No se ponga rejego y deje que, al sol del 25 de julio y a la sombra del mes que Costa Rica se acuerda de gritar güipipía, le eche como retahíla una historia que retumba desde la caliente Bajura.
Se lo juro pariente, por esta cruz en los dedos que beso frente a quien sea, que no es cuento, que estos guanacastecos de los que le voy a hablar son cosa seria. Con decirle que con más de 800 bombas y sabrá Tatica Dios cuántos cientos de canciones, revolcaron la música del país que ni batiendo atol en una paila.
Figúrese usted que un día, de puro ingenio, casi nos dejan sin la pampa, pues provocaron un terremoto que los despegó de Tiquicia y fueron a dar, convertidos en República Independiente de Guanacaste, frente a la costa gringa.

Y, ¡ay, primo, cuando se suben al escenario!… Hay que quitarse el sombrero, el chonete o, de últimas, arrancarse los pelos o arañarse la calva, porque no hay cómo capearse esa embestida de humor y melodías criollas con la que el grupo Los de la Bajura lleva más de tres décadas corneando el corazón de los ticos.
Si usted es del Valle Central y está extrañado de que hace rato no los divisa, pues tranquilo, no vaya a creer que todavía andan a la deriva por el océano Pacífico. Es cuestión de echar un lazo hasta Guanacaste para darse cuenta de que no andan perdidos, ni mucho menos muertos; siguen de parranda eterna y con mucho que contar.
Pero suave, que es bolero; primero la albarda y después salimos a cabalgar en busca de respuestas.
La brega que hizo leyenda a Los de La Bajura

Estos hijos de la bajura que tanto aman y que se les nota hasta en el “hablao” se conocen desde bien güilas. En especial Eduardo Balo Gómez, líder de la agrupación, y el marimbista Abel Guadamuz, que son de una edad similar. Eso sí, sus primeras andanzas no fueron en la música, sino como amigos del colegio que mataban fiebre jugando baloncesto.
Después, a Balo, que empezaba con la guitarra, le dio por entrar a la etapa básica de música de la UCR, en Guanacaste. Si bien lo guanacasteco lo llevaba en la sangre, así como la risa y la chispa, fue estudiando que descubrió a fondo la música de su tierra.
Fue de esta manera que se dio cuenta de lo extenso de la tradición musical en la provincia, pero, también, llegó a la conclusión de que era algo aburrida. Para él, las melodías y las letras de las canciones tenían que hacer yunta con la alegría de su pueblo, pero, como si tuvieran la coyunda rota, andaba cada una por su lado. En resumidas cuentas, Balo concluyó que la carreta no iba para ningún lado.
En esas andaba cuando en los cursos de la UCR llegó, prácticamente siendo un niño, el flautista Leiner Gómez, al que si le dice primo hermano es por jerga pampera, pues aclara que no es nada suyo.
Gómez veía a Gómez y de la impresión no atinaba más que a decir: “Qué carajo más virtuoso”. Ambos empezaron a compartir más que el apellido y a crear música original juntos.
Luego, ya no recuerda muy bien cómo, conoció a otro muchachito de gran talento, el pianista Roberto Tablada. Para el año 90 se reunieron los Gómez, Tablada (que ya no forma parte de la banda) y Guadamuz, y empezaron a afilar lo que se convirtió en su machete por décadas: el grupo Los de la Bajura, al que años después se sumó el percusionista Randall Leal.
Inspirado en Les Luthiers, la salsa y la composición que había aprendido, Balo puso alma y vida en que la propuesta, que debutó oficialmente hace 35 años (1991), fuera algo distinto. Y así fue, aunque la brega estuvo de sudar la gota gorda.
“Siempre pensé que la puesta en escena tenía que estar bien, que tenía que haber un buen equipo de sonido, luces, un sonidista que conociera el repertorio y, la verdad, tardamos muchísimo tiempo en llegar ahí. Primero por el presupuesto, segundo porque no teníamos las personas idóneas para lograr ese trabajo de sonidista y de luminotécnico”, comentó Balo.
“Entonces hubo que empezar a formar a todas esas personas y eso fue un trabajo largo. Creo que nosotros fuimos una escuela para muchos sonidistas aquí en Guanacaste que vinieron a trabajar con nosotros. En aquel momento, les puse a la par sonidistas de la talla de Sergio Torres, por ejemplo, el viejo Sergio Torres, que ha trabajado con Brillanticos y Marfil”, añadió.

Además, Balo echó mano de su formación como administrador de empresas y, sobre todo, de aquello que sabiamente le diagnosticó su papá: “Mirá, huevón, vos ves los billetes donde nadie los ve”. De puntada en puntada fueron cambiando el paisaje, en una escena guanacasteca que, asegura, estaba acostumbrada a vivir de “coyol quebrado y coyol comido”.
“La gente no estaba acostumbrada a pagar por una presentación de música. Decían: ‘Ahí le damos la comida, o lléguese a la fiesta, va a haber guaro como los diablos’, y yo nunca acepté eso. No, usted me paga por un servicio. ‘Pero cóbreme barato’; no, yo le cobro lo que cuesta, ni más ni menos”, detalló el compositor.
“Empecé a darle valor a la gente y a que ellos ganen lo justo, no cualquier cosa. Porque un músico estudia un montón, huevón, y encima de que estudia tiene que comprar instrumentos, equipos… y todavía nos graduamos y seguimos estudiando todos los días”, sentenció.
En el año 95 ya salieron de gira a Europa y, al ver el boom del folklore del otro lado del charco, al líder del grupo se le metió entre ceja y ceja que tenía que recibir el año 2000 con un estudio propio.
Antes de eso, en diciembre de 1998, grabaron en el patio de pilas de su casa, en Santa Cruz, el primer disco de bombas. Desde ese momento, la molienda artística no paró, llegando al punto de que se les hizo norma grabar un álbum de música y otro de bombas al año.
“Producíamos demasiado, demasiado, porque también la venta de discos nos permitía crecer conforme a equipos de audio, iluminación, microfonía y mejorar el estudio. Nosotros éramos dueños de nuestro producto, éramos nuestra propia casa disquera”, afirmó.
Sin embargo, aunque ya habían llevado su música hasta otro continente, su incursión en el resto del país no fue cuestión de soplar y hacer botellas. Todavía recuerda las congojas que pasaban cuando los invitaban a un show en San José y tenían que montar la marimba en el bus… y, más que eso, buscar qué taxi se apiadaba de aquellos entusiastas. “Teníamos ganas de hacer las cosas, además de que estábamos muy jóvenes”, recuerda Balo.
No fue chiripa, fue trabajo, talento y andar tocando puertas. Alejandro Rueda les “pegó un patadón para arriba” cuando los sacó en TV Mejenga y, posteriormente, los monólogos que incorporaron a sus presentaciones fue como echar una carga de leña seca al fogón de éxitos.
Y aunque los monólogos empezaron siendo una intervención única de Balo Gómez, sus compañeros no pudieron quedarse queditos y cada vez les metían más la cuchara. Llegó un momento en que decidieron ensayarlos y darles estructura, saliendo una receta única, que llamaron Quintólogos.

En especial, el que lleva por nombre El día del terremoto —en el que se narra un temblor de Dios Padre que terminó desanexando Guanacaste de Costa Rica— fue un fenómeno que, irónicamente, los hizo darle la vuelta a todo el país.
“La primera vez que vi esa vara, yo tenía que volver a ver para otro lado para no reírme. Y ese quintólogo del terremoto terminó de impulsar la jugada, una cosa exageradísima. Hubo que hacer una gira de terremoto casi que por todo el país”, rememoró con cariño Eduardo Gómez.
En los primeros 15 años de este siglo viajaron con sus espectáculos hasta más allá de donde el diablo dejó la chaqueta y el resultado siempre fue el mismo: “Un pic…zo de gente” que Balo no sabía de dónde salía.
Su legado, incluso, los superó, y no es rara la vez en que por algún rincón oyen una bomba que se les mete como zumbido de chicharra en la oreja, para después de un rato de hacer cuentas y concluir: “¿Esa es de nosotros, verdad?”.
Han sido tan prolíficos que perdieron la cuenta de los discos grabados y tienen tantas letras que sabérselas de memoria sería como contar grano a grano un arrozal. “Sabemos que son más de 40. El que llevaba ese dato era Leiner. Se le perdió”, acota Gómez.

No obstante, lo que sí ha mermado son sus visitas a la GAM. Si pagan su precio y los invitan, van gustosos, pero ya no andan detrás de la gallina, porque, como dicen en una de sus bombas, “una cosa es ser humilde y otra ser baboso”.
Ya de viejos se volvieron “valeverguistas”. Hay concierto en tal lugar y a tal hora y ahí llegan cada cual por su lado. Si alguno no puede, tampoco se estresan, porque en su tierra abundan geniecillos impresionantes que pueden suplirlos. Sumado a esto, también les toca compaginar sus proyectos personales.
Abel tiene su propio conjunto de marimba; Leiner toca para la Banda de Conciertos de Guanacaste y otros grupos; y Eduardo trabaja en lo que ha sido un sueño por años, un disco para orquesta titulado Balo Gómez & The Seal’s Moustache Philharmonic Orchestra.
“Bigote Foca era un señor aquí que era director de la filarmónica de Santa Cruz y me hizo gracia que ellos le decían así. Pero el decir, muy elegantemente, Balo Gómez & The Seal’s Moustache Philharmonic Orchestra… me enganchó desde el primer día. Entonces empecé a hacer un disco de música original para banda”, contó entre risas.
“Tiene parranderas, dos pequeñas fantasías folclóricas, un vals; pero es música para bandas, nada que ver con Los de la Bajura. Algunos temas tienen marimba, porque me parece que la banda debe llevar una marimba también, pero es una percepción muy mía nada más”, añadió el artista, quien se gana la vida con su estudio y su plataforma digital Balo TV, que promociona la cultura y los negocios en Guanacaste.
¿Y por qué en estos tiempos el catálogo de Los de la Bajura no está en las plataformas musicales? La respuesta es fácil: para Balo y los suyos ese negocio no beneficia a los artistas.
“Spotify es peor que las casas disqueras. Todavía las casas disqueras financiaban los grandes conciertos y los lanzamientos. No tiene sentido estar ahí”, aseveró indignado el músico.
Eso sí, si usted quiere disfrutar de sus retahílas, canciones y bombas, puede contactar al grupo al 8813-5366. Por solo ¢25.000 ofrecen su catálogo completo, que le envían hasta su casa en una llave maya.
Pero la cosa no queda ahí, porque lo de Balo con Spotify no es berreo. Bravío e ingenioso como siempre, el artista decidió darles faena y poner sus dotes al servicio de la música nacional, sacando su propia plataforma, Criolla App. En esa aplicación, que está disponible solo en Android porque IOS se las ha puesto complicada, están disponibles sus temas y los de varios artistas por una suscripción de apenas ¢1.500.
Y ojo, que no es cuestión de lucrar. A sus casi 60 años, Balo Gómez no “anda limpio”, pero dice que la plata le “vale m..., sinceramente”.
“Yo no voy a estar echándome todos los meses 70 millones a la bolsa. No, hombre, hay que devolver a la gente un montón de plata, llevar cultura a los rincones más largos de Guanacaste y becar a aquel muchacho que tiene talento no solo para la música, sino para el estudio y el deporte”, dice vehemente.
Y como sudando por el sol picante de su amada tierra, Balo termina con un humor que le chorrea por todos lados: “Hay que financiar eso (becas y cultura), que es importante, porque imagínate ganando 50 millones mensuales solo para uno, no, huevón, pues puta, lo terminan secuestrando a uno”.
