
Flores tan bellas nunca pueden durar. Jamás fue una niña. A lo sumo una muñeca. Solo le interesaba ser la más hermosa.
Mientras otras mocosas de su edad –seis años– perdían el tiempo en babosadas, ella iba a la peluquera, le hacían la “manicure”, recibía clases de tap- dance y lecciones de modelaje.
Tenía un clóset soñado, con vestidos de locura, zapatos con tacones de aguja, plumas, sombreros, pañuelos, boas, lentes y –como dijo su modista– “podía pasarse todo el día entero probándose ropa”.
Todo en ella encantaba, todo en ella atraía. Dos veces a la semana llegaba el peluquero para teñirle el cabello y retocarle los reflejos; sabía maquillarse como una “grande”; usaba las uñas “divinas” y en la pasarela –¡con aquellos vestidos escotados!– lucía más princesa que todas las princesas.
Vino al mundo para cumplir un sueño: el de su madre. Patricia –Patsy– Ann Paugh era una belleza que llegó a ser Miss West Virginia. Tenía un futuro promisorio, hasta que un cáncer de ovarios le recordó que era una pobre mortal.
Frustrada por el deterioro físico decidió que su hija, JonBenét, la sucedería y culminaría sus ambiciones. Desde que nació, el 6 de agosto de 1990 en Atlanta, el padre John Ramsey quedó impactado por el impresionante atractivo de la bebé.

Los dos concentraron sus atenciones en la pequeña y marginaron a Burke, el primogénito, quien creció a la sombra de su radiante hermana. El padre solo tenía ojos para JonBenét y la madre alentaba ese desproporcionado amor.
Apenas la criatura pudo sostenerse en pie la inscribieron en cuanto concurso había, para convertirla a corto plazo en una reina de belleza infantil. Así conquistó Miss Colorado, Miss Michigan, Miss Charlevoix y Miss Little America.
La niña recibía clases de dicción, modelaje, protocolo y aprendió a comportarse como una mujer, al punto que parecía una muñeca viviente.
El dinero se disparaba para costear los vestuarios y los asesores de imagen. En los desfiles, la chiquita vestía con trajes provocativos, lencería fina y se contoneaba con desparpajo.
A los cuatro años, Burke no aguantó más y un día –con un palo de golf– le partió a JonBenét el pómulo izquierdo; un cirujano plástico le reconstruyó la mejilla y el asunto quedó como un accidente hogareño.
Salvo ese pequeño incidente, que nunca volvió a repetirse porque Burke recibió su merecido, todo iba a pedir de boca.
La noche del 25 de diciembre de 1996 la princesita subió a su habitación, exhausta por la cantidad de compromisos.
Amarga Navidad
Y todo cambió. ¡Lea con cuidado! “Tenemos a su hija”. Debía de reunir $118.000 o degollarían a JonBenét. A la lectura de la carta de tres páginas sucedieron los gritos y Patsy subió enloquecida a la habitación de la niña: ¡No estaba! Ni rastros de ella.
Toda la familia estalló en alaridos y, de inmediato, llamaron a la Policía, que inundó de agentes la casa de los Ramsey para iniciar una búsqueda exhaustiva por los alrededores.
Al cabo de ocho horas, John bajó a la bodega de vinos y encontró a JonBenét. Una sábana blanca cubría el cuerpo.
Le partieron el cráneo con un garrote. La estrangularon. La violaron. El asesino le tapó la boca con cinta adhesiva y le pintó un corazón rojo en la palma de la mano izquierda.
Vestía una suéter larga con una estrella en el pecho, ropa interior blanca, lucía un anillo en la mano derecha y un brazalete, con la fecha del homicidio.
Sin poder dar explicaciones a los forenses, el padre levantó el cuerpo y alteró la escena del crimen.
En el cuarto hallaron un oso de peluche con traje de Santa Claus, que no pertenecía a la víctima y nadie supo explicar cómo llegó a su cama.
Había muchas incongruencias. Las alarmas de la casa nunca sonaron. La familia Ramsey apenas colaboró con la Policía; contrataron dos abogados privados y una relacionista pública para proteger su imagen.
Los primeros sospechosos fueron los padres y el hijo mayor, pero jamás se pudo probar algo en su contra, pese a los hechos tan particulares que rodearon el crimen. Entre las preguntas más importantes están: ¿Quién escribe una nota de rescate de tres páginas? ¿Por qué la cinta adhesiva tenía restos de algodón, del mismo vestido que Patsy usó en la cena de Navidad? ¿Qué hacían, en la oficina de la madre, pedazos de la misma cuerda con que ahorcaron a JonBenét? ¿A quién se le extravía una hija de seis años y primero la busca afuera del hogar?
Parecía un trabajo casero. La revista Vanity Fair aseguró, sin demostrar nada, que John y Patsy usaban a JonBenét para juegos sexuales y, en la noche de Navidad, se extralimitaron.
Una psicóloga atendió a Burke, que pasó viendo videos de la difunta, lloraba como un río y 13 días después del sepelio dijo: “ahora estoy recuperando mi vida”.
Al cabo de 10 años, el maestro John Mark Karr, de 41 años, confesó el crimen de JonBenét. Aseguró que amaba a la chiquita y tenía fantasías sexuales con ella.
Un loco más en busca de notoriedad. La noche del asesinato celebró la Navidad con su familia y no hubo manera de vincularlo con los hechos.
La historia siguió y el cáncer de ovarios consumió a Patsy, que murió en el 2006. John Ramsey se marchó a vivir a Colorado y Burke comenzó una carrera universitaria.
Atrás quedó la Nochebuena de 1996, JonBenét Ramsey, de seis años, no pudo estrenar la bicicleta roja que le trajo el Niño Dios.