
A sus 19 años, Luis Gabriel Martínez es uno de los alumnos más esforzados de la Etapa Básica de Música de la Sede de Occidente de la Universidad de Costa Rica. Tres veces a la semana – por lo menos– viaja desde Las Juntas de Abangares, en Guanacaste, hasta las instalaciones del programa, ubicadas en Palmares, con el objetivo de convertirse en un guitarrista profesional.
La tarea no es sencilla, cada viaje implica una inversión de ¢4.000 en pasajes de autobús y seis horas de recorrido. Su vida como estudiante comienza cuando aún no ha salido el sol, antes de las 6 a. m., y se acaba a las 10 p. m. cuando el bus lo traslada a su tierra natal. Para Martínez, ninguno de esos sacrificios importa, pues sabe que para conquistar su meta debe formarse en una escuela profesional, y la sede universitaria era lo más serio y cercano que tenía.
Como él, en los últimos 30 años, cientos de niños y jóvenes de la zona de Occidente y más allá han encontrado en este programa de la Escuela de Artes Musicales una vocación y un estilo de vida que les permite apreciar la belleza de la música académica.
Los resultados hablan por sí solos. Según sus registros, cada semestre, 90 estudiantes ingresan a la institución y, en tres décadas, más de 5.000 niños y jóvenes han pasado por este programa.
Los muchachos que han acudido a la institución vienen de comunidades como Palmares, San Ramón, Esparza, Naranjo, Sarchí, San Carlos, Grecia, Puntarenas, Miramar, Abangares, Cañas, Tilarán, Upala, San Carlos, Alajuela, San José y Cartago.
Como parte de su formación, ellos pueden aprender a tocar instrumentos como guitarra, piano, violín, flauta, trombón, corno, tuba, barítono, trompeta, saxofón.
De las aulas de esta institución ha salido una gran cantidad de músicos ganadores de competencias nacionales y extranjeras.
Entre los egresados figura el guitarrista Mauricio Araya Quesada, ganador del Concurso Nacional de Guitarra en 1999, así como la pianista Fiorella Araya, ganadora en dos ocasiones del Concurso Internacional María Clara Cullel y actual estudiante de posgrado en piano en la Rider University, en Nueva Jersey, Estados Unidos.
Con mucho orgullo, esta institución nacional también presume que el guitarrista Edín Solís, integrante del grupo Éditus, no solo fue su alumno, sino que impartió clases años más tarde a las nuevas generaciones de estudiantes.
Para los profesores, el secreto de que tantos niños y jóvenes de la zona hayan adoptado la música como parte de sus vidas, radica en que en esta escuela los niños no solo aprenden del arte, sino de la vida en general.
“Tenemos la visión de formar niños y jóvenes felices; nuestra escuela, a diferencia de otras, no es una institución que se preocupe solo por formar ganadores de concursos (aunque muchos de nuestros estudiantes ya lo han hecho, incluso fuera del país). Para nosotros, lo importante es complementar la formación musical de los muchachos con una educación cultural muy rica, que les ayudará a desarrollarse en cualquier campo de sus vidas, independientemente de si escogen ser músicos o no”, comentó Jorge Carmona, quien es profesor de piano.
Por su parte, Antonio Varela, profesor y alumno egresado de la institución, comentó que otro aspecto importante de este centro educativo es que, como parte de la formación, se refuerza en los alumnos el estudio de la música costarricense, especialmente la de compositores de la región.
“Hemos hecho muchas investigaciones recogiendo la música y a compositores ya olvidados de estas regiones. Todo esto no es letra muerta; son obras que se dan a conocer en recitales y conciertos. De nada vale una gran formación si no se comparte con el público”, dijo.
Cada año, esta institución realiza un promedio de 30 recitales dentro y fuera de la institución, que han logrado reunir a más de 90.000 espectadores a lo largo de sus tres décadas de existencias.
Para los vecinos, la presencia de esta institución ha tenido un impacto positivo, pues no solo se dedica a formar músicos, sino niños que posteriormente destacan en sus estudios y que, incluso, ya cuando adultos realizan trabajos a favor de sus comunidades, como maestros y gestores de actividades artísticas.
“Siento que ha sido una gran experiencia. Los alumnos han logrado grandes cosas y ellos con su trabajo se han convertido en los multiplicadores de artistas en sus comunidades. La Etapa Básica de Música ha abierto espacios que les ha dado a los jóvenes la oportunidad de hacer algo importante; si no existiera, estarían viajando a otros lugares a buscar otras cosas”, aseguró Luis Ángel Vargas. Él es vecino de Zaragoza de Palmares y padre de dos egresados de la institución.
Por su parte, Lourdes Vásquez, mamá de Viviana Jiménez, de 11 años y estudiante de piano, enfatizó: “Es un gran sacrificio tener a nuestra hija aquí porque siempre tenemos que traerla a ensayos y conciertos, ver que cumpla con sus tareas escolares. Sin embargo, cuando vemos lo feliz que es y cómo esto la ha ayudado en su desempeño, sentimos que todo vale la pena”.