Melvin Molina. 13 enero, 2013
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El calor y el polvo se mezclaban por igual en ese pequeño salón sin ventanas, en el corazón de la llamada Cueva del Sapo, en La Carpio. Esa mañana de noviembre era como cualquier otra en este sector de La Uruca, donde la pobreza suele ser una fiel compañera.

En medio de esa escena, Brandon García, de nueve años, infló sus pulmones y mejillas y transformó el aire en música con su clarinete. Junto a él, una veintena de niños y jóvenes de esta comunidad llena de carencias trabajan para crear una orquesta sinfónica.

Todos son parte de una iniciativa independiente llamada Sistema Integral de Formación Artística para la Inclusión Social (Sifais), liderada por Maris Stella Fernández. Al verlos trabajar se entiende que son una red de solidaridad que trabaja con pocos recursos económicos, pero lo compensan con muchos deseos de ayudar con lo que se tenga a mano.

La iniciativa nació con 20 flautas dulces, 40 bolillos o baquetas y una guitarra. Desde el primer día tienen un objetivo: transformar la vida de los niños de la comunidad mediante el arte.

El comienzo. En febrero del 2011 este sueño comenzó con dos profesores. Johnny Armenta impartió clases de flauta y Fernández, de guitarra. Como es usual en Maris Stella, al poco tiempo convenció a una sobrina para que les enseñara violín.

Inventar un violín con cajas de cereal fue la solución para dar las primeras clases.

El tiempo pasó. Hoy, al ver el contagioso entusiasmo de Kimberly Mora, de 11 años, mientras sostiene violín y arco, se comprueba que el trabajo va por buen camino.

Quizás falten varios años para que una orquesta sinfónica se conforme en su máxima expresión; no obstante, el cambio ya es una realidad en los pequeños. Ellos transmiten alegría, sentido de la responsabilidad y superación.

Las primeras horas del día son tranquilas en la Cueva del Sapo. Por las calles caminan jóvenes con teléfonos móviles en sus manos, acompañados por sus madres.

La música produjo en todos el mismo efecto: detenerse frente al salón de ensayos, detrás de los barrotes, ver como sus vecinos, primos e hijos seguían las instrucciones de un adolescente que movía sus manos en el aire.

“Toquen como reyes medievales, ¡más fuerte!, ustedes pueden, ¡vamos clarinetes!”, les dijo con entusiasmo Andrey Montero. Él se convirtió, por esa mañana, en el director de esta pequeña orquesta integrada por violines, chelos, clarinetes, flautas traversas, trompetas, trombón y tambores.

Juntos, ensayaban la obra Medieval Kings , composición que fue parte de un recital que ofrecieron en diciembre. El director se mostraba exigente, hizo las pausas que consideró necesarias para lograr que los jóvenes músicos siguieran sus disposiciones.

En su silla de plástico azul y con un clarinete que parecía muy grande en sus manos, Brandon García demostró esa mañana que cumplió con su parte del convenio: le prestan el clarinete para llevarlo a su casa y, a cambio, se compromete a estudiar a diario las partituras.

Solidarios. El proyecto de orquesta funciona con base en voluntariado. Fernández explicó que los profesores son jóvenes en su mayoría. Varios de ellos son estudiantes de música del Sistema de Educación Musical (Sinem), del Ministerio de Cultura. Otros son profesionales, quienes en su niñez y adolescencia aprendieron a tocar un instrumento.

También hay personas de amplia experiencia compartiendo su talento. Un buen caso es el de Ricardo Vargas, exdirector del Sinem y director de orquesta.

Algunos de los instructores voluntarios se habían negado al inicio aduciendo que ellos mismos están en formación. No obstante, Fernández los ha convencido diciéndoles que el conocimiento que tienen es mayor al de los niños de La Carpio, y eso ya es un gran punto de partida.

En este proyecto, la edad mínima para participar es de seis años. Durante un día de trabajo, se puede percibir cierto caos dentro del salón comunal; pero no es real.

Los más pequeños se ubican en un rincón para aprender lectura musical impartida por profesores como Ariana Hutt (profesional en mercadeo).

Unos minutos después Hutt toma el violín que usó cuando fue alumna del Instituto Nacional de la Música y ordena en una fila a los menores que ya llevan un par de meses en clases. Uno a uno le coloca el instrumento en sus manos y hombro. Es evidente que el instrumento es demasiado grande para ellos, pero es el que hay disponible.

Cada menor aplica lo que le enseñan y, unos minutos después, le cede el turno a otro amigo. Con algo de suerte, Fernández y las personas que creen en el proyecto, volverán a reunir dinero suficiente para comprar más instrumentos en unos meses.

“Vine aquí por un amigo, cuando los vi tocar me dije: ‘Yo quiero tocar un instrumento’. Me quedé en violín, y ahora quiero aprender e ir más allá”, aseguró Caleb López, de 12 años, otro de los beneficiados.

La cocina de ese pequeño salón comunitario también se transforma en aula. Ahí, un teclado electrónico colocado sobre un fregadero es aprovechado al máximo. Todo espacio cuenta, por eso la bodega también se vuelve un aula. Una decena de menores aprenden a tocar guitarra allí, con instrumentos prestados en su mayoría.

“Me parece un avance (la orquesta), es una buena forma de pasar el tiempo. Pienso que los que están aquí es porque quieren salir adelante, levantar la moral y alejarse de problemas de drogas”, aseguró Yader Vado, de 23 años, exalumno de guitarra, quien ahora trabaja en una construcción.

En estos once meses también cosechan logros. Han ofrecido recitales en el proyecto educativo Surí, y el 16 de julio fueron parte de un recital denominado Jóvenes Talentos 2012, en el Teatro Melico Salazar.

Dura tarea. Mantener el proyecto a flote no es sencillo. Más instrumentos, mejores condiciones para dar las clases y más profesores son solo algunas necesidades.

Por ello, Fernández fomentará este año la colaboración de socios, personas que se comprometan a donar un pequeño monto de dinero durante un periodo de tiempo. El objetivo es mantener a flote el sistema para beneficiar cada vez a más personas.

Se acerca el mediodía, ya algunos estudiantes recogieron sus instrumentos y regresaron a sus casas. Estudiar música no es sencillo para estos pequeños, pero pocas cosas lo son para ellos.

Por eso, ver la gran sonrisa que se dibuja en sus rostros es la mejor evidencia de que la transformación que busca el Sifais es posible.

“Si se puede cambiar la Cueva del Sapo, ¡se puede cambiar el país!”, afirmó Fernández.

Un sábado más, estos jóvenes profesores cumplieron la tarea. Antes de subir a los carros que los llevarán lejos de La Carpio contribuyen con la economía local. Unos compran tortillas palmeadas en una casa vecina, también cuajadas. Comen todos juntos con el sabor de la tarea cumplida.

Brandon nuevamente practicará duro durante la semana con su clarinete, esta vez, desde su casa. Las verjas de su hogar son el límite que levantó su madre para evitar que el niño corra peligro en las calles. Para Brandon, hijo de La Carpio, la música es una manera de volar más allá de una barrera de metal.