Esta es la tercera ocasión que participo en una cobertura del ultraconnotado e hiperpopular Festival de la Luz, que organiza la Municipalidad de San José para el pueblo.
Lo advierto pues algunas de mis consideraciones se basan en mis experiencias presenciales de este evento nacional, que cuenta con una de las convocatorias de público y mediáticas más imponentes que se ven en el país.
Es decir que por comparación de anteriores ediciones, ya se pueden deducir algunas claves de su éxito, algunos marcados errores o equívocos y algunas sugerencias, todo con el afán de que la calidad del evento nunca se desmerezca en sí misma.
Me parece que, a través de este festival, podemos empezar a acostumbrarnos a mantener y preservar lo que está bien hecho. Será por tanto un nuevo hábito que inculcar en una población, que está diseñada para disfrutar lo propio, pero que abandona con extrema facilidad el compromiso.
A la vuelta de 15 años, este festival no necesita llegar a los dieciocho para ser mayor de edad. La logística del evento resulta ser pan comido para la organización que, además brilla, a propósito de luz, con el ejemplo y así es que resulta reconfortante ver las cuadrillas de limpieza dejar la ciudad como estaba de limpia antes del evento. Gente que trabaja por la gente, una clave sencilla de armonía ciudadana.
La dinámica del evento sigue teniendo algunos baches y conforme avanza el desfile se apelotan los bloques de carrozas, bandas y grupos de porrismo. La calidad de las tumbacocos que acompañan a estos últimos muestra disparidad, tanta que algunas son simples chicharras eléctricas.
La banda sonora de las carrozas es un elemento al que hay que prestarle más atención. En algunos casos es coincidente con el motivo principal del diseño pero, en otros casos, como en la carroza del ICE, que promovía el servicio Kölbi, la música en lugar de tener un énfasis en lo nacional, ya que se trata de un producto de diseño nacional, era un hip hop gringo sin ningún vínculo emocional con el producto ni con nosotros los que somos usuarios del servicio.
Con respecto a las bandas, una vez más el repertorio musical elegido se inclinó por las canciones de aire navideño, de tal manera que, después de un rato, la repetición fue inevitable. Musicalmente es un fallo. Diría que habría que crear algunas reglas al respecto; es decir que la elección del repertorio pase por una previa revisión de intereses musicales y por tanto estéticos. Aprovechando esto se podría redireccionar parte de la atención hacia un nuevo repertorio nacional. Tenemos mucha música aquí esperando ser utilizada en el mejor de los sentidos.
En mi opinión, el repertorio musical tiene que llegar a ser el principal valor de evaluación. La música es uno de los mejores facilitadores de la identidad nacional de un país, entonces empecemos por ahí. Otra hermosa posibilidad es la de incentivar la creación original. Premiar una obra inédita y colocar todas en un disco que, con los años, resulten coleccionables, como sucede con la música de las comparsas brasileras en su carnaval.
Aunque hubo uniformidad en el formato de todas las bandas, quiero resaltar a la banda que presentó un cuerpo de liras que llegaba a la centena. Exquisita experiencia sonora a la que se le pueden mejorar los arreglos.
Otra de las bandas que conmueve ver es la del Colegio de Nuestra Señora de los Desamparados que está integrada en su totalidad por mujeres, como el alumnado, y que con ello aporta una dinámica física y coreográfica muy diferente a las otras. La otra banda que me llamó la atención es la de Limón y lo hizo por la gran cantidad de instrumentos percusivos. El potencial sonoro que posee es inmenso y merece más profundidad en las rutinas de su música.
El escrutinio final y la decisión de los jueces de bandas me pareció justa y acertada. Un acto difícil, pues las presentaciones son en realidad efímeras y concluir en una apreciación correcta es todo un acto de sabiduría, en este caso popular, que no siempre es la más popular de las sabidurías.
Eso fue lo que vi y escuché en el momento que pasaron por la tarima donde estábamos ubicados los del periódico La Nación , muy cerca del inicio del festival lo que implica, obviamente, que uno no pueda percibir otras cosas que se muestran más adelante en el evento. Mis disculpas por lo omitido.