Es la primavera de 1968. Las calles de París se llenan de frases revolucionarias en las manifestaciones estudiantiles. Los obreros se unen a esas concentraciones. Hay un hervidero humano y de ideas. Es época de utopías a favor de la libertad, de la paz y de la justicia social. En todo el mundo, la juventud explota. Y también ama con el amor más libre, al erotismo.
Sobre esa infraestructura temática desarrolla el director italiano Bernardo Bertolucci, con talento, su reciente filme Soñadores (2003), en coproducción europea. Cuando la voz de la juventud tronaba en Europa y en los Estados Unidos, y en América Latina comenzaba a oírse, tres estudiantes se meten en sus habitaciones y hacen de sus cuerpos, de sus sentimientos y de sus ideas una extraña comunión, con las más distintas manifestaciones eróticas.
Ellos quieren saber hasta dónde pueden llegar. Dos son hermanos mellizos (él y ella), el otro es amigo muy querido por ambos. Entre ellos corren juegos psicológicos, distintas emociones y la sexualidad desbocada. En las calles está el resto de la juventud, y se establece una relación interesante entre ambos espacios. A la vez, la película es un homenaje al cine, al buen cine, porque estos tres jóvenes son cinéfilos adictivos.
Esta cinta hay que verla sin prejuicios: ni políticos ni sexuales. Hay que ir al fondo de su importante contenido, sin quedarse tan solo en sus cohesionadas imágenes, muchas de ellas impactantes, de muy difícil digestión.