
El hilo siempre se rompe por lo más delgado. A los 43 años, reverbera aún en su cabeza la primera máxima de la política: nunca hay que patear al perro equivocado.
A los 22 años conoció al Gran Monstruo, el escurridizo Bill Clinton, y ambos hicieron de la Casa Blanca un muladar, donde descarrilló su vida y se convirtió en la primera persona en tener su reputación destrozada por la Internet.
Con lentitud repasó el cenit de su actuación pública, aquel 6 de agosto de 1998 a las 8:15 de la mañana, cuando llegó a la Corte de Justicia, en la Avenida Pennsylvania en Washington.
Tenía toda la atención sobre ella: había 20 camiones llenos de equipo de transmisión vía satélite, 350 periodistas de todo el orbe, nubes de fotógrafos, técnicos y cientos de curiosos apretujados para verla llegar y salir con su equipo de leguleyos.
La audiencia dejó ganancias estimadas en $85 millones, fue vista cinco veces más que la Guerra del Golfo y 15 más que el escándalo Watergate.
De un sopetón pasó de becaria a celebridad y los comerciantes la explotaron: fabricaron una muñeca que al apretarle la pancita decía “¡Lo que usted quiera señor presidente!”. La firma Cuatro Ases, especializada en productos políticos, estuvo a punto de vender un preservativo idóneo para el sexo oral, que se llamaría Monicondon.
Esa fue una de las estaciones dolorosas del Monicagate, acrónimo gringo para describir los devaneos sexuales que sostuvo la joven en el Salón Oval con Bill el travieso.

Tres años atrás, en 1995, era apenas una tímida practicante recién graduada de psicología en Clark & Lewis College, que aprovechó una oferta para una pasantía en la Casa Blanca.
Al principio dicen que se acercó al vicepresidente Al Gore, pero este era un insípido, así que alzó la vista hacia el el Padre de la Nación.
Y como la ocasión hace al ladrón, en la noche del 15 de noviembre de 1995 trabajó hasta muy tarde con Clinton, en la oficina de asesores presidenciales. El Mandatario la invitó a regresar al día siguiente al Salón Oval.
Llegó, puntual como un tren suizo, y descubrió que la líbido de Bill iba en ascenso; esta incrementó cuando Mónica respondió a sus avances y dejó que Clinton se portara como un niño en una dulcería.
¡Esa mujer!
Los modelos morales de Mónica fueron su tía Debra y su madre Marcia Vilensky, inmigrantes de Europa del Este que llegaron a Estados Unidos tras el “sueño americano”. Ambas se casaron con sendos médicos de Los Ángeles, California.
El marido de Marcia, Bernard Lewinsky, la traía a punta de palos y gritos, por lo que Mónica –nacida el 23 de julio de 1973– tuvo una infancia traumática hasta que el agresor se fue y ella apretó los lazos con su madre.
Con 12 años se vestía y maquillaba como una adulta, en un afán de parecerse a su mamá, quien forjó con su hija una amistad mediada por toda clase de confidencias.
La madre y la tía estaban obsesionadas con ser periodistas y fundaron una revista de chismes llamada Beverly Hills Magazine . La publicación fracasó y Debra siguió, sin éxito, con una columna farandulera en un diario local.
Marcia probó con la ópera; escribió un libro sobre los Tres Tenores y conoció a Peter Strauss, un cantantillo setentón, fuerte y, lo mejor, con mucha plata. Ni mandado a pedir: se casaron.
Así aprendió Mónica el secreto del éxito en su familia: ser atractiva para hombres ricos y poderosos. Los psicólogos, que tienen respuestas aunque no haya preguntas, dirán que ella quería llenar el vacío paterno.
Como fuera desarrolló una tendencia al exhibicionismo, la manipulación, conductas infantiles y la búsqueda de alguien que la protegiera.
A los 19 años inició un romance con Andrew Bleilege, su profesor de teatro en la secundaria y que –entre otras cosas– era casado. Incluso fue niñera de sus hijos y lo chantajeó con la amenaza de revelar el lance a su mujer Kathlyn.
Por dicha la Lewinsky se fue a Washington y ahí encontró la horma de su zapato: Bill Clinton, un presidente promiscuo dispuesto a saltar encima de la primera mujer que le hiciera ojitos.
Según confesó al juez, entre noviembre de 1995 y marzo de 1997, la becaria tuvo nueve encuentros sexuales con Clinton.
La vanidad la consumió y abrió la boca a su amiga Linda Tripp, funcionaria del Departamento de Defensa. Tripp grabó las conversaciones, la persuadió para que guardara los regalitos del “presi”, además de un vestido azul manchado con el semen presidencial.
Con esas pruebas el fiscal general Kenneth Starr montó un caso para destituir al Presidente; condenado por desacato, mantuvo el cargo gracias a una maniobra política en el Congreso.
El muy travieso amante, más falso que un billete de tres dólares, declaró que nunca había tenido sexo “con esa mujer” y si acaso una “relación inapropiada”.
Mónica fue tildada de zorra, ramera, tonta, perdió su reputación y casi la vida. Su dignidad fue destruida por los medios y Clinton la dejó sola frente a la jauría.
Los fracasos profesionales se apilaron para ella y tras ser exprimida por la maquinaria de la televisión barata, se alejó del ojo público. Mónica Lewinsky recobró la sonrisa en tiempos recientes, con bien recibidas entrevistas en las que relató el infierno de escarnio que vivió y refutó, por enésima vez, los descargos de Clinton. Hoy se gana la vida como conferencista –su charla TED sobre cómo sobrevivir al matonismo digital la redimió– y muchos en Washington le han pedido perdón por lanzarla viva en la hoguera de las vanidades.