100 años de Ingmar Bergman: Volver al teatro es volver a casa

Ingmar Bergman estaba seguro de que el teatro era su casa y donde empezaban los sueños y las pesadillas.

Silvia Arce Villalobos. 14 julio, 2018

Las imágenes inmortales que Ingmar Bergman le ha dejado al cine son veneradas como un patrimonio visual de la humanidad: esos inquietantes e infinitos primeros planos que nos hacen un nudo en la garganta y en todo el cuerpo, ese gesto preciso y lapidario de un silencio o una pausa o los más vergonzosos miedos y perversiones contenidas en una frase o una mirada son ese sello, esa marca que todos los amantes de la poética del cine reconocen en Bergman y algunos de sus acólitos.

Pero está el teatro y esa historia de amor y pasión incondicional entre uno de los más grandes artistas escénicos que ha visto el siglo XX y ese lugar al que siempre volvió, al que revisitó cientos de veces para encontrar quizás más preguntas que respuestas, porque si estaba seguro de algo era de que el teatro era su casa y donde empezaban los sueños y las pesadillas.

Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Kollationering av ETT DRÖMSPEL Premiär på Kungl.Dramatiska Teaters Lilla scen 1986
Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Kollationering av ETT DRÖMSPEL Premiär på Kungl.Dramatiska Teaters Lilla scen 1986

Cerca de cumplir 86 años, Bergman concede una serie de entrevistas lideradas por una destacada periodista, Marie Nyreröd, en las que desnuda de manera sentida y contundente lo que ha significado el teatro en su vida, para entender sus otras pasiones y necesidades, lo que podría hacernos reflexionar sobre estos lenguajes –el cinematográfico y el teatral– vistos por algunos como antagónicos en su contexto técnico. Bergman logra dibujar una línea continua, tensa a veces, versátil y escabrosa otras tantas, entre el teatro y el cine que engrandece las posibilidades de ambos como universo creativo.

En la escena segunda del Acto III de Hamlet, el príncipe de Dinamarca reúne a sus actores, quienes están a punto de representar la cruel muerte de su padre, y resuenan para siempre las siguientes acotaciones a los intérpretes (a la mejor manera de un director teatral o cinematográfico):

“No seas tampoco demasiado tímido, deja que tu discreción sea tu guía. Ajusta la acción a las palabras y las palabras a la acción, cuidando en especial de no exceder la sencillez de la naturaleza. Porque algo así se opondría a la razón del ser del teatro, cuyo fin, desde el principio hasta ahora, ha sido y es, sostener, por así decirlo, un espejo ante la naturaleza que muestre a la virtud su propio rostro, al vicio su verdadera imagen, y a la misma encarnación del tiempo su carácter y su sello.” (en la traducción de Joaquín Gutiérrez).

Y es que estas “primitivas” técnicas de la dirección escénica sugeridas por Shakespeare en la voz de Hamlet son aplicadas magistralmente por Bergman en cualquiera de los dos espacios que se ofrezcan, porque la traducción que hace al gesto cinematográfico amparado en los planos, la iluminación o la cadencia de las imágenes, la logrará en el teatro gracias a otros recursos como la palabra dicha, la resolución de la acción dramática, tono, el foco y la atmósfera sugeridos tanto por el dramaturgo como por su propia visión e intuición como director.

Bergman ha compartido a través de su lente pavoroso las perversiones y miedos más latentes y universales del ser humano moderno: la muerte, la incomunicación, la agresividad, la incertidumbre, la infidelidad… estos temas van y vienen en un terrible discurso que nos habla siempre de nosotros, de lo que somos o podemos llegar a ser (de nuevo Shakespeare en la voz de Ofelia). O bien, de lo que hemos sido en nuestros más oscuros sueños.

Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Ingmar Bergman fue un guionista y director de teatro y cine sueco
Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Ingmar Bergman fue un guionista y director de teatro y cine sueco
El niño que jugaba al teatro

El sueño de Bergman en el teatro se remonta a su infancia, cuando tenía una especie de teatrino con títeres de papel, imagen que mucho tiempo después escollará en la pantalla grande con la inigualable Fanny y Alexander (1982) que pone a prueba la maquinaria cinematográfica y teatral para hablar un lenguaje unívoco: el lenguaje del arte.

Bergman vuelve al teatro siempre. Hasta en los momentos en los que parece que está dedicado en su totalidad al cine. Sus regresos y visitas constantes al teatro las hace de manera más intensa y descarnada de la mano de uno de sus autores predilectos y su “alma gemela” August Strindberg (1849–1912).

Strindberg representa ese impulso onírico y destructivo que asiste a su cine y a sus obras teatrales en forma recurrente.

Era apenas un adolescente cuando leyó El pelícano de Strindberg y tal como lo ha revelado alguna vez, sintió que este autor le hablaba de cosas que aunque en ese momento no asimilaba por completo, hizo mella en su vida como creador.

Strindberg se cuela en el alma de Bergman, en el ojo de Bergman y le habla con mil voces a él que sabe también de rabia, de locura, de muerte, de soledad, de sexo, de tortura y de represión.

Es decir, le habla del hombre moderno y su desgracia de ser en este mundo, de seguir siendo en medio de la ansiedad y la incertidumbre.

No en vano, puso en escena más de una treintena de obras de este autor sueco, haciendo múltiples versiones de El sueño, obra que lo marcó en su vida íntima y artística (si es que hay divisiones posibles). Bergman vivió también en el mismo edificio que Strindberg y atesoraba los volúmenes de sus obras para ir a ellas una y otra vez. Se cierra el telón, se apagan las luces y queda el silencio. El silencio que es materia prima para crear. Strindberg lo sabía. Bergman lo sabía.

El cine visita al teatro porque es siempre como volver a casa. Ese lugar donde todo surge, ese espacio de lo cotidiano que se refracta en mil imágenes y que me recuerda que yo soy también todos esos de afuera, con sus miserias y angustias a cuestas.

El teatro es la casa y los grandes creadores lo saben y por eso vuelven, vuelven como sea a deambular por los escenarios, vivos o muertos, pero la certeza es que vuelven a él y lo ansían como Odiseo a Ítaca.

100 años de Ingmar Bergman: un cineasta capaz de desnudarnos - La Nación
100 años de Ingmar Bergman: un cineasta capaz de desnudarnos

Nacido en 1918, el sueco transformó la historia del cine. En el 2018, ¿todavía tiene algo que decirnos su vasta obra?

Por: Fernando Chaves Espinach.   Hace 2 minutos
Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Ingmar Bergman fue un guionista y director de teatro y cine sueco
Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Ingmar Bergman fue un guionista y director de teatro y cine sueco

Cuando se empieza a hablar de un artista solamente con superlativos, las flores quedan ocultas por el espesor de los árboles. A cualquier cinéfilo le queda claro que Ingmar Bergman, el portentoso cineasta sueco, es un maestro, un genio de su arte. Después de decir eso, ¿qué queda?

Lo que suele perderse entre las conmemoraciones de un creador así es que detrás de los troncos más gruesos y los matorrales –una epopeya doméstica como Fanny y Alexander (1982), un poema filosófico como El séptimo sello (1956)– quedan todavía escenas, películas y documentos que pueden decirnos algo nuevo de una de las empresas artísticas más escrutadas del siglo XX.

Una flor: el rostro de la joven entregada al sol, exuberante en su belleza, en Un verano con Monika (1952). Un raro encuentro: la intensa confrontación de ansiedades de las tres futuras madres de En el umbral de la vida (1958), premiada en Cannes pero poco vista desde entonces.

Con algunas de sus obras más conocidas se corre el riesgo de obviar lo que subyace a lo impresionante: entre tanto alboroto en Secretos de un matrimonio (1973), tanta pelea y hostilidad, es fácil dar por sentado un brochazo maestro de actriz (Liv Ullmann) y director, que es tener a la mujer comiendo en el momento que su vida se quiebra, un gesto de domesticidad tan puro que amplifica el escándalo de cinco horas a su alrededor.

Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Film, 1957 The Seventh Seal Plague ravages the land as a knight on a spiritual quest plays chess with death.
Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Film, 1957 The Seventh Seal Plague ravages the land as a knight on a spiritual quest plays chess with death.

A 100 años de su nacimiento, Bergman no se encuentra en la misma posición que antaño, quizá porque los gustos han cambiado o porque se abusó de ciertas lecturas de su obra: la existencialista, ya muy estirada, o la psicoanalítica, tan ampulosa y abrumadora.

“Ingmar Bergman, un sofisticado lugar común de la cinefilia pretérita, una ostensible anomalía en el cine contemporáneo. ¿Qué sucedió? ¿Ya es parte del museo del cine?”, escribió hace unos días Roger Koza, a propósito del centenario (este 14 de julio). “Para varias generaciones de cinéfilos, Bergman ha sido un prócer distante de una cinefilia que no tiene asidero en el presente; para otros, se trata de un nombre ilustre del que se desconoce casi todo”.

¿Es así, a pesar de cátedras, publicaciones, restauraciones y montajes teatrales? Koza dice que no, y lo niega también la nutrida agenda que en múltiples ciudades europeas y americanas. La pregunta directa sería si tiene todavía algo que decirnos.

Un hombre serio

Ernst Ingmar Bergman nació en Uppsala en 1918, hijo de un severo pastor luterano, Erik Bergman, y Karin Åkerblom, una enfermera de buena familia. De cierto modo, su infancia no cesó: fue siempre la fuente de la que manaban los mayores placeres y temores explorados en sus películas. Hasta cuando se había “retirado”, siguió contando esta etapa de su existencia, dándole forma de guion y libro como Las mejores intenciones, filmada por Billie August en 1992.

Sus recuerdos de la época impulsan ejercicios de toda índole, como el dulce cortometraje El rostro de Karin (1984), donde examina la cara de su madre por medio de fotografías de todas las épocas. La cámara es tierna pero incisiva, y en cierto modo se percibe la impenetrabilidad de esa figura materna que tanto pesaba sobre el artista. El rostro de la mujer revela tanto como esconde: es hondura y superficie a la vez.

Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Bibi Andersson, Liv Ullmann
Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Bibi Andersson, Liv Ullmann

Esa paradoja alimenta uno de los hilos conductores del arte de Bergman. El rostro en su trabajo busca mostrar la vida que esos ojos han visto. “Soy un voyeurista. Mirar a alguien, ver cómo cambian la piel, los ojos, cómo cambian todos esos músculos todo el tiempo –los labios–... para mí siempre es un drama”, decía.

Ese paisaje, el más sobrecogedor de todos, une todas sus cintas, desde Crisis (1946) y hasta Saraband (2003), su testamento (murió en el 2007 en la isla de Fårö, Suecia).

Después de Sonrisas de una noche de verano (1955), premiada en Cannes, su éxito solo seguía ascendiendo. La alegoría existencialista de El séptimo sello (1956), donde un caballero juega ajedrez con la Muerte para salvar a una familia, lo había mostrado como un artista sin miedo a tratar los “grandes temas”. Fresas salvajes (1957), donde un profesor anciano repasa su vida mirándose en el espejo de sus seres queridos, lo había mostrado como un excavador de la memoria y de las relaciones humanas.

Era también, y a la vez, fácil de caricaturizar como un hombre gris e impenetrable. Ese ha sido uno de los acercamientos más comunes a su cine, si es visto solo como una colección de neuróticos e hipócritas.

Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Television, 1974 Scenes from a Marriage
Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Television, 1974 Scenes from a Marriage

No obstante, a sus personajes los somete tanto a la tortura como al ridículo; eso sí, el género cómico en sí le resultaba incómodo, y las películas de su primera década como cineasta tartamudean por la tensión no resuelta entre su nihilismo y la chispa cómica.

“Soy inmensamente feliz por haber descubierto la comedia como forma de expresión”, escribía Bergman. “Sin embargo, es un medio que exige un grado tremendo de precisión, ligereza y cuerpo”.

El teatro de la vida

Precisión, ligereza y cuerpo funcionan bien para abordar la obra de Bergman como tragedia y comedia, agonía y éxtasis.

En los años 60, después de la tibia El ojo del diablo (1960), Bergman aborda su cine con una rigurosidad inusitada. Profuso y consistente, explora la crisis de la modernidad: en ausencia de Dios y naturaleza, la voluntad humana queda sola, a cargo de darse sentido a sí msima.

Al volcarse a Dios –el de su padre–, Bergman encuentra silencio (como en Los comulgantes, donde un pastor falla en darle consuelo a su rebaño en una capilla rural, y El séptimo sello), una ausencia presente que angustia a sus personajes.

Como escribía el filósofo Leszek Kolakowski, si Dios está al tanto de nuestra experiencia, sabe del mal y del sufrimiento, y siendo así, ¿puede ser perfectamente feliz, sin necesidades ni carencias? Por tanto, o Dios es mudo, sordo y ciego, o Dios tampoco es feliz. ¿Qué esperanza vamos a tener nosotros?

La única esperanza imaginable sería la posibilidad de encontrarnos entre nosotros mismos y por nuestra cuenta. El tesoro perseguido del cine de Bergman es el contacto humano auténtico, desprovisto de máscaras.

Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Gunnar Björnstrand, Max von Sydow
Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Gunnar Björnstrand, Max von Sydow

Con frecuencia en el cine de Bergman, las parejas discuten sobre la hipocresía y sobre el peso de las palabras, atados al lenguaje para el reconocimiento mutuo y del mundo.

Aunque las manos toquen los rostros (Persona, 1966, Gritos y susurros, 1972, Cara a cara, 1976), no pueden comunicar mayor cosa; dependen del lenguaje, que es traicionero, a menos que tomen otra ruta peligrosa: el cuerpo. Es peligrosa porque pone al individuo en conflicto consigo mismo. Promete respuestas que nunca articula bien, ni con uno mismo ni con el otro: el deseo, por ejemplo, es un lenguaje sin diccionario.

Así, las hermanas Ester y Anna, en El silencio (1963) son dos caras de la misma moneda. Una es pura experiencia sensual del mundo, a la otra la asquea el cuerpo. “Es todo tejido eréctil y secreciones corporales”, dice Ester.

Todo esto es pesado y denso. Una crítica común a Bergman es que se regodeaba en esa dificultad, feliz de abrumar al espectador con los sufrimientos de sus pobres personajes. Puede ser aburrido y cacofónico; puede cansar. Pero no podemos ignorar la vivacidad evidente en las actuaciones de su tropa de actores, todos excelentes en apegarse al guion al tiempo que improvisando con aquel “drama” del rostro.

Liv Ullmann, Bibi Andersson, Ingrid Thulin, Max von Sydow, Erland Josephson, Gunnar Björnstrand, Harriet Andersson fueron esos intérpretes que, como la caravana de juglares en El séptimo sello, iban de cinta en cinta impregnándolas de pasión, deseo y carnalidad.

Bergman, que podía ser ácido, les daba pocas instrucciones. Los veía ensayar y decía: “Un poco más, un poco menos”. Y aún así, ¿hay enfermedad más vívida que la de la hermana destruida por el cáncer en Gritos y susurros? ¿Hay pavor más incendiario que el de La hora del lobo (1968)?

Nos dan placer sensual: el sol entre los árboles, en Fresas salvajes, o el baile en torno al árbol navideño y el descubrimiento de la magia de las imágenes, en Fanny y Alexander. Verlos actuar, en sí, ya es un deleite. De esto es capaz la ficción, pensamos; a esto podemos llegar para tratar de entendernos.

Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Ingmar Bergman fue un guionista y director de teatro y cine sueco
Fotos: Pagina oficial/ www.ingmarbergman.se Ingmar Bergman fue un guionista y director de teatro y cine sueco

“Porque ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara”, promete San Pablo a los corintios. ¿Cuándo será ese entonces, en ausencia de Dios? Cuando nos veamos unos a otros, capaces de reconocernos así como somos. Eso buscaba Ingmar Bergman sometiendo a sus “rostros” a los extremos.

Si hoy nos parece solamente un histérico, quizá sea porque hemos cambiado. Nos falta el tiempo, vivimos de tensión en tensión, de cosa nueva en cosa nueva; todo urge y nada queda.

Un autor como Bergman, obcecado en picar la misma piedra a lo largo de medio siglo, puede parecernos anticuado, un modelo ya superado. O tal vez queremos seguir viendo veladamente. Siendo así, Bergman todavía tiene mucho que decir.


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