
Aunque parezcan mundos distintos, el flamenco y la salsa son parientes que reflejan la historia y las luchas de gente que no la ha tenido fácil, de quienes convierten la tristeza en fiesta y de aquellos que, incluso con el viento en contra, siguen cantando. Eso lo entendió a la perfección la cantaora española Niña Pastori, quien volcó su voz y su talento en un tributo para una de las instituciones más importantes de la salsa latinoamericana: la Fania.
Uno de los géneros nació entre las calles de Cádiz; el otro encontró su voz definitiva en los barrios latinos de Nueva York. Uno tiene palmas y el cajón; el otro, metales y percusión, pero, al final, el mensaje para el alma es el mismo. Niña, pese a sus más de 30 años de carrera, se aventuró a juntar los dos mundos, respetando la leyenda de cada uno.
Las canciones inmortales de Fania Records y la voz de la Pastori se juntan en el álbum Color Fania, una producción donde la salsa y el flamenco conviven como lo han hecho por décadas: reconstruyendo relatos de las personas.
“Es una música que me identifica muchísimo porque el flamenco también es una música del pueblo, de la calle, de la pobreza, de la pena, de la gente que le cuesta mucho salir adelante, de la gente que no tiene el viento a favor, sino en contra”, explicó la artista española, en entrevista virtual con La Nación.
Para Niña, esa revelación terminó convirtiéndose en un álbum especial, en el que revisitó 11 clásicos del legendario sello neoyorquino, el mismo que fue responsable de llevar la salsa de Héctor Lavoe, Celia Cruz, Willie Colón, Rubén Blades e Ismael Rivera a todo el mundo.
“Para mí ha sido todo un honor y las gracias las doy yo, porque para mí el álbum, más que un homenaje, es un agradecimiento”, manifestó la artista, quien con sus palabras cambió por completo el matiz y la intención del disco.
Niña no quiso disfrazarse de salsera; con su interpretación tampoco quiso competir contra esas versiones que forman parte de la memoria musical y sentimental de millones de latinoamericanos; el respeto por la cultura fue parte fundamental de la producción.
“Me metí aquí con todo el respeto y con todo el amor. Agradecer que esto está ahí y que es un patrimonio de la humanidad”, agregó, porque para ella y para la identidad cultural de América Latina, historias hechas canción como Periódico de ayer, El gran varón, Plástico o Ligia Elena, eso es lo que son: memoria colectiva, reflejo de la sociedad.
Pastori tenía esto muy claro y, por eso, pese a que las ha escuchado durante toda su vida, se dedicó a interiorizarlas antes de atreverse a cantarlas. Cuando las sintió suyas, aplicó sus armas, que nunca fueron las de una cantante de salsa, sino las de una cantaora flamenca.
No fue una apropiación, es un tributo
Existía el peligro de que el recelo patrimonial, enraizado en lo que significa la salsa para los latinos, le jugara en contra; pero no, el álbum no muestra a una española apropiándose, sino a una flamenca identificándose con esas historias desde su propia realidad.
“Esa era la intención”, dijo Pastori, feliz de saber que logró su cometido. En esa misma línea, manifestó que, de ser lo contrario, hubiese sido más bien un karaoke: poner una banda de salsa y cantar encima, y que eso no era lo que buscaba.
“Yo he querido tener mis elementos, mi guitarra flamenca, mis palmas, el cajón, cosas que son nuestras también”, explicó.

Otro detalle especial de esta producción es que, aunque sabía que existían muchas similitudes entre ambos géneros, cuando más fue profundizando en el repertorio, más encontró puentes.
“Son músicas como si fuesen primas hermanas. Tienen mucho en común, a nivel rítmico, incluso”, aseveró la española, agregando que la salsa siempre ha estado presente en las reuniones de los flamencos.
Al final, Color Fania demuestra que el flamenco nunca necesitó convertirse en salsa ni la salsa en flamenco. Bastó con que ambas se reconocieran como lo que siempre fueron: músicas del pueblo, de la resistencia y de la alegría.

