
La pequeña Vicky se sentó frente a la hoja en blanco, se armó de lápices y, con esa inspiración que le brotaba desde temprana edad, dibujó un conejito que, esponjado y rebosante de contentera, se dirigía a la escuela.
“¿A dónde está la escuela, que no la veo?”, preguntóle cariñosa su mamá, artista plástica de profesión. “Es que no ha llegado”, le contestó ingeniosa la niña. Sin embargo, la madre siguió agitando las preguntas como suiza que invitaba a que la creatividad de la pequeña no dejara de brincotear.
¿Por dónde va entonces? ¿Qué hay en ese camino?, fueron las nuevas cuestiones que llevaron a Vicky a llenar la hoja de árboles, pájaros y una casita que completaron su obra. En aquel hogar, liderado por una artista, los dibujos de la niña y sus demás hermanos no sorprendían ni se colgaban en la refri.
Pero de esa madriguera de retroalimentación constante salió el talento y la disciplina que llevaron a Virginia Ramos a ser una de las ilustradoras más importantes de la historia de Costa Rica, con una carrera que inició muy joven en las páginas de la extinta Revista Zurquí a finales de los años 70.
A sus 66 años, Ramos ha llenado de color y fantasía más de 120 libros. Sigue vigente e incluso más inspirada que nunca, pues su vida, como la de aquel conejito que dibujó ya hace muchos días, se ha rebalsado de felicidad y arte gracias a dos radiantes nietos gemelos.
“Ya están disfrutando de los libros, aprendiendo a valorarlos, porque antes lo que hacían era agarrarlos y tirarlos para arriba y los desarmaban, pero ahora están entendiendo de qué se tratan. Esa es la idea, no había que estresarse, por eso es que los libros para bebés son así. Se convierten primero en un artículo de juego, en un juguete más; no es que el libro tenga que ser una cosa que esté fuera del mundo”, cuenta con ilusión de abuela enamorada.

Y además de sus dos nietos, una niña también le trajo recientemente una alegría, volando descalza entre un cielo color tierra y un suelo de jade, con un libro en blanco como paracaídas. Se trata de su más reciente obra publicada, la cual le valió el primer lugar de la Muestra de Ilustración del II Encuentro Centroamericano de Literatura Infantil.
A raíz de su premiación en el evento realizado en Guatemala —que tomó a su niña voladora como emblema— Ramos conversó sobre la importancia de la literatura infantil y la ilustración, los retos de las nuevas generaciones y la inteligencia artificial.
—¿Cómo fue el proceso detrás de esta ilustración, premiada en Guatemala?
—Mandaron una invitación a todos los que habíamos participado en la muestra del año pasado para un concurso que le diera imagen al encuentro de este 2026, llamado Territorios y raíces. Me puse a pensar en nuestras raíces, pensaba en todos los países y decía: ‘Puchis, es que somos tan diferentes’. Somos un compendio pluricultural y multiétnico. Pero no quería que pareciera una postal turística, sino algo más universal. Entonces, pensé en la literatura que nos une.
“Me pasó una cosa muy curiosa. Hice el afiche y en eso se me vinieron una cantidad de situaciones familiares complejas y se me olvidó. En eso, me pregunta un colega si iba a participar en el concurso y me dice: ‘Mañana se vence el plazo’. Vine en la noche a mi casa y me quedé como hasta las 12 afinando los detalles que me faltaban”.
—Ustedes no trabajan por los premios y menos alguien con una trayectoria tan consolidada como la suya. Pero, ¿qué sintió al ganar el concurso y que su ilustración fuera elegida como el emblema del evento?

—Cuando recibí la noticia, me alegró muchísimo porque me sorprendió. Sinceramente, no lo estaba esperando; es mejor no esperar mucho. Me alegró mucho y eso implicaba que me invitaban al encuentro, que disfruté muchísimo. Aprendí mucho de conversar con gente de la cultura bribri, con don Quince Duncan, representante afro, gente de El Salvador, Guatemala, Belice… de cada país y todo lo que nos falta por descubrir en este pedacito de tierra pequeñito. Es como meterlo todo en una cajita comprimido y, donde uno la abre, sale todo.
—Viene de un evento en que se celebra la literatura infantil. En esta crisis educativa, con niveles de lectoescritura alarmantes, ¿Qué importancia revisten los esfuerzos que puedan hacerse para reencontrar a las infancias con la literatura?
—En muchos países europeos las escuelas están volviendo a escribir otra vez, a contar los cuentos y sacarlos de las pantallas. El niño necesita el libro físico y que sea un libro bonito, bien ilustrado y ojalá de pasta dura; que tenga un valor físico también.
“Para empezar, los libritos tienen que ser bien ilustrados, porque eso también les va desarrollando un sentido de la estética y eso les estimula para que ellos creen sus propias historias. Por eso es que también hay libros que se llaman silentes, que no tienen texto y son de pura ilustración, donde ellos tienen que ir inventando la historia y contando el cuento”.
—¿Qué pasa con esa parte que los estimula a pensar y crear, cuando a lo que están expuestos es a un bombardeo de información en las pantallas?

—Tengo mucha fe y esperanza de que eso se pueda, no digo que revertir, pero equilibrar sí. Y no es luchar en contra, porque tampoco estoy en contra de la tecnología y los avances, pero por lo menos que haya espacio para la lectura física. Ayer me mandaron una foto de mis dos nietos sentaditos viendo libros y me hizo gracia que estaban con los libros al revés. Mi hija me dijo que eso pasaba el 80% de las veces y que no les daba vuelta porque ellos mismos tienen que darse cuenta.
“Hasta ese tipo de cosas, la pantalla te lo hace automáticamente; un libro no. Además, en un libro tenés un respaldo de una editorial de que lo que te están diciendo es lo que es. En la pantalla te pueden decir 100.000 mentiras y te las tragas fácilmente. El exceso de estímulos va a crear un adolescente aburrido que va a esperar a que alguien o algo de afuera le resuelva su aburrimiento. Es importante que aprendan a aburrirse y que piensen en qué hacer y hasta que elijan no hacer nada.
”El libro tiene la cualidad de que vos te sentás a tu ritmo, lo vas viendo, te devolvés, sin que te esté cayendo un anuncio de que tenemos una promoción de no sé cuánto, descarga la app de aquí y de allá. Eso no pasa cuando estás con un libro. Tengo la fe de que eso se puede equilibrar, porque muchos papás y jóvenes que van a serlo están tomando conciencia de eso”.
—¿Cuáles son las consecuencias de esa sobreestimulación?

—Ahora hay una presión de que siempre se tiene que estar haciendo algo, que todo tiene que ser perfecto. Tuve estudiantes que cogían los bocetos que hacían y los arreglaban, cuando en realidad tienen que mantenerse con las imperfecciones y correcciones. No les gustaba ver algo con tantas imperfecciones, todo tenía que ser perfecto: el cuadrado, el triángulo, el círculo... O sea, qué aburrido.
—¿Considera necesario reivindicar la literatura infantil y la ilustración de cara al futuro? A veces se piensa que es algo o muy de niños, o de viejitos contando a sus nietos, y que los artistas de los 20 a los 50 deben dedicarse a cosas ‘más trascendentales’...
—A mí me pasó que, entre mis colegas, ser ilustradora no era común en ese momento y era visto como un arte menor. Me lo cuestioné varias ocasiones, pensando si realmente lo que yo estaba haciendo tenía sentido. Con el tiempo me empecé a dar cuenta de que claro que tenía mucho sentido y que hasta requería matarse el doble.
“Ahora se está produciendo mucha novela gráfica para adultos y el álbum ilustrado se centra en la problemática de los niños, en qué necesitan. Ya no es el cuento clásico con la moraleja al final, sino que es la chiquita que ya no quiere vestirse de tal forma o el chiquito que se siente mal porque no calza con el resto de los compañeros. Hay temas sobre la muerte, inclusive hasta de suicidio o depresión para niños más grandes. Son libros que te dejan preguntas más que respuestas”.
—Si tuviera que poner algunos libros ilustrados en las repisas de niños y jóvenes para que conecten con la lectura, ¿cuáles elegiría?

—Es así, de Paloma Valdivia de Chile. Es un libro tan sencillo, pero habla de cómo es la vida, si unos vienen, otros se van; a veces estamos muy felices o muy tristes.
“Los cuentos de mi tía Panchita, de Carmen Lyra, siguen siendo importantísimos y reflejan mucho cómo somos nosotros. E ilustrados por Juan Manuel Sánchez, con esa sencillez, esa línea tan depurada que lo deja a uno así como dando vueltas, de todo lo que nos narra esa imagen.
“Mo de Lara Ríos es un libro que hay que leer; reivindica mucho a las mujeres.
“Pedro y su teatrino maravilloso, de Carlos Rubio. Tiene unos cuentos muy lindos, muy mágicos y con historias de todo, superinteresantes.
“Un clásico que para mí siempre tiene que estar presente: Caperucita roja. Es un símbolo de lo que nos pasa a muchas mujeres cuando entramos en la adolescencia y estamos expuestas a un montón de situaciones que son muy agresivas".
—También estamos sobreestimulados de creaciones con inteligencia artificial. ¿Le preocupa que el músculo económico detrás de la literatura y la ilustracion llegue a privilegiar esto?
—En ilustración editorial, va a pasar y está pasando. Pero no es una cosa que le esté quitando trabajo a un montón de gente. En publicidad, sí. Personalmente, he hecho varios experimentos con inteligencia artificial y todavía no le he encontrado la gracia, porque es como que me quitaran las alas de explorar. Yo quiero que cada libro que haga lo disfrute más, vivir el proceso más pausado. A mi edad, eso no me está afectando, pero a los jóvenes sí les puede jugar una mala pasada.
“Puede que se pierdan esos procesos de introspección para desarrollar una idea, que se les genere una laguna porque la inteligencia artificial puede resolver y hacerte 10 propuestas mucho más rápido. Pero por otro lado, hay gente que tal vez nunca lo iba a hacer y que con inteligencia artificial desarrolla cosas increíbles. Va a haber de todo: chayotes revueltos con bananos y manzanas. Hay que desarrollar el criterio para escoger qué vale la pena”.

