
No se me ocurre mejor palabra para sintetizar, así muy en breve, el espectáculo ofrecido por el legendario Raphael, quien de nuevo cabalga sobre su inagotable energía escénica. Y aunque su estilo de interpretación me resulte, hoy día, una formula agotada en sí misma no puedo obviar mi respeto por aquel que se disfruta a sí mismo y convierte esta actitud en el
Se podría pensar que en lo anterior se fundamenta la esencia de todo intérprete, especialmente en aquellos que han probado las mieles del éxito hasta la saciedad; sin embargo, hay que admitir, que en el caso particular del vocalista español tal circunstancia es realmente impactante.
El ego histriónico “rafaelista” se eleva por encima de las canciones que lo llevaron a su popularidad y, aunque el propio artista menciona una y otra vez, durante el concierto, el poder emocional de esas canciones en el transcurrir de los tiempos, lo cierto es que su figura, su comportamiento, la dinámica del ser escénico, absorbe y transmuta el objeto de su atención. En otras palabras, primero está él y luego sus canciones.
El talento de Raphael, más allá de sus capacidades como intérprete, consiste en hacernos creer todo lo contrario; que son sus canciones las que importan durante el ritual escénico y que por ellas se reúnen las audiencias a escuchar. Estoy convencido, él me convenció, de todo lo contrario. La audiencia permuta el objeto de su atención y el intérprete resulta más importante que sus propias canciones.
Raphael va más allá en su casi demencial motivación artística y se brinda la oportunidad de ciertos gustos que no todo artista popular se puede dar el lujo. Inicia el espectáculo saliendo en solitario, a capela, y advierte, así, quién o qué es lo relevante.
Canta tangos, boleros, canciones tipo
Aprovecho un término muy español y digo que Raphael está “chalado”. Lo manifiesto en términos amistosos, que conste. Sinceramente, hay que tener algunas tejas corridas para lanzarse, a cierta edad, y cantar más de 40 canciones, separadas por breves cambios de elementos en el vestuario.
Advierto que el combustible del ibérico brota de la exquisita producción musical que, bajo la dirección del pianista Juan Esteban Coacci, es el soporte que dignifica, en términos musicales, la exhaustiva jornada del carismático personaje. Músicos muy jóvenes, todos lectores de partitura y con talento para la improvisación que facilitaron un espectáculo impecable en ese sentido.
Es de alabar, agradecer y estimular la audacia de la empresa Interamericana de Producciones, quienes, junto a la compañía de sonido y amplificación Luzart, montaron un dispositivo acústico que mejoró en un 80% la propuesta sonora con respecto a la del gimnasio herediano. Creo que la dinastía de los rebotes, eternos rebotes, podría estar llegando a su fin.
Después de este concierto, en el Gimnasio Nacional, el sonido en estos espacios tendrá que ser otra cosa. Respeto al consumidor es esto, amén de otras más relacionadas al mundo del entretenimiento.