Mientras su contratación espera el beneplácito de la Contraloría, el maestro Daniel Nazareth, director titular de facto de la Orquesta Sinfónical Nacional (OSN), abrió la temporada oficial, el viernes 18, en el Teatro Nacional (TN), ante un conjunto depurado en sonoridad, con una dotación instrumental ampliada y el ánimo reverdecido.
El público llenó el teatro y aplaudió con entusiasmo las pulidas interpretaciones moldeadas por el director y la orquesta de obras de famosos compositores franceses activos durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX.
Solista. Los aplausos y el entusiasmo de los oyentes se extendieron también a la magnífica actuación del israelí Erez Ofer, solista en el Concierto N.° 3, en si menor, para violín y orquesta, opus 61, de Camille Saint-Saëns (1835-1921), que concluyó la primera parte de la función.
La obra data de 1879 y es la única de cuatro escritas por Saint-Saëns para violín y orquesta que se ha mantenido en el repertorio usual; está estructurada en los tres movimientos tradicionales, según el esquema rápido-lento-rápido, con una brillante coda en el último para lucimiento del solista, que Erez Ofer aprovechó de pleno con impresionante despliegue técnico.
El Concierto también es pródigo en melodías memorables y en contrastes entre pasajes líricos y dramáticos, delineados de modo primoroso por el solista, que produjo un sonido amplio, terso y sedoso.
El acompañamiento del director y el conjunto se oyó puntual, solícito y empatado sin fisuras con el solista.
Demás obras. En 1872, Georges Bizet (1838-1875) compuso música para La Arlesiana, una obra escénica del escritor Alphonse Daudet, hoy olvidada por completo si no fuera por las dos hermosas suites extraídas de la música incidental.
Desde los primeros compases de la selección inicial del programa, La Arlesiana, Suite N.° 2, fueron notables la mejoría en el volumen y calidad sonora de OSN, en parte debido al incremento en el número de ejecutantes y su acercamiento hacia el público mediante la prolongación del proscenio, pero, sin duda, más que nada gracias al trabajo metódico desarrollado por el maestro Nazareth y la OSN durante los ensayos.
Sin embargo, fue después del intermedio, en las dos obras de Maurice Ravel (1875-1937), Alborada del gracioso (1918) y Bolero (1928), cuando más se pudo apreciar el alto grado del desempeño alcanzado por la OSN y el maestro Nazareth, mediante las respuestas ágiles y precisas de los músicos individuales, las secciones y el conjunto a las cambiantes texturas y coloraciones orquestales e instrumentales y la sinuosidad de la urdimbre rítmica que caracterizan las piezas.
Al final de Bolero, el clímax de la hipnótica progresión rítmica y del incesante crescendo levantó un clamor entre los asistentes que obligó a la repetición de los últimos compases de la obra.