Carlos Soto Campos. 26 enero, 2017
MARFIL CANTA SU DULCE VICTORIA
MARFIL CANTA SU DULCE VICTORIA

En la casa de Isidor Asch, en Tibás, no dejan de sonar los teléfonos. El celular, el inalámbrico o el otro celular, el de trabajo. Asch recorre los pasillos agradeciendo a amigos, devolviendo el cariño. Lo mismo hace Tipí Royes que, además, está viendo televisión en la sala.

Durante la tarde del 25 de enero el cariño les llega en toneladas, después de que el grupo en el que han trabajado 45 años, Marfil, recibió el Premio Nacional de Cultura Inmaterial Emilia Prieto.

El jurado calificador señaló su capacidad de “interpretar sonidos propios del ambiente caribeño, evocando raíces, utilizando el inglés y el español así como ingredientes de calipso, bolero, cumbia, soul, soca, reggae , y otros”.

Esta música tan dispar en colores y sabores, los ha acercado a personas tanto más diferentes en bares, discotecas, balnearios, salones de baile y hasta festivales en el extranjero.

Su omnipresencia en la agenda bailable nacional y todas las puertas que abrieron en el camino les valió este premio.

“Queremos seguir aportando al pueblo de Costa Rica, de eso no hay duda, porque la música no tiene edad.

”Estoy muy contento y sorprendido de este premio”, comenta Tipí Royes.

“Este premio es algo que nos llena el alma y nos satisface”, dirá Isidor Asch más adelante, cuando las llamadas terminen.

Su emoción es tan evidente como su compromiso con el público: “Seguiremos siendo los mismos músicos callejeros de siempre”.

Galardón. Con o sin premio, el teléfono de Asch no ha dejado de sonar en estos 45 años. Son pocos los ticos que no los han visto en un escenario cantando Representó, Latinoamericano, Menéalo o Saca boom boom .

Ese fue uno de los motivos por los que el jurado los vio como la mejor opción. María Eugenia Bozzolli, una de las tres jurados, explicó a La Nación que elegir al grupo “ayuda a cumplir nuestro deseo de dar a conocer el premio en todo el país”.

“Tienen una compenetración con las audiencias tan grande que es como premiar a todo el país: a Marfil porque ejecutan y al público porque bailan”, agregó Bozzolli, quien ha sido parte de los jurados del premio Aquileo J. Echeverría en Ensayo e Historia.

El Premio Emilia Prieto recibió ese nombre en el 2014, después de que cambiara la Ley de Premios Nacionales. Anteriormente, se llamaba Premio Nacional Cultura Popular Tradicional y se concentraba en expresiones más conservadoras de la cultura nacional.

Isidor Asch en su cuarto de música, junto al cantante Tipí Royes. Ambos son miembros fundadores y se han mantenido como parte del grupo por 45 años. DIANA MÉNDEZ
Isidor Asch en su cuarto de música, junto al cantante Tipí Royes. Ambos son miembros fundadores y se han mantenido como parte del grupo por 45 años. DIANA MÉNDEZ

El premio lo recibieron el marimbista Ulpiano Duarte, el calypsonian Walter Ferguson, la humorista Carmen Granados y el músico e investigador Manuel Monestel. Pero ahora llegó el turno a la fusión caribeña de Marfil.

Origen. En 1973, 11 miembros de Marfil viajaron a San José. Isidor Asch iba a ir a la Universidad de Costa Rica a estudiar Arquitectura y Tipí Royes iba a terminar su quinto año.

Ambos se conocen desde su etapa preescolar y se mantienen como los dos pilares del grupo. Han grabado juntos unos 50 sencillos en vinilo, un LP (disco largo) titulado Marfil y cuatro álbumes en disco compacto: Que no pare, Amuleto, Celebrando y Huele a mar .

“De un disco nunca hemos ganado un cinco, eso sí”, dice Isidor. Llegaron a San José en tren, porque no había carretera a Limón. Era un viaje de seis horas y en la capital toparon “con otro mundo”. Se mudaron a Tibás, en la casa que ahora habita Isidor Asch con su familia.

“No había plata para muchas cosas. A veces nos cortaban el agua pero un vecino nos pasaba una manguera. Si nos faltaba de comer, una vecina nos daba, así nos mantuvimos”, contó Royes viendo por la ventana de su viejo barrio.

El grupo Marfil trató de tocar todos los días, donde fuera. Como los salones de baile no les daban espacio, optaron por tocar en bares, “aunque fuera en un pasillo”, comenta Isidor Asch.

No había escenarios o sonido apropiado. Tampoco dinero para mantener los instrumentos, pero había ganas, un impulso visceral por mover al público que no se puede medir.

Dos caras. Marfil abrió las puertas de los bares a los conjuntos populares y abrió el paso a la música caribeña para que se mezclara con la del Valle Central.

Su música sigue siendo referente para nuevas generaciones; como el grupo Cocofunka, que inspiró la percusión de su sencillo Chúcaro (2016) en el tema Saca boom boom .

La banda también ha compuesto jazz, rock, funk y soul ; “la otra cara del grupo”, dice Royes. Esas composiciones originales les valieron un espacio en el Teatro Nacional en 1989.

“Ese fue un día difícil”, explica Asch. “Ahora es común que toquen ahí música fuera de lo clásico al mediodía o las tardes, pero en esa época fue complicado y polémico. Creo que esa fue otra puerta que abrimos”, detalla Asch.

Marfil ha dejado de lado ese repertorio, pero espera este año recuperar varias de sus grabaciones viejas y compartirlas gratuitamente, para que las descargue quien quiera.

Además, planean una celebración de sus 45 años de carrera, según lo permitan su apretada agenda y su presupuesto.

Lo inmaterial. Marfil se ha mantenido tocando “éxitos de otros y éxitos propios”, dice Asch. Así lo hicieron cuando se mudaron a San José y así lo hicieron en los últimos días: dieron un concierto en Long Horns, en Santa Ana, tocaron en tres actividades privadas y en El Cuartel de la Boca del Monte, bar que los recibe todos los lunes.

Como grupo, nunca han querido definirse en un género y eso les complicó en varias ocasiones firmar contratos discográficos o incluso colocarse en las radios (aunque tanto disqueras como radios fueron parte de su desarrollo y ellos agradecen todo apoyo).

Revisando los últimos 45 años, tanto Royes como Asch coinciden en que sus canciones se dieron a conocer en los escenarios y en ese lugar han mantenido su relación con el público.

En esa expresiones temporales, esos shows de una, dos o cuatro horas, toma sentido que se les premie su aporte “inmaterial” a la cultura del país.

“En los conciertos es cuando el público puede entender mejor cómo somos; ahí es donde vemos la energía real que tienen nuestras canciones”, dice Tipí, mientras el teléfono le empieza a sonar de nuevo.