páramo? Es algo que cada lector debe dilucidar. La obra es ambigua, anfibológica, equívoca, nebulosa: un texto abierto.

Constantemente Faustino interpela a los lectores (magnífico recurso para reenganchar su atención). Es así como de pronto nos lanza a la cara: “¿Han hecho ustedes el amor dentro del mar y bajo la lluvia?” Por lo que a mí atañe, nunca he vivido tal cosa. Pero el día menos pensado me regalaré a mí mismo esa fantasía.

Lean Balada clandestina, gócenla, saboréenla, huélanla, cómansela: es el tipo de libro que solo admite una aproximación erótica, táctil, sensorial. Debe ser leída desde el fondo de la sangre, de las vísceras y los huesos. ¡Tan divinamente carnal! ¡Tan puramente carnal! ¡Tan deliciosa y perversamente carnal!