
Una de las portadas más célebres de las producciones discográficas en el mundo del jazz es aquella donde un piano y una flauta traversa se encuentran en una cama. La flauta expele tres bocanadas circulares de humo y el piano reposa a su lado. Al pie de la cama, hay una valija que guarda algunas corcheas. Dan la impresión de ser viajantes y se encuentran en un hotel de paso.
El disco, supongo que algunos ya lo reconocieron, se titula Suite para flauta y piano jazz y sus intérpretes son el flautista Jean Pierre Rampal y el pianista Claude Bolling. Sin ser una alusión sexual grotesca, más bien resulta una simpática parodia caricaturizada de las relaciones humanas y de sus íntimas complicidades en armonía.
Rememoro esta portada pues si tuviera que sugerir una para el trío Henderson, Chambers y Berlin metería a los instrumentos que ellos ejecutan en una misma cama y' bueno, el resto lo agregan ustedes. Si el morbo gratuito aparece nada más recuerden que Los Tres Chiflados también dormían en la misma cama.
Este inicio de crítica no es más que una celebración juguetona que me sirve de excusa para regocijarme de la impresionante sesión que protagonizaron estos monstruosos especímenes del jazz contemporáneo. Y creo que me quedo corto al tratarlos de ese modo.
Scott Henderson es el guitarrista de lo impredecible y nunca termina de asombrarme su inagotable arsenal de recursos musicales, que le permite desmenuzar analíticamente todos los elementos que conforman una estructura musical y dar origen a otra nueva sin perder las propiedades elementales. Esto se conoce como una deconstrucción y un buen ejemplo de ello fueron los temas estándares que interpretó la noche del sábado pasado. En esta oportunidad, los estándares provenían, en su totalidad, del repertorio jazzístico y no del repertorio de la canción popular estadounidense. Existe una gran diferencia entre uno y el otro.
Una deconstrucción musical exige un amplio conocimiento del género sobre el que se actúa. El procedimiento de transformación no tiene que ser necesariamente riguroso pero si exige dosis impresionantes de creatividad e innovación de lo contrario el resultado final bien podría ser intrascendente por aberración.
El nuevo tratamiento de Henderson sobre algunos estándares no podía tener mejor socio que al bajista Jeff Berlin. Este señor y a Alain Caron son, en mi modesta opinión, las principales guías del lenguaje jazzrock desde los años 80 en el bajo eléctrico. Así de sencillo y simple.
Fue conmovedora la ovación que Berlin recibió cuando apareció sobre el escenario. Un síntoma exacto de la admiración que ha cosechado entre los estudiosos del instrumento. No cabe duda que su paso por el país ha dejado huellas profundas en materia de aplicaciones técnicas, rítmicas y armónicas. Mencionemos su ejecución de Tears in Heaven (Eric Clapton), que derivó en una class master apreciada en silencio absoluto por la monumental audiencia convocada.
El trío fue completado por Dennis Chambers, de quien solo se me ocurre decir que es el baterista del fin del mundo. Después de él no sé qué más puede haber: impecable en el sentido rítmico, conoce todas las dinámicas percusivas del jazz y posee, como si fuera poco, uno de los mejores tempos swing que he escuchado a lo largo de todo estos años de pasión por el jazz. Para culminar tal dechado de atributos, Chambers sabe llamar la atención del público con algunas cosillas extramusicales.
La gran cantidad de músicos experimentados así como de jóvenes estudiantes aportaron a la noche un sentido de fraternidad que teníamos tiempo de no sentir. En fin cosas de los ménage à trois musicales.